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Adolescencia y emociones negativas: ¡nada de pánico!

© R.f.m. II

Progetto Pioneer - publicado el 24/03/17

9 pautas para apoyar a los chicos durante la fase de la adolescencia

“La adolescencia es la época en que se conquista la experiencia a mordiscos” (Jack London, periodista y escritor). “Los dos grandes problemas de la adolescencia son: encontrar un lugar en la sociedad y, al mismo tiempo, encontrarse a uno mismo” (Bruno Bettelheim, psicólogo y psicoanalista).

La adolescencia es seguramente una entre las fases de la vida más importantes para un ser humano; caracterizada por muchos cambios a nivel físico, emotivo y en la complejidad del pensamiento.

A menudo padres y maestros hablan de la dificultad de gestionar a los chicos de hoy, describiéndoles como enfadados o desmotivados, esclavos de una apatía que les aprisiona. Muchos padres se ven de verdad probados por esta fase de la vida de sus hijos y lamentan no lograr ya reconocer a su «pequeñín»: “Era tan dulce cuando era pequeño”“ahora está siempre triste/enfadado”.

Los educadores muestran también lo difícil que es aguantar a los chicos cuando tienen que afrontar emociones negativas como rabia y tristeza, probablemente también algún padre que lea este artículo se reconocerá en estos fragmentos de conversación… pero veamos lo que sucede en la mente de un adolescente…

Como explica Daniel J. Siegel (2014), es importante ante todo desechar los mitos que rodean la adolescencia y que han sido desmentidos por la ciencia; además de ser inexactas, estas creencias pueden complicar la vida de los jóvenes y de los adultos. Una de las convicciones más difundidas se refiere al hecho de que las hormonas hacen «enloquecer” a los chicos.

Es verdad que en esta fase hay un aumento de los niveles de algunas hormonas, pero lo que determina algunos cambios en la gestión de las emociones es el desarrollo de algunas áreas del cerebro. La corteza prefrontal del cerebro es la zona que se ocupa del razonamiento y del control, tiene un papel fundamental en los procesos cognitivos y en la regulación del comportamiento; en virtud de sus conexiones con las áreas límbicas (lóbulo límbico, hipocampo, amígdala, los núcleos talámicos) está implicada en los procesos de gestión emotiva (Drevets, 2001).

Esta zona del cerebro acaba de desarrollarse después del 20° año de vida; esto provoca un “desequilibrio” entre control e impulsividad. Hay que especificar que esto no significa que todos los chicos tienen dificultades gestionar de las emociones, es importante tener en consideración muchos factores, como el ambiente social en que el joven está inserto, el concepto de “vulnerabilidad” que le predispone mayormente respecto a los jóvenes a conductas patológicas y desviadas, el apoyo de figuras paternas y educativas.


Lee más: Frases que un adolescente necesita escuchar de sus padres


Veamos un poco desde cerca algunas de estas emociones negativas que ponen tan en crisis a padres y educadores: la rabia y la tristeza.

La rabia es una respuesta natural y adaptativa que nos permite defendernos cuando somos atacados o percibimos una amenaza real, hacia nosotros mismos o hacia alguien importante para nosotros; es una emoción que varía de intensidad de leve irritación a furia intensa, y que se acompaña de cambios fisiológicos y biológicos. Cuando uno se enfada, la frecuencia cardíaca y la presión sanguínea tienden a subir, así como las hormonas de la «energía” (adrenalina y noradrenalina). En un adolescente, esta rabia puede ser causada por muchos estresores: escuela, dificultad de comunicación con los padres, necesidad de independencia.

© Piotr MARCINSKI / SHUTTERSTOCK

Otros chicos, en lugar de responder con la rabia a los retos que se les plantean, experimentan mayormente la emoción de la tristeza.

La tristeza se considera a menudo una emoción negativa, a evitar, a esconder. Los chicos pueden intentar evitarla superponiendo una falsa felicidad, escondiéndola en un videojuego o en las redes sociales, pueden mostrar una falsa superficialidad que les permita no SENTIR lo que les vuelve tristes; pero como las demás emociones, también la tristeza ofrece una “ventaja evolutiva”, ¿cuál?

Algunos investigadores citan estudios que vinculan el dolor a una mayor excitación fisiológica, la cual despierta e cuerpo, de manera que la persona reacciona tras una pérdida. Las personas que son más felices, a veces están menos motivadas a actuar, a veces puede considerarse como un estímulo para reaccionar.

