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Cierran más parroquias católicas en EEUU, ¿qué se puede hacer?

Daniel X. O'Neil-cc

Iglesia en venta en Chicago (archivo)

Jaime Septién - publicado el 22/05/17

Una reflexión y guía para saber cuáles son las raíces de este fenómeno y qué actitud asumir para evitarlo

Recientemente se anunció el cierre de un número substancial de parroquias católicas en el Estado de Connecticut, en Estados Unidos.  Esto es solamente una parte de tendencia que está padeciendo la Iglesia en la nación americana, especialmente en las diócesis del norte.

Sobre este respecto, una reflexión de seis puntos de monseñor Charles Pope en la revista Community in Mission ha ofrecido a los fieles estadounidenses una guía para saber cuáles son las raíces de este fenómeno y, por lo tanto, poder enfrentarlo con mayor conocimiento y, quizá, revertirlo.

1. Los obispos no cierran las parroquias; es la gente quien lo hace. Si bien es cierto que, jurídicamente, los obispos son los encargados de dar el certificado de reconocimiento de apertura, cierre o fusión de las parroquias, es, en última instancia, el pueblo de Dios el que crea o retira la necesidad de contar con una parroquia.  La dura verdad es que cada día hay más católicos a favor de la anticoncepción y del aborto.  Ello agota rápidamente el número de fieles.  Además, en las áreas urbanas del noreste de Estados Unidos, la asistencia regular a misa dominical ha decrecido al grado que solo 15% de los católicos lo hacen. Se ha producido un fallo en la evangelización, pero las heridas más profundas están en la disminución de la asistencia a misa y nuestra incapacidad de transmitir la fe. Actualmente estamos enterrando la última generación a la que se le enseñó que la misa del domingo era una obligación que debían cumplir bajo pena de pecado mortal.

2. Existe una responsabilidad compartida. Es fácil enfadarse con obispos y sacerdotes cuando se cierran las parroquias. Años de mala catequesis, la falta de predicación efectiva, y liturgias mal celebradas han pasado factura, y el clero debe soportar la primera responsabilidad en esto. Sin embargo, la disensión y división entre los fieles y una deriva de la práctica de la fe, son también factores importantes. Hay muchos sacerdotes que no predican con firmeza ni insisten en una doctrina clara. Eso se paga muy caro, sí, pero al final del día, el clero no puede asumir la responsabilidad completa del problema, ni pueden abordarlo por sí solo. ¿Por qué? Debido a que los pastores no tienen ovejas. La evangelización no puede ser sólo un problema para la rectoría; en última instancia es un problema familiar. Los padres y abuelos deben hacer más para convocar a sus hijos en casa y ser testigo de la fuerza transformadora de la liturgia y de los sacramentos.

3. ¿Tiene la culpa la liturgia? Muchos culpan a la liturgia de la Iglesia católica como “aburrida”, “monótona” e, incluso, “banal”. Las soluciones a este tema son muchas veces desconcertantes y no logran su cometido, atrayendo solamente a porciones muy pequeñas de fieles.  Por ejemplo, algunos han animado la reintroducción de la misa latina tradicional.  Con todo el encanto que esto puede tener, no hay una sola diócesis de Estados Unidos en que esta forma de expresar la liturgia atraiga a más de uno por ciento de los asistentes a misa. Por lo tanto, el problema parece más profundo que las formas externas.

4. El corazón del problema es un malestar general. Hay poca urgencia; pocos parecen sentir la necesidad de la fe, la Iglesia, los sacramentos, o la Palabra de Dios. El universalismo (que todos se salvarán) y el relativismo (todo es verdad) dentro y fuera de la Iglesia han jugado el papel más importante en el problema. Lo que ofrece la Iglesia “no es necesario”. Sus problemas “no son los problemas de la modernidad”.  La opinión común en nuestra cultura es que la religión es un poco más o menos que un accesorio agradable para la vida, pero por lo demás, ¿a quién le importa?

5. ¿Y cómo poder detener la erosión en la práctica de la fe católica? Como dice Ralph Martin, el primer paso debe ser revivir una visión más bíblica –de urgencia– respecto a la salvación. El hecho de que muchas personas, incluso entre el clero, digan que la salvación “no es un problema”, no significa que no lo sea. Jesús dedicó muchas horas de predicación y muchas parábolas para advertirnos sobre la necesidad de atender a la salvación que Él ofrece. Pero esto se encuentra hoy en un mínimo histórico, un mínimo que no considera la confesión de los pecados, la frecuentación de la Sagrada Escritura y la recepción de la Eucaristía como la vía regia para salvar nuestra alma.

6. No caer en la elusión del llamado “discurso del miedo”. Muchos le temen al llamado a temerle al juicio de Dios. Pero algunas cosas deben ser temidas, incluyendo nuestra tendencia a ser de corazón duro y a ser necios con respecto a la Gracia. A preferir las cosas del mundo frente a las verdades eternas.  El pánico en efecto no es útil.  Pero la sobriedad, la necesidad vital de los sacramentos, la Palabra proclamada, la comunión y el poder transformador de la liturgia, sí que lo son.

Es triste perder edificios, muchos de ellos obras de arte, pero es aún más triste para reflexionar sobre la pérdida humana que los edificios vacíos representan.

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