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Venezuela es un polvorín y la Iglesia su “hospital de campaña”

Juan BARRETO / AFP
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A la hora de la solidaridad para con el país sudamericano, la iglesia está primero que nadie

La situación en Venezuela se complica por horas. Una complejísima red de tensiones hace perder, por momentos, el hilo del conflicto. En las calles, los manifestantes se enfrentan a un doble adversario: el militar regular y el llamado “colectivo”, mezcla delincuencial de gente armada –con y sin directriz conocida- que se han convertido en el verdadero brazo represivo del gobierno.

Recuerda, salvando las deferencias, a las SS hitlerianas. Aquí hay más desorganización, son más rústicos y realengos, pero igual van paralelos al ejército regular financiados por el gobierno. El historiador y escritor venezolano de raíz izquierdista y corazón democrático, Manuel Caballero -ya fallecido- profetizó al llegar Hugo Chávez al poder en 1989: “Este hombre nos llevará a una guerra civil”. 

La Iglesia lo venía advirtiendo: si se deja a un lado la posibilidad de entenderse, lo que viene es calle violenta. Eso es lo que tenemos hoy, una mezcla de guerra civil no declarada que la delincuencia común mantiene contra el ciudadano de a pie -asaltos, robos, secuestros-, aunada a la brutal represión que el régimen activa cada vez que se marcha por democracia y libertad.

Los venezolanos resentimos la debilidad de los apoyos internacionales a la lucha que acá se libra contra lo que los obispos no llaman dictadura, sino totalitarismo. De hecho, el episcopado venezolano se adelantó mucho a los políticos a quienes por demasiado tiempo costó calificar al gobierno, reconocer su verdadera naturaleza.

Utilizaban un lenguaje edulcorado y para nada se percibía una postura unitaria – hecho que se evidenció con particular nitidez durante las recientes escaramuzas de diálogo-, sino hasta que la calle, el pueblo harto de hambre y dificultades, salió a manifestar y los jalonó para compilar todo el esfuerzo en esta fase terminal.  Tal vez por eso contabilizamos 18 años de deterioro y, para el exterior, se hizo cuesta arriba entender cuál era el peso de la lápida teníamos encima los venezolanos.  Hacia un lado o hacia el otro derivará la crisis, aún no se ve del todo claro, pero es un hecho que la temperatura que el conflicto ha alcanzado ya no bajará. Esto ya es otra cosa, se ha pasado la página.

Venezuela, país por décadas ejemplo en hospitalidad para todos quienes se fugaban de las garras de cualquiera de los sátrapas de turno, observa hoy la timidez con que se nos respalda, el reojo con que se nos mira, los contados apoyos frontales y la ausencia de referencias en los poderosos medios internacionales –esos que sí trabajan sin presiones ni censuras- a nuestra gravísima situación.

Demasiados silencios y demasiados sigilos. Muchas prudencias, cautelas y reservas. Abrimos los brazos cuando los barcos de Hitler traían judíos que vagaban por los puertos del Caribe sin que ningún otro país los quisiera recibir por temor a las represalias del Reich. Nuestras puertas se abrieron de par en par para recibir a los que huían de una Europa en guerra mundial. Igual para quienes venían del “Viejo Continente” buscando mejores oportunidades y niveles de vida. Toda esa gente constituyó una bendición para nuestro país.

Luego, aquellos que escapaban de las dictaduras tropicales y sureñas de Latinoamérica tuvieron acogida cálida en Venezuela, aquí prosperaron y aquí echaron raíces. En esta “Tierra de Gracia” se les respetó sus costumbres, su religión y se les respaldó en sus proyectos. Hemos sido generosos para integrar a todo el que ha puesto un pie en Venezuela. Hoy vemos con dolor que muchos países recelan de nuestra presencia y lo hacen sentir, a veces de manera ofensiva.

Pocas voces se elevan para reconocernos y darnos una mano. Y, de nuevo, así como en el país los obispos han representado un faro que habla claro a la población y sostiene las esperanzas, desde fuera también la Iglesia Católica ha sido primera en solidaridad. Para muestra, estos botones: las universidades jesuitas del continente, la Conferencia Episcopal de Ecuador y el Rector Mayor de los salesianos, han emitido declaraciones y comunicados en estos días, que animan y alientan.

La Pontificia Universidad de Comillas recibió y escuchó hace pocas semanas al arzobispo de Maracaibo, la capital petrolera del país, quien expuso el drama ante un nutrido auditorio. La vocería de nuestros pastores es crecientemente replicada en la prensa católica. El Papa, dispuesto a ayudar, llama la atención del mundo desde Ángelus y otros escenarios sobre nuestra agobiante situación. No obstante su importancia, ha sido un acompañamiento internamente por algunos malinterpretado producto de la extrema y enloquecida polarización del país. Pero ha recibido en sus propuestas el decidido soporte de significativos países de la zona.

Cumplimos un mes de convulsión en las calles, pasan de 30 los muertos. Los detenidos son incontables. El vandalismo contra instalaciones de la Iglesia y las amenazas son constantes. Avanza la depresión en todas las actividades del país. Los medios cada vez más amordazados. Las redes sociales parecen prevenidas en línea. Ni una señal de que se permitirá la ayuda humanitaria internacional. La producción en el país está paralizada, también las importaciones de alimentos y medicinas. Esto es un polvorín y la Iglesia nuestro “hospital de campaña”.

Macky Arenas es periodista de la cadena Globovisión

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