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¿Por qué vale la pena ver la película ‘Atrapado en el tiempo’, una y otra vez?

Bill Murray as Phil Connors, Andie MacDowell as Rita in Groundhog Day, 1993. Columbia Pictures | MoviestillsDB.com
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Hay un significado oculto en la película de Bill Murray, que se ha vuelto un clásico

La película Atrapado en el tiempo (Groundhog Day en inglés, con el telón de fondo de del Día de la Marmota, una celebración que, por cierto, ¡tiene lugar hoy, 2 de febrero!) tuvo una cálida acogida, por no decir fogosa, cuando se estrenó en 1993.

Recaudó sus buenos 70 millones de dólares y las críticas afirmaron que era una comedia divertida de Bill Murray, pero sin mucha más gloria. Incluso el crítico Desson Howe afirmó en The Washington Post que la película era “bastante buena”, pero que “nunca la designarían tesoro nacional ni la albergaría la Biblioteca del Congreso de EE.UU.”, según tiene por costumbre la Biblioteca para conservar cada año una selección de películas relevantes, por sugerencia pública.

Pero resultó que, en 2006, Groundhog Day fue designada tesoro cinematográfico de Estados Unidos por la Biblioteca del Congreso. Esta aparentemente ligera comedia —la última colaboración de Murray y el director Harold Ramis (que actuó junto Murray en Los Cazafantasmas y murió en 2014)— ahora está reconocida como un clásico indiscutible de la comedia. ¿Y sabes qué más? Pues que quizás es la comedia más espiritual que puedas ver.

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El argumento es el siguiente: Phil Connors (Murray), un egocéntrico meteorólogo, viaja con su nueva productora Rita (Andie MacDowell) y el sarcástico cámara Larry (Chris Elliott) hasta Punxsutawney, Pensilvania, para asistir a la celebración del Día de la Marmota, donde la marmota Punxsutawney Phil verá (o no) su sombra y con ello pronosticará la duración del invierno, según dicta la tradición. El caso es que Phil (el hombre del tiempo, no la marmota) aborrece Punxsatawney. Lo aborrece todo, desde el anticuado hotel hasta los pueblerinos locales. Pero detesta más que nada el Día de la Marmota. Para Phil, el día 3 de febrero se está haciendo de rogar demasiado.

Sin embargo, el 3 de febrero no llega. Cuando Phil se levanta a la siguiente mañana, sigue siendo el Día de la Marmota. Y lo mismo sucede a la mañana siguiente. Y a la otra. Está atrapado en un bucle temporal y no consigue averiguar cómo romper el ciclo.

Los budistas disfrutan en especial de Atrapado en el tiempo: el interminable Día de la Marmota de Phil les recuerda a la reencarnación, por la que todos estaríamos encerrados en un ciclo sin fin de muerte y renacimiento hasta que entendiéramos de verdad de qué va la cosa. Pero los cristianos también pueden encontrar chicha espiritual en la película. Muchos católicos opinan que el eterno día de Phil se parece mucho al purgatorio.

En mi opinión, la fuerza de la película reside en la oportunidad que tiene Phil de ahondar en las grandes cuestiones de la vida: ¿Qué puñetas hacemos en este mundo? ¿Cuál es el sentido de la vida? O, para ser más exactos, ¿qué da sentido a la vida?

En ese eterno Día de la Marmota, Phil atraviesa tres fases distintas:

Comamos y bebamos y cantemos y holguemos, que mañana repetimos

“¿Qué haríais vosotros si estuvierais atrapados en un lugar y cada día fuera el mismo y nada de lo que hicierais importara?”, pregunta Phil a sus compañeros de barra de bar.

La respuesta es obvia; o al menos es obvia si no se aplica ninguna base espiritual. ¿Qué harías tú? Piénsalo, cualquier cosa que quisieras.

Aquella misma noche, Phil comienza con su experimento en epicureísmo, con una alocada persecución policial por todo el pueblo. Durante los próximos días se pone tibio de pasteles y beicon. (Para qué va a preocuparse por el colesterol, ¿no?). Roba un camión blindado y se compra un Mercedes. Seduce a una hermosa mujer y, llegado el momento, se embarca en la tarea de intentar llevarse a la cama a su preciosa productora, Rita.

En esto reside la plenitud, cree Phil. Trata de llenar la eternidad con placeres efímeros para los sentidos. Y durante un tiempo, parece que se lo está pasando en grande.

