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La mujer que hacía tartas de día y salvaba judíos de noche

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La fundadora de Embassy utilizó el madrileño salón de té como tapadera

En el museo Yad Vashem de Jerusalén hay siete españoles reconocidos como Justos entre las Naciones, aquellos que se jugaron la vida por salvar a los judíos en su huida de las garras de Hitler. Nombres como Ángel Sanz-Briz, el ángel de Budapest, Martín Aguirre y Otegui o Sebastián Romero Radigales llenan de orgullo a los compatriotas que pasean por el muro de honor del jardín de los justos.
Una de esas personas es la propia fundadora del salón, la irlandesa Margarita Taylor que, afincada en España, utilizó su elitista lugar de reunión de grandes personalidades de la época para dar cobijo de incógnito a los refugiados.

La otra persona fue el doctor Lalo Martínez Alonso, un gallego que falsificaba informes y trasladaba judíos en coches diplomáticos. Tuvo que huir con su familia a Londres al ser descubierto por la Gestapo. «Ambos son los injustos entre las naciones», afirma Patricia Martínez de Vicente, hija de Lalo, que descubrió todo este entramado entre unos papeles de su padre tras su fallecimiento y lo contó en el libro La clave Embassy, editado por La Esfera de los Libros en 2010.Pero una circunstancia tan colateral como el cierre del mítico salón de té Embassy, en el madrileño paseo de la Castellana número 12 –el 31 de marzo clausurará sus puertas tras 86 años de vida–, nos ha puesto en la pista de dos personas anónimas en el muro pero que, sin embargo, se jugaron el tipo por ayudar a evacuar a miles de judíos a su paso por España, país clave en las rutas de escape hacia América o África.

Ante los funcionarios alemanes

Margarita Taylor convirtió en los años 40 el lugar de reunión de los funcionarios de las embajadas y la clase alta madrileña en una tapadera para salvar judíos.

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Recién llegada de Francia, tras vivir en su Irlanda natal y en la India durante muchos años, se fue a vivir a la zona más señorita de Madrid, porque le recordaba a sus anhelados Campos Elíseos. En uno de esos paseos se dio cuenta de que lo que faltaba en la zona era un lugar de encuentro con buena comida y mejor bebida. Así que se puso manos a la obra: ella misma compraba la harina, hacía los pasteles, los famosos emparedados que han sobrevivido a los años, y los cócteles novedosos recién traídos de París.

Lo más impactante de la historia es que, detrás de este cuento de mujer de alta alcurnia y aspecto frágil, se escondía una trama en la que, como mínimo, cuatro judíos al día se mezclaban con los funcionarios alemanes de la cercana embajada y tomaban juntos pastas cada tarde. «Un judío polaco, escoltado desde la cocina, se colaba en un grupo de amigos cualquiera. No compartía idioma, pero sonreía. Y si temblaba demasiado, le ponían un par de whiskys», escribe Martínez de Vicente.

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Los comensales removían el archiconocido chocolate con picatostes sin percatarse de que su vecino de mesa había llegado dos días antes, medio muerto de hambre y lleno de piojos, directo a casa de Margarita, que vivía en el segundo piso del mismo edificio que el salón de té. Tampoco sabían que su medio de transporte había sido un coche diplomático británico donde venía escondido. Ni que aquella mujer irlandesa de Misa diaria en el Cristo de Ayala, gran anfitriona de los bon vivant, convivía con ese vecino de mesa, y con el resto de judíos, en su propio hogar: los alimentaba con la misma comida pija que ingerían los comensales de Embassy, les daba ropa y zapatos nuevos y los sacaba del edificio a plena luz del día con la Policía, la Gestapo, los funcionarios, los embajadores, los vecinos y hasta los cocineros mirando.

«El refugiado llegaba a horas intempestivas hasta el portal del paseo de la Castellana, 12. Margarita los acogía amistosamente en su vivienda. El día elegido para continuar con la ruta bajaban por la escalera común, conectada con la cocina de Embassy», cuenta Patricia Martínez de Vicente. «Entera y sin flaquear, Margarita Taylor despedía a todos en la puerta con un “God bless you” (“Dios te bendiga”)», recuerda la escritora, que define a la irlandesa como «una mujer única que no ha tenido el reconocimiento que se merece por todas las vidas que salvó». Solo hay que pensar que desde 1939 y hasta el final de la guerra entraban en España cerca de 200 refugiados al día y muchos de ellos hicieron una parada en la casa de Taylor.

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«Chegaban mortos de fame»

Su amigo, el gallego Lalo Martínez, médico de la embajada británica en Madrid y voluntario de la Cruz Roja en la guerra civil –a la que sobrevivió «yo creo que por no pertenecer a ningún bando, porque mi padre decía que un enfermo es un enfermo, no importa de qué lado sea», recalca su hija–, fue el ejecutor de todo el entramado que tenía como centro de actuación el salón de té. «Él era el encargado de ir a la cárcel de Miranda de Ebro, a donde llevaban a los indocumentados que capturaban en la frontera con Francia».

Con certificados médicos falsos, una ambulancia de Cruz Roja en ocasiones y un coche diplomático británico en otras, el doctor se afanaba en sacar a los judíos, uno a uno, del penal.

«Apellidándose Martínez y con informes que avalaban el estado de salud de los presos –en su mayoría checos y polacos– convencía sin problemas a los carceleros de liberar a los rehenes. Muchas veces, por ejemplo, para evitar contagios», explica Martínez de Vicente.

Camuflados, los refugiados llegaban de la mano de Lalo, bien hasta la casa de Margarita si continuaban hacia Gibraltar, bien hacia Vigo si su ruta de escape era Portugal. «Mi padre utilizó su casa gallega para dar cobijo a los judíos». La guardesa de la casa, que aún vive, recuerda que «chegaban mortos de fame» y ella, afanosa, cocinaba caldo gallego para todos.

Patricia Martínez de Vicente

En Galicia, recuerda Patricia, su padre tenía «un compinche inigualable: el tío Rogelio, un cura que le ayudaba a camuflar a los refugiados para llevarlos hasta Portugal». Fue en 1942 cuando Lalo tuvo que poner freno a su afán. La Gestapo se enteró de todo y, con la excusa de la luna de miel con su querida Moncha, escapó de España hasta Londres, vía Portugal.

Lalo Martínez tampoco es un Justo entre las Naciones, apenas siquiera se conocía su historia si no fuera por Embassy, su inminente cierre y el encuentro casual de su hija con el diario titulado 1942, en el que escribió todos estos secretos. Eso sí, reconoce su hija con admiración, el Ayuntamiento de Madrid va a poner una calle con su nombre.

Artículo de Cristina Sánchez Aguilar publicado originalmente en Alfa y Omega

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