Otros indican que la tristeza, igual que el miedo y la rabia, es una emoción que proporciona una campana de alarma ante una situación que puede ser dañina para nosotros, nos permite ser más reflexivos.

Ambas emociones por tanto pueden verse desde otro punto de vista, son fundamentales para que el adolescente comprenda que algo no va bien, y ambas son fisiológicas en el desarrollo de la identidad del joven, que se encuentra cada vez más enfrentado a un sentido de desorientación causado por la inestabilidad de la familia y la falta de puntos de referencia sociales.

© asife/SHUTTERSTOCK

Por tanto, es necesario, para ayudar al joven en esta fase delicada, tener presente pautas que pueden parecer obvias y sencillas, pero que muchas veces pueden marcar la diferencia:


Lee más: La educación en valores defiende a los adolescentes de la depresión


1) Mostrarse disponibles a escuchar: El primer paso para que el adolescente pueda abrirse con el adulto es seguramente mostrarse sinceramente interesados y abiertos a la escucha. Es importante no ponerse como jueces, sino escuchar todo lo que tiene que decirles sin poner límites o prejuicios; haciendo así seguramente será más fácil construir una relación sincera y de confianza mutua.

2) Ser observadores atentos: Estar atentos a las señales que el adolescente aunque no sean verbales; muy a menudo las señales no verbales pueden expresar un profundo malestar.

3) «¿Y tú cómo estás?»: Puede parecer una pregunta obvia, pero a menudo en el frenesí de la vida diaria podemos olvidar prestar atención a cómo se siente el chico o chica. A menudo los adultos no se dan cuenta de la importancia de «sintonizarse” emotivamente; hacer esto ayuda al adolescente a abrirse y sentirse acogido.

4) No reaccionen en seguida: En la gestión de la rabia es de fundamental importancia dejar de lado la carga “explosiva” que el adolescente puede explicitar, sin justificarlo cuando se convierte en agresión física, pero dejando un espacio de reflexión dejando un espacio de reflexión a lo sucedido.

5) Den pocas reglas pero claras, definiendo los límites: Educar a un adolescente y ser comprensivos no significa no dar normas o poner límites. Es importante dar reglas claras y fijas que logren contener los excesos; sin embargo, mantener una postura demasiado rígida dictada por la emotividad que nos provoca el chico/a, corre el riesgo de alimentar solo conflictos.


Lee también: Crisis, ruptura, crecimiento: eres adolescente


6) Dejar de lado el orgullo: a menudo uno se encuentra ante un adolescente que puede provocar, o bien que critica todo lo que hagan. Es importante en este caso dejar de lado el orgullo y no caer en la provocación. Muchas veces puede resultar difícil, pero no hacerlo y ceder frente a la carga emotiva agresiva podría iniciar una espiral de incomprensión de la cual es difícil salir emotivamente ileso.

7) Alaben los comportamientos positivos: es importante reforzar las conductas positivas del adolescente; en un momento de su vida donde se puede sentir “equivocado” y no adaptado. Resulta fundamental, por tanto, poder sentir confianza y satisfacción por parte del adulto, también en las pequeñas cosas. Además les ayudará a aumentar la autoestima hacia ellos mismos, “compañía” fundamental de un sano desarrollo emotivo y de la identidad.

8) Eduquen dando buen ejemplo: el mensaje educativo mejor que el adulto puede dar, es ser coherente con el propio comportamiento; un adolescente que está en contacto con un educador incoherente con las reglas que fija y el comportamiento que muestra, es un adolescente que no tomará en serio el mensaje educativo. Por esta razón es de fundamental importancia que los adultos puedan ser un punto de referencia firme y coherente, capaz de superar el sentido de desorientación que invade al chico/a en este momento particular de su vida.

9) No quitar importancia a lo que les cuenta: las dificultades y las experiencias que viven los adolescentes son muy distintas a las de los adultos y seguramente tienen una “carga” emotiva mayor porque las están viviendo por primera vez; es importante que el adulto se de cuento de esto y evite quitar importancia al malestar que expresa el adolescente; tener esta actitud puede con gran probabilidad aumentar el “efecto cerrazón” del joven.


Para profundizar (bibliografía en español):

Goleman, D. (2016). Inteligencia Emocional, Ed. Kairos

Rosa María Boal (2016). A mis padres no les importo: Problemas de conducta en los adolescentes. Ed San Pablo, España

Artículo originalmente publicado por Progetto Pioneer

Tags:
adolescenciafamiliapsicología positiva
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