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Las últimas palabras de Adrián: “Chamo, me dieron, ¡ayúdenme!”

AFP PHOTO / FEDERICO PARRA

Un joven enfrenta a un carro policial con un violín en la mano. Caracas, 24 mayo 2017/ AFP PHOTO / FEDERICO PARRA

Macky Arenas - Aleteia Venezuela - publicado el 26/05/17

Los jóvenes venezolanos, ejemplo de rebelión contra la injusticia y a favor de la libertad, la democracia y el futuro

A través de  los siglos hemos constatado una verdad: algo muy fuerte une al sufrimiento con la verdad, al fortalecimiento de la Iglesia con el martirologio y hasta el progreso de los pueblos con períodos de inestabilidad y duras pruebas.

Dicen que a toda tormenta sigue la calma. Pero no hay calma sin tormenta. Es el dilema humano que cada día reta nuestro entendimiento, nuestra  capacidad de respuesta y tensa la cuerda de nuestra fe. Acabamos de recibir con emoción las declaraciones del futuro cardenal de Laos: “La columna vertebral de la Iglesia es el sufrimiento de las pequeñas Iglesias”, declaró monseñor Ling, citando las palabras del Papa en la homilía del 30 de enero de 2017.

Es obvio que la fuerza y la pujanza de la Iglesia reside en las pequeñas Iglesias sufridas. No en balde están creciendo los cristianos en las zonas donde la persecución es feroz. Igual pasará en Europa, donde el cristianismo ha sido fragua civilizatoria y hoy es hostigado en cada institución, acosada su ética, fustigado en sus prédicas y bombardeados sus símbolos.

Resurgirá con nueva fuerza si hay coraje, persistencia y consistencia al arrastrar esa cruz. Ese es el testimonio que jalonará a las nuevas generaciones. Ellas constatarán los perniciosos efectos de abandonar las raíces de fe y las certezas básicas. Y volverán. Es otra manera de vivir el martirologio: la masacre moral, los “cadáveres” que dejan leyes injustas, el exterminio a reputaciones, la inmolación de tradiciones,  la expulsión de Dios de las escuelas. Es otra agonía.

Pareciera que si queremos seguir la pauta de nuestro modelo de vida, Cristo, la cruz no puede resultarnos extraña. Un duro instrumento de salvación que para algunos es solo  tormento pero para nosotros es, también,  liberación. Son brochazos de Dios para pintar de  esperanza los momentos terribles que el paso por la vida necesariamente nos depara.

Esquivar el sufrimiento es de humanos, pero es de cristianos perseverar en la seguridad de que no se pierden sus benéficos efectos. Y es que todo hecho claramente penoso puede resultar, a imagen y semejanza de la vida de Jesús, una razón para algo mejor.

Se habla de que la sangre de los mártires abona terrenos de fertilidad. Y cada quien vive lo que le toca vivir. En Venezuela hay un dicho muy popular: “Dios no te manda si no lo que puedes soportar”. Estamos demostrando que podemos con esto, que un país tan mariano tiene una asistencia especial de lo Alto que nos anima y nos conduce. En medio de las más ligeras críticas que nos hacían aparecer como un país conformista y entregado, hemos sacado la casta y las calles están hoy llenas de valentía y fervor libertario.

Nuestros perseguidos son esos muchachos que salen a las calles cada día a cumplir con una agenda insurreccional, civil y pacífica, pero decididamente en rebelión contra la injusticia, pidiendo libertad, democracia y futuro.

Los golpean chorros de potentes mangueras, retan a los gases tóxicos con máscaras de fabricación casera, les disparan metras (canicas) y trozos de hierro que hacen de proyectiles, los detienen, torturan y ponen a disposición de tribunales militares. Y al día siguiente salen más. Las “madres coraje” venezolanas, al final del día, pueden no tener comparación: los curan, los animan, los acompañan y los bendicen para una nueva jornada de batalla.

Hoy, fue especialmente rudo escuchar el relato de los últimos momentos vividos por un joven caído ayer en la Torre de El Saladillo (Estado Zulia)  bajo las balas de una guardia que se fundó para defender a este pueblo: “Chamo (chico), me dieron, ¡ayúdenme!”.  

Era muy rubio, sus ojos azules como el cielo que lo vio desplomarse. El rostro, casi angelical,  no sugería el espíritu bravío que lo mantenía en las calles a todo riesgo.  Y es cuando uno recuerda los versos de Andrés Eloy Blanco, el gran poeta venezolano, que cantó para alentar a las novias de  los “boínas azules”,  distintivo de los jóvenes estudiantes que luchaban contra la dictadura de Juan Vicente Gómez, generaciones atrás:

«No llore la Novia

Que es gavilán el que cayó en la jaula

y hay una claraboya en el muro

 y un disco azul por la mañana en ella»

Lloraban los compañeros de Adrián que juraron sobre su ataúd volver a la calle después del sepelio. Hasta los sacerdotes lloraban.  Lloramos nosotros al escribir esta crónica.

Pero seguros estamos que Venezuela anda en una ruta profética. Que la sangre de nuestros mártires lavará culpas y omisiones. A un gran costo, pero enderezaremos el camino. El ya desaparecido cardenal Castillo Lara, en su célebre homilía al final de la procesión de La Divina Pastora en 2006, la cual irritó hasta lo imposible al entonces presidente Chávez, fue premonitoria:

“Nos encontramos en una situación de extrema gravedad como muy pocas en nuestra historia…. estos siete años de gobierno ofrecen abundantes muestras de cómo será el futuro de Venezuela si este régimen se perpetúa”. Y nos recordó: “Nuestro Señor Jesucristo ha querido, quizás, darnos una dura lección por nuestras infidelidades, por no haber sabido aprovechar los dones que nos dio de una naturaleza tan fértil y rica, de una población inteligente, trabajadora y generosa, y por no haber ayudado debidamente a los más necesitados y no haber vivido limpiamente nuestra fe cristiana”.

La sangre de nuestros mártires abona el terreno promisor, hará que levantemos las banderas de la reconciliación y la verdad, nos fortalecerá en la esperanza y, quién sabe, si en la comunión que nos hermana con otros cristianos sufridos, nuestro sacrificio pueda convertirse en una vértebra de la columna eclesial de que habló el cardenal de Laos.

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