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Cree mucho en Dios dentro de ti

Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/03/17

Tantas personas sufren hoy por su baja autoestima...

Quiero comenzar este tiempo de Cuaresma con la esperanza dibujada en los ojos. No son días grises o tristes. Son días de alegría en los que quiero que mi fe se refuerce. Quiero creer más en Dios. Más en su poder. Y quiero creer más en mí y en todo lo que Dios puede hacer conmigo.

El otro día leía una publicidad: “La felicidad comienza por creer en ti”. El anuncio tenía que ver con el deporte. Hace falta mucha fe en mí mismo para luchar en un partido, en una carrera. Fe en mis capacidades, fe en mi fuerza interior. En la fuerza de mi alma que no me deja detenerme cuando el cansancio me abruma.

Por eso quiero creer más en mí para poder caminar por la vida con una mirada llena de esperanza. Quiero creer más para no tirar la toalla al desconfiar cuando las cosas no resultan. Creer más cuando me caigo, cuando tropiezo de nuevo con mi fragilidad.

Creer más para no desfallecer en medio de la dureza del desierto de la cuaresma. Y confiar en que puedo llegar hasta al final. Quiero vivir así la vida, con esperanza. Confiando en esa fuerza interior que Dios ha sembrado en mi alma.

Quiero creer más en mí. Pero no quiero llegar a olvidar que soy solo barro. Y que Dios es el que guía mis pasos.

Escribe Juan Manuel de la Prada: “El hombre que se cree impecable no confía en la ayuda de sus semejantes y mucho menos reclama el auxilio divino, pues considera que Dios es una creación de débiles mentales. Y cuanto más encumbrado está, más hundido termina en el barro. Así hemos visto desmoronarse muchos falsos prestigios, muchas ambiciones desnortadas, muchos imperios triunfantes”.

Quiero creer en lo que Dios ha sembrado en mi alma. Quiero creer en lo que Dios hace con mis manos. Con mi voz. Con mis pies. Tener más fe de la que tengo. Creer en mí pero no de forma enfermiza.

Creo que peco más por falta de fe en mí que por exceso. Me desanimo fácilmente en los fracasos. Dejo de pensar que hay algo bueno en mi interior. Tantas personas sufren hoy por su baja autoestima. Dejo de creer en mí y dejo de hacer cosas que me harían feliz. Me frustro. Me detengo a mitad de camino.

Muchas veces me toca acompañar a personas que han perdido la fe en sus posibilidades. Están muy heridas.

Decía Jean Vanier hablando de nuestra fragilidad: “Lo único que necesito es reconocer quién soy yo y decirle a Jesús que lo necesito, a la comunidad. Porque descubrí mi violencia, mis celos, mi miedo. No tiene importancia. Dios es mucho más fuerte que nuestras miserias. La única cosa al descubrir la pobreza es no encerrarse en la culpabilidad, en la depresión, en la violencia. O bien me justifico o busco acusar. En vez de excusarme, en vez de aceptar, acuso. En vez de volverme hacia Jesús. Y decirle que le necesito. Hacia los hermanos y decirles que los necesito. Tengo dificultad de perdonar. Necesito tu ayuda, tu oración. Estamos todos en camino”.

Me gusta comenzar la Cuaresma desde esta verdad. Soy de barro. Tengo heridas. Me frustro y acuso. Me frustro y me justifico. Y no me vuelvo a Jesús. Pero Él es mucho más que mi miseria. Su amor es mucho más grande.

Quiero creer en lo que hay en mí. Jesús me hace ver todo lo que valgo. Me recuerda que llevo en mi interior un gran tesoro oculto. Me levanta de mi debilidad. Así comienza la Cuaresma. Me reconozco ceniza, polvo, miseria. Miro cara a cara mi verdad y creo en mí.

Creo en el potencial que hay encerrado en una semilla en lo más hondo de mi alma. Eso me da tanta paz… Jesús me mira en mi verdad. Y siento su beso en mi frente, una cruz de ceniza. Jesús también cree en mí. Mira mi realidad. Se conmueve. Me busca. Viene a mí.

Ahí comienza mi felicidad. Cuando creo en mí y creo en Él. No sólo cuando creo en mí. Es el primer paso, es verdad. Pero luego tengo que creer mucho en Él dentro de mí. En su poder, en su abrazo, en su misericordia.

Jesús cree en mí. No estoy solo en mitad de la vida, de la nada, de mi desierto. No estoy solo para levantar como un náufrago el mundo sobre mis hombros. No estoy solo. Tengo a Jesús, tengo a ángeles en forma de hermanos que caminan conmigo por la vida. Me consuela pensar así. Me llena de esperanza.

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