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El sacerdote de sangre azul que clamaba “el racismo es algo maldito”

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La vida de John Markoe parece de película, su pasión era buscar la justicia para los negros americanos

En su conjunto, la Iglesia católica fue lenta en implicarse plenamente en el movimiento por los derechos civiles de la mitad del siglo XX. Respaldaran públicamente o no la segregación, los católicos la aceptaron de hecho en sus iglesias y escuelas, en el norte y el sur.

Muchas instituciones católicas no acogieron plenamente la integración hasta la década de 1960, pero hasta entonces hubo algunas excepciones a esta realidad generalizada, generalmente forjadas a través de una red informal de laicos, sacerdotes y monjas que estuvieron muy comprometidos en la promoción de la justicia racial.

Uno de esos sacerdotes fue un jesuita de Medio Oeste que dirigió sentadas, marchas y boicots mucho antes de que saltaran a los titulares nacionales. Alto y guapo, John Marko parecía una estrella de cine y de hecho de su historia podría hacerse una buena película. Es la historia de un leñador, estrella de fútbol, soldado, alcohólico, sacerdote, profesor y activista.

La biografía de Markoe, dice un destacado compañero, “se lee como ficción”. El líder de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP) Roy Wilkins dijo que Markoe “luchó en la batalla por los derechos civiles mucho antes de que se hiciera respetable e incluso popular”.

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Nacido en 1890 en una familia de sangre azul cuyos ancestros incluían a Benjamin Franklin, John Prince Markoe era el hijo de un destacado doctor de Minnesota. A los 18 años fue aceptado en West Point, pero aplazó el nombramiento para ir al Oeste a trabajar en el ferrocarril.

En 1910 entró en la academia militar, donde entre sus amigos se encontraba Dwight Eisenhower. Jugó a fútbol contra Knute Rockne y fue nombrado con honor “All-American”.

Cuando se graduó en 1914, el libro del año decía: “Posee habilidades ilimitadas, hay muy pocas cosas en las que sea incapaz de desempeñarse”. Pero se ganó el desprecio de sus compañeros cuando se levantó por Marcus Alexander, el único cadete afroamericano. Sus notas finales podían haber sido más altas si Markoe no hubiera sido un alcohólico en su último curso senior.

El teniente Markoe fue nombrado para la Décima Caballería, un regimiento negro. Él dio la bienvenida a la oportunidad, fraternizando con sus tropas más de lo que se consideraba adecuado para un oficial blanco.

Pero nueve meses después de su graduación, la bebida excesiva le costó su comisión. Nunca se lo llegó a perdonar totalmente. De vuelta a Minnesota, entró en negocio de la madera y se alistó en la Guardia Nacional.

En 1916, durante la guerra no oficial contra Pancho Villa en México, volvió a ganar su comisión. En México, Markoe recibió cartas de su hermano Bill, un jesuita que trabajaba con los afroamericanos. Esto despertó su interés y empezó a pensar en otro tipo de vida distinta a la del ejército.

Después de despedirse en 1917, el capitán John Markoe se unió a los jesuitas en Missouri. Él y Bill tomaron un voto privado de trabajar por la “salvación de los Negros en los Estados Unidos” (Bill después trabajó con su primo John LaFarge, también jesuita, por la justicia racial).

Como parte de su entrenamiento, John fue asignado a St. Louis, una ciudad altamente segregada. Los católicos afroamericanos estaban relegados a parroquias separadas y se les denegaba una educación católica y la atención en los hospitales católicos (el arzobispo local era notablemente racista).

John trabajó en parroquias negras y asistió a encuentros de la NAACP. En artículos de revistas, argumentó que el racismo es una cuestión moral, incluso una herejía. Su trabajo no fue bien recibido por los blancos del lugar, católicos incluidos.

Ordenado sacerdote en 1928, a Marko se le asignó la iglesia de santa Isabel, una parroquia negra de St. Louis. El trabajo era duro, producía pocos resultados, y algunos de sus compañeros sacerdotes lo condenaron al ostracismo. Esto tuvo su precio, y después de 20 años de sobriedad, volvió a beber.

En una ocasión, media docena de policías tuvieron que arrancar al sacerdote de un bar, porque había tomado a toda la clientela. Incluso siete años después de esto, estaba en la Enfermería de San José, en Missouri, luchando contra el alcoholismo.

En 1943, volvió a la lucha. Nombrado para la de San Malaquías, otra parroquia negra de St. Louis, Markoe y su hermano Bill llevaron a cabo una campaña para acabar con la segregación en la Universidad Jesuita de St. Louis.

El padre Claude Heithaus, un profesor sociólogo, preguntó públicamente por qué la escuela admitía a gente de todas las religiones pero rechazaba a católicos por su color. Ellos ganaron la batalla, pero John fue pronto enviado (“exiliado”, dirían algunos) a la Universidad Creighton, de Omaha, donde pasó el resto de sus días.

Al principio parecía que sus días de Derechos Civiles habían terminado, pero en realidad acababan de empezar. Omaha, donde la segregación era todavía la norma, tuvo un grupo de la NAACP tan pronto como en 1912, y en 1919 fue testigo de un motín racial.

Malcom X nació allí, pero la actividad de Klan obligó a su familia a irse. Whitney Young, director de la National Urban League, trabajó allí durante los años de la postguerra.

El nombramiento oficial de Markoe era enseñar matemáticas, pero él trabajaba principalmente con el DePorres Club (que debía su nombre a san Martín de Porres, un santo descendiente de africanos), donde trabajaba para concienciar a la opinión pública sobre la raza.

Una década después, estos temas atrajeron la atención nacional, el club lideró sentadas en restaurantes de Omaha y boicots a empresas con prácticas discriminatorias y organizó marchas públicas. Markoe estaba ahí, en cada paso. Un miembro dijo: él “nos mantiene andando”.

“Cap” (un mote del ejército) a menudo decía: “El racismo es algo maldito”. Y con estas palabras: condenado por Dios. Cuando un veterano negro encontró oposición al ocupar su nuevo hogar, Markoe y Whitney Young se sentaron en la escalera para que los vieran los vecinos, mientras miembros del Club DePorres acompañaban a la familia al interior.

John Howard Griffin, autor del controvertido libro de 1961 Black Like Me, dijo que Markoe estaba “en el caldero cuando la mayoría de nosotros estábamos en pañales”.

En la década de 1960 el Movimiento por los Derechos Civiles estaba en pleno apogeo y Markoe era una figura venerada entre los jesuitas. Él se iba haciendo mayor, pero incluso a edad avanzada, tenía muchas visitas.

Un sacerdote destacó: “Ellos venían del guetto la mayoría de las mañanas: los pobres, los alcohólicos, los depresivos. Cap les ofrecía tanto aliento como podía”.

A medida que los disturbios raciales azotaron América en 1967, el sacerdote moribundo les decía a sus compañeros jesuitas que nunca “cedieran ni un centímetro”.

En la misa funeral de Markoe, el padre Henri Renard, un amigo cercano que pronunció la homilía, le llamó un carácter sin miedo que luchó por “los pobres y oprimidos”.

John Markoe es uno de los héroes no reconocidos del movimiento por los Derechos Civiles, y así es como él lo quería. Humilde y modesto, durante los 50 años que trabajó con la comunidad afroamericana nunca buscó la atención sobre sí mismo. Como san Ignacio de Loyola, otro ex-soldado convertido en sacerdote,  encarnó el ideal jesuita de “hombres para otros”.

Por Patrick McNamara

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