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¿Se puede ser tan puro que ya no se tengan tentaciones?

© niyoseris / Shutterstock

Julio de la Vega-Hazas - publicado el 10/05/17

La condición humana en este mundo incluye la debilidad

La respuesta debe ser en cualquier caso que no. Rotundamente, no. La condición humana en este mundo incluye esa debilidad que le hace estar sujeto a tentaciones. La tentación no es un mal en sí misma, sino tan solo la incitación al mal, y por eso mismo Jesucristo, que quiso asumir nuestra naturaleza mortal, estuvo sujeto a tentaciones al comienzo de su vida pública, como narran los evangelios. Y era, no lo olvidemos, perfecto hombre además de ser Dios. Evidentemente, se puede añadir que en el cielo la cosa cambia, pero creo que la cuestión planteada se refiere a esta vida.

Para entrar un poco más en detalle haría falta precisar el significado de “puro”. Si por “pureza” se entiende castidad, es posible encontrarse en situaciones en las que no haya tentaciones, pero eso se debe a motivaciones fisiológicas –o psicofisiológicas- como la edad u otras circunstancias, y no a una superior perfección espiritual.

Si se da al término “pureza” un significado más amplio, que vendría a ser un estado de perfección del espíritu que haya superado todo mal moral, la respuesta es que una pretensión de ese tipo es falsa. Hay tantos tipos de tentaciones como pecados puede haber, que son muchísimos.

Eso no quiere decir que a cada persona le afecte cualquier tentación por igual. Todos tenemos, dependiendo de nuestro modo de ser, antecedentes, y otras circunstancias, nuestros talones de Aquiles, de forma que cada persona puede sufrir muchas tentaciones en unos terrenos, y pocas –o incluso ninguna- en otros. Pero siempre habrá, mientras estemos aquí, alguna.

Si hemos señalado que esa pretensión es falsa, podemos añadir que además es engañosa. Procede de ver solo una parte de la realidad. Suele fijarse en los pecados referidos a los bienes materiales y sensibles, acompañada de una ceguera para los pecados más exclusivos del espíritu, como la soberbia o la envidia.

De ahí que pueda acabar como, en el siglo XVII, el obispo francés Fenelon describió a las monjas del monasterio de Port Royal: “las he encontrado –decía- puras como ángeles, y soberbias como demonios”.

La tentación no hay que buscarla, pero hay que considerarla como una indeseada compañera de nuestra vida. Aunque sea una incitación al mal, y recemos en el Padrenuestro que Dios no nos deje caer en ella (fijémonos bien: la petición no es que deje de haber tentaciones), tiene su lado bueno. Nos pone en nuestro lugar, evitando la pretensión de una autosuficiencia que nos alejaría de Dios en vez de acercarnos a Él; dicho de otra manera, contribuye a que seamos humildes.

Y, además, hace posible ese deporte del espíritu que es la lucha por la virtud. Por eso Dios no la impide. Lo único que impide es que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas: fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación, os dará también el modo de poder soportarla con éxito (I Corintios, 10, 13).

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tentación
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