Pero el amor y el sentido se le escapan de las manos. Rita se resiste obstinada a los encantos de Phil y cada día termina con un bofetón de rechazo. Los días interminables de comilona y las noches interminables de alcohol empiezan a resultarle repetitivos. Y lo que un tiempo pareció una existencia de ensueño se convierte en una pesadilla.

Una mañana, vemos a Phil en la cama mirando al techo. Repite como un loro la misma charla de la radio que ha estado escuchando durante incontables mañanas:

“Bien, excursionistas, arriba”, repite con amargura. “Despertad y no olvidéis los descansos porque hoy hace frío. Hace frío todos los días”.

Matadme ya, por favor

Phil no encuentra significado en una vida de gozos de los sentidos. Lo cual significa —de nuevo, para alguien sin arraigo espiritual— que la vida debe carecer de sentido alguno. Pasa del epicureísmo al nihilismo y dedica decenas de Días de la Marmota a intentar, sencillamente, matarse.

Se tira por un barranco. Nada. Se electrocuta en la bañera. No funciona. Salta desde el campanario de la iglesia. No importa lo que haga, a la siguiente mañana está sano como una manzana.

Por fin, desesperado, se lo confiesa todo a Rita: “Me he matado tantas veces que ya ni siquiera existo”, le dice.

Curioso, ¿verdad? A veces lo único que nos obliga a hacer los cambios necesarios en nuestras vidas es tocar fondo. Habla con cualquiera que haya vivido una experiencia trascendental y lo más normal es que te diga que el peor día de su vida fue el catalizador para darle un giro a todo. Tenemos que perder la esperanza para poder encontrarla de nuevo. Tenemos que ver lo débiles que somos antes de poder confiar en la fuerza de Dios.

Más tarde aquella misma noche, mientras Rita se queda dormida, Phil le hace otra confesión. “Eres la persona más amable, dulce y hermosa que he conocido en mi vida”, le dice. “No merezco a alguien como tú. Pero si alguna vez pudiera, te juro que te amaría el resto de mi vida”.

Al próximo día, por primera vez en mucho tiempo, Phil se despierta con un sentimiento parecido a la esperanza. Quizás ve en Rita el propósito que nunca tuvo, un propósito que cuidar y por el que cuidar a los demás. Quizás es un deseo repentino de convertirse en mejor persona, el tipo de persona que tal vez pudiera ser merecedora de alguien como Rita. Sea cual sea el motivo, Phil parece resuelto a hacer que el Día de la Marmota sea el mejor día de todos los tiempos, no solo para él, sino para todos los del pueblo.

Encontrar el sentido en cada minuto

Phil se convierte en el buen samaritano de Punxsutawney. Cuando se cae un niño de un árbol, él está ahí para cogerle. Cuando se pincha un neumático, él aparece con un neumático nuevo y un gato. En uno de los momentos más emotivos de la película, Phil intenta salvar una y otra vez a un vagabundo.

“Porque es en dar que recibimos”, decía san Francisco de Asís, y Phil ha descubierto esta gran verdad.

Con el fin de otro Día de la Marmota más, Phil y Rita pasan la tarde juntos, con una Rita maravillada por la profundidad de este hombre. Y Phil, a pesar de haber vivido innumerables días en un bucle interminable, siente un estado emocional extraño: es feliz.

“No importa lo que suceda, ahora soy feliz”, le dice a ella. “Porque te quiero”.

En ese momento, parece que se produce un cambio. En ese momento, Phil se siente agradecido.

“¿Quieres ver el paraíso en la tierra?”, me dijo hace poco una misionera. “Da gracias por el día de hoy”. Es tan sencillo como cierto. Sé agradecido por los dones de Dios. Da gracias por los desafíos también, porque a través de ellos aprendemos y crecemos. Da gracias, me dijo.

Al final de Atrapado en el tiempo, Phil aprende a ser agradecido, incluso por ese día interminable. Y en esa gratitud, el bucle se rompe. Su purgatorio ha terminado.

Creo que la mayoría de nosotros vivimos a veces como si estuviéramos en nuestro particular Día de la Marmota eterno. Nos perdemos en la monotonía de una semana laborable o en los placeres mundanos. Nos olvidamos de lo importante. Nos preguntamos qué se supone que hemos de hacer con nuestras vidas incluso cuando la respuesta está delante de nuestras narices. “Den gracias en toda situación”, dice Pablo en su carta a los Tesalonicenses.

Es fácil olvidarlo. Menos mal que esta hermosa película nos ayuda a recordarlo.

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