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¿Hasta qué punto una autoestima sana es básica para el éxito de un matrimonio?

ESTEEM
Photographee-eu - Shutterstock
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Hay quien elige a su pareja por no estar solo. Es una equivocación que podemos evitar si antes de casarnos sanamos las heridas emocionales del pasado

Si la persona no reconoce y resuelve sus heridas emocionales antes de casarse las llevará al matrimonio. Estas heridas se pueden presentar en forma de baja autoestima, infidelidad, violencia, etc. y causan problemas muy severos no solo en la pareja sino en todo el entorno familiar.

Para evitar el divorcio hay que comprender que se trata de una enfermedad del alma y hay que buscar y encontrar apoyo -espiritual, emocional, psicológico- tanto personal como en pareja. En pocas palabras, hay que sanar a la familia entera.

Un elemento claro para saber elegir una buena pareja es tener una buena autoestima y reconocer mi dignidad y valor como persona. Teniendo claro esto elegiré por justicia solo lo mejor.

Cuando no tengo muy claro quién soy y cuánto valgo, elegiré por elegir, por no estar solo. No sabré poner límites sanos en la relación y me conformaré con “cualquiera” que me hable y me haga sentir bonito porque creeré que “eso” es lo que merezco. Incluso corro el riesgo de aceptar malos tratos, tanto físicos como emocionales creyendo que cuando nos casemos “yo voy a hacer que cambie”.

Si antes de casarnos nos dedicáramos a sanar todas esas heridas emocionales que desde la infancia traemos arrastrando, otro gallo nos cantaba. Pero a veces no somos conscientes de la enorme carga emocional con la que viajamos, ni de que las llevamos al matrimonio como “dote nupcial”, como regalitos en forma de defectillos y a los cuales no damos la importancia debida porque creemos que con nuestro amor todo lo podremos soportar.

Creer que cambiaremos al otro

Si el hombre es tacaño, qué importa. Con mi amor lo haré generoso. Si la mujer es celosa, qué linda, es que me ama. Pero con mi amor haré que sea segura. Este es el gran engaño, creer que nosotros haremos que el otro cambie.

Y no solo no cambiamos, ya dentro del matrimonio las cosas se ponen peor. Eso que parecía “peccata minuta” son bombas de tiempo las cuales en algún momento de crisis harán explosión, y la relación será la que pague las consecuencias.

¿Y si ya estamos adentro? Se supone que todos entramos al matrimonio con la clara convicción de que el amor todo lo puede y de que seremos felices “in secula seculorum”.

Tontamente, lo “malo” ni siquiera lo vislumbramos como opción. Las palabras que juramos en el altar hasta las queremos gritar de la emoción que nos producen: ¡“Sí, sí, sí… Quiero estar contigo para siempre… En lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad…!”.

Alto aquí… ¿Dijimos “en la salud y en la enfermedad”? Entonces, ¿por qué queremos correr cuando la enfermedad del cónyuge se nos presenta? Porque justo eso es la baja autoestima, una enfermedad del alma que es fruto de heridas emocionales no sanadas.

La persona no solo nos va a regalar su amor, también en el ajuar nupcial viene incluido todo su bagaje emocional, tanto el sano como el tóxico.

De verdad, nos falta darnos cuenta de que cuando nos casamos no solo lo hacemos con la persona que es hoy, sino con todo su pasado, su presente y su futuro; con sus miserias, sus pecados y sus bondades, con sus defectos y virtudes y con todo aquello que en un futuro pueda llegar a hacer, ser infiel inclusive.

Existe una estrecha relación entre la baja autoestima -o por su término psiquiátrico, complejo de inferioridad- y el divorcio. Lo penoso es que pocas parejas caen en la cuenta de eso y se pasan el matrimonio culpando al cónyuge de todas sus penas, desventura y su falta de amor personal.

“Si soy celoso es porque tú me lo provocas. Si soy infiel es porque tú no me das lo que yo necesito. Si soy violento o agresivo es porque tú sabes apretar el botón para que yo reaccione…”. Y así se les puede ir la vida sin tomar responsabilidad y dejando sus impulsos, actitudes y comportamiento en general a merced de terceros.

Volcar la frustración en otros

De verdad se llegan a sentir víctimas del mundo y desquitan su frustración con aquellos seres que saben que les aguantarán sus tonteras, sus insultos y desprecios, en este caso su cónyuge e hijos, porque en el fondo reconocen la incondicionalidad de su amor.

La falta de autoestima es el origen de muchos conflictos, entre ellos la infelicidad, el ser negativos, el no merecimiento y la depresión. Como en la persona con este complejo su pensamiento recurrente es el “yo no puedo”, irá por la vida probando que es así y con esto deja de lograr esa maravillosa misión para la cual fue creada por Dios. Si la persona no cambia su “chip interior” irá por la vida saboteándose y comprobándose el concepto bajo que él mismo tiene de sí.

Es verdad, la baja autoestima es consecuencia de las heridas emocionales que traemos arrastrado por todo lo no tan acertado que recibimos en la niñez, generalmente de nuestros padres. Necesitamos despertar y darnos cuenta de las cosas que cada uno de nosotros seguimos arrastrando hoy en día por elección personal porque edad y capacidad para buscar y encontrar ayuda para sanarlas ya la tenemos, y así dejar de dañarnos, de lastimar a mi cónyuge y a mis hijos.

“Porque yo lo valgo”

Es importante despertar y trabajar en ese sentido de merecimiento que todos necesitamos. Y no hablo del merecimiento centrado en el ego ni en la soberbia, sino en esa necesidad intrínseca de amor, de reconocimiento y aprecio.

La falta de merecimiento produce una sensación como de ir dormidos por la vida porque lo que falta es ese soplo de vida en nuestro interior porque yo siento que no valgo para los demás.

Si no creemos merecer, difícilmente podremos aceptar el amor que mi cónyuge me está ofreciendo y lo rechazaré porque dentro de mi estará esa vocecita diciéndome: “No te lo mereces”.

También, la falta de merecimiento se ve reflejada en esos esposos que no se dejan amar, que no se dejan abrazar o cuidar. Han sufrido tanto emocionalmente que inconscientemente boicotean todo aquello que huela a felicidad, a cariño, ternura y amor.

Redescubrir el paraíso de mi matrimonio

El origen de muchos conflictos matrimoniales surge precisamente de aquí: de no merecer, de no sentirnos amados. El cónyuge se podrá parar de cabeza, llenarnos de detalles amorosos y demás, pero si no reconozco que “yo soy” quien necesita sanar para luego aprender que “sí merezco” y aceptar todo ese amor que tiene para mí, con mis actitudes y desprecios, lo único que lograré es alejarle de mí.

Si cada cónyuge toma la parte de responsabilidad que le corresponde y sana lo que deba de sanar, el matrimonio se vuelve un paraíso. Pero si no, es el mismito infierno y, claro, creeremos que el divorcio es la solución.

La buena noticia es que toda herida puede sanarse, en especial si vamos de la mano de Dios, para que después nosotros podamos dar y recibir el amor de una manera más sana y consciente, en especial a nuestro cónyuge.

Darnos cuenta de nuestras heridas es clave para sanarlas y hacernos responsables de lo que nos corresponde. El divorcio nunca será la solución o, me pregunto, ¿el divorcio soluciona la raíz de mi interior lastimado?

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