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Cómo lograr que la alegría no se esfume de tu vida

Eric Peacock-CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 12/02/17

Más allá de cumplir, en la abundancia del amor sin medida, permanece

Hoy Jesús responde a esa pregunta que yo mismo guardo: ¿La ley? ¿Basta con cumplirlo todo? “Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley”. Cumplir o no ser capaz de cumplir. Exigir a otros que cumplan sin saber lo que viven en su corazón. La norma. ¿Es siempre la medida de la vida?

Hoy Jesús me dice cosas sencillas. Seré grande si sigo su voz: “Quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos”. Pero a veces lleno mi vida de mandamientos y exigencias. Cargo pesados fardos sobre mi espalda. Quiero cumplirlo todo y me frustro al no lograrlo.

Hoy escucho a Jesús que me pide que viva la vida de forma más sencilla: “A vosotros os basta decir o no”.

Pero a veces no entiendo lo que Jesús me pide. Y no comprendo que quiere que todo llegue a plenitud cuando dé mi sí: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

No quiero quedarme con la justicia de fariseos y escribas. Donde la perfección consiste en cumplirlo todo. No quiero vivir sólo cumpliendo. Esa actitud me habla de un Dios que sólo está contento conmigo cuando cumplo.

Jesús me quiere cuando no soy perfecto. Cuando no le enseño cada noche mi lista de deberes. No le importan tanto mis tachones, mis errores, le importa mi amor. Le basta con que yo quiera volver a empezar y le dé mi sí.

Quiere que pida ayuda. Le basta con que me sepa pequeño y frágil, consciente de que puedo caer en cualquier momento. Él es mi roca, no la ley. Él es mi camino, no el cumplir. Jesús me dice que la medida es el amor y no la norma. Jesús rompe mis esquemas. Él mismo a veces se salta alguna norma por amor.

Hoy Jesús, ante la gente que lo escucha, no habla de cumplir, sino de ir más allá. La vida es más que el mínimo. Me invita a ser magnánimo. No quiere que haga sólo lo correcto, lo adecuado, lo justo. No quiere que simplemente cumpla con mi deber, logrando el mínimo. Me lo pide todo.

El mínimo no llena el corazón. En el mínimo soy un autómata que repite gestos sin alma. Lo que sucede en el alma sólo lo ve Dios y allí es donde se juega mi vida.

Creo en esa vida en la que la abundancia y la alegría no pasan nunca. Aunque haya dudas. El cumplir y quedarme sólo ahí, me quita creatividad y libertad. Si sólo busco cumplir, le pongo freno a mi crecimiento interior.

Mi inquietud hace que mi alma no se conforme con hacer sólo lo que me piden. La clave, como siempre, está en la forma de mirar la vida. La medida es el amor sin medida.

Jesús me dice que tengo que sentir y pensar como lo hace Dios. Que vale de poco cumplir por fuera la norma y ser correcto ante la ley, si tengo el corazón frío.

Quiero sentir como Él, quiero pensar como Él, quiero caminar como Él. Dejándome el corazón, sin preocuparme sólo de pecar o no pecar, de respetar los límites, de proteger mi fama. No quiero guardarme para mí, quiero amar más.

Jesús apela a la generosidad de mi alma. Quiere que profundice en mi mundo interior tan desconocido. Me pide que me deje modelar por Él para tener su delicadeza de sentimientos. Que mi vida exterior y mi vida interior sean una.

La vida es más que la orilla del mar, hay un mar adentro. La vida es más que la superficie, donde camino día a día, hay mucha más hondura. No quiero vivir sólo cumpliendo sin salirme de la norma. La vida es más de lo que veo delante de mí.

Vivir con un alma generosa es la única manera de vivir de verdad. Es lo único que me hace libre. Así vivió Jesús.

Jesús no quiere que me conforme con la ley. Quiere que la cumpla, pero viviendo desde dentro el grado de amor máximo. Quiere que no cometa adulterio, pero más allá, que ame en mi corazón con pasión a mi cónyuge. Que le dedique mi vida. Cuidándolo, protegiéndolo. La promesa el día de la boda no fue: “No cometeré adulterio, no te traicionaré”. Fue en positivo: “Te amaré y te respetaré todos los días de mi vida”.

Hoy Jesús no deja que me fije sólo en los grandes pecados. El homicidio. El adulterio. Jesús me pide una mirada más sutil. Un corazón más grande. No llamar imbécil al hermano, no guardar rencor.

Me emociona la confianza de Jesús en mí. Confía en que soy capaz de amar desde dentro. Me invita a que mi vida esté más equilibrada. Una vida en la que mi amor a Dios sea expresión del amor a los hombres.

La vida con Jesús no es un conjunto de límites. Es un mar hondo, sin orillas. Jesús me habla del sí. Del más. De lo más profundo, de lo más alto. Quiero dejarme tocar por Dios en mi dolor, en mi miedo, en mi temblor. Él me puede consolar, sostener, enamorar, hacerme feliz en los umbrales de su casa.

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