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Dios, que cuida del detalle más pequeño

ROSE
Di ilovephoto_KA - Shutterstock
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Algunos lo llaman «diosciencia», ¿por qué será?

Cuanto más vivo, tanto más creo que a Dios le gusta cuidar de los detalles: prepararnos pequeñas sorpresas en respuesta a nuestros pensamientos más íntimos para hacernos felices y para recordarnos su presencia, ser nuestro asesor en asuntos de lo más triviales y con un guiño de ojo ayudarnos a encontrar sorprendentes soluciones.

A veces, con la ayuda de estos pequeños detalles, puede cambiar toda la vida. Otra vez es sólo (o ¡hasta!) una manifestación del amor y un mensaje (a menudo gracioso): no estoy solo, estoy aquí, actúo.

El autobús para volver a casa

Era primavera, pero muy temprana. Yo regresaba de la Vigilia Pascual en la Hermandad Dominicana.

Era muy tarde y el frío viento congelaba mis pantorrillas. El último autobús diario había partido de allí hacía dos horas, y para coger el nocturno tuve que andar un par de kilómetros.

Las piernas me dolían tanto que antes de decidir qué hacer, me quedé sentada un momento en el banco de la parada. Necesitaba un milagro.

De repente recordé: una compañera (que hacía poco había regresado de una peregrinación en autostop) aconsejaba: si rezas por algo, céntrate sólo en los detalles concretos. Y en materia de transporte, reza a san Cristóbal.

Un poco por diversión, un poco por audacia, pero aun así con la creencia de que podría funcionar, oré al santo para que me enviara el autobús diario que tomaba para regresar a mi casa -exactamente en dos minutos.

Esperé los efectos con un reloj en la mano. A continuación, con la misma mano me frotaba los ojos, muy sorprendida, porque se acercaba a la parada mi 116. Con dos horas de retraso, pero justo dos minutos después de haber articulado mi solicitud.

RADOSŁAW HOFMAN I JEGO AUTOBUS DLA BEZDOMNYCH
EAST NEWS

En mi vida hubo muchos mini-milagros de este tipo con el transporte público.

El siguiente, unos años más tarde, cuando viajaba al encuentro con una fundación amiga. Ahora era yo la que iba a llegar con un retraso terrible y estaba preocupada de no llegar a tiempo para el momento de las felicitaciones, que me importaban mucho.

A pesar de las oraciones por llegar a la hora, me retrasé unos 40 minutos. Entré corriendo, pues, a la sede de la fundación, decepcionada y enojada.

Los mini-milagros

Pero, cuando entré adentro, me sorprendí de que aún no habían empezado. “Carolina, hola” -se me acercó una de mis conocidas. “Qué bueno que ya estés aquí, pero has venido demasiado deprisa innecesariamente. El coche del amigo que trae la comida se averió cerca de Wawer. Aún le estamos esperando.”

En tales situaciones me dolería el vientre de la risa, si no estuviera un poco preocupada por las personas ajenas, en cuyo destino había influido de alguna manera. Porque, ¿el coche de aquel colega realmente se averió sólo para que yo pudiera llegar a dar felicitaciones?

Y ¿qué pasa con las personas que tuvieron que viajar dos horas en autobús la tarde de la víspera del Domingo de Pascua? ¿Dios realmente podría dañar a unos para ayudar a otros?

Estas son las preguntas que me hice un millón de veces. En respuesta llegaba sólo la paz. Se podían encontrar cientos de razones para que la avería del coche pudiera resultar beneficiosa para el compañero.

Dios no tiene, al parecer, deficiencias en sus planes, causados por una oración repentina de la distraída y tardona, como de costumbre, Carolina Sarniewicz.

¿Y la gente del autobús? Me hubiera gustado preguntarles qué hora tenían. ¿Tal vez no se dieron cuenta de nada? ¿En las teletransportaciones del Padre Pío una pequeña rotura del espacio-tiempo no sería nada difícil para Dios?

Pasta con salsa

Sin embargo, sucede a menudo que conseguimos un buen regalo sin ni siquiera pedirlo. Simplemente alguien, conociendo nuestros pensamientos, nos sorprende –y ya está.

Un amigo se presentó en mi casa, porque le pedí que arreglara la puerta del baño. Mientras venía, él pensó que el día sería redondo si pudiera comer en mi casa… aunque fuera una modesta pasta con salsa.

No me contó su deseo, sino inmediatamente empezó a reparar la avería. Mientras trabajaba con el destornillador, sentí pena por el pobre hombre y sugerí que tomara algo de cena y murmuré tímidamente: “sólo me queda pasta con salsa”.

Tardé mucho tiempo en curarme del choque al ver la reacción del hombre que casi lloró de felicidad.

Historias como estas se pueden multiplicar y multiplicar. Hay, sin embargo, una de la cual simplemente no puede prescindir en este ensayo elogioso sobre el cuidado de Dios.

Una flor para el Día de la Mujer

FLOWERS
Shutterstock | FLUKY FLUKY

Un año, mi compañera Mónica estaba muy triste porque el Día de la Mujer no había nadie que le pudiera regalar una flor.

Paseaba por la ciudad con una conocida suya, con la esperanza de que al final apareciera un caballero con un tulipán, aunque fuera con fines comerciales, como regalo publicitario de cualquier cadena de supermercados.

Por el camino, las chicas visitaron a unas monjas conocidas que les dieron un libro y como el libro era uno y ellas dos, decidieron cambiar el destino de su paseo. Ahora andaban por Varsovia con el objetivo de encontrar a un voluntario que aceptara su regalo.

Sin embargo, el destino quiso que todos los potenciales destinatarios anduvieran acompañados ese día, y las dueñas del libro no querían crear más dilemas.

Al final, vieron caminando por la calle a un clérigo. Mónica corrió hacia él, gritando que era un regalo sorpresa, y que debía ser feliz de tener un buen día.

El clérigo casi perdió la voz de la emoción. ¡Iba tres meses en busca del libro que acaba de recibir! En su tiempo libre estaba visitando a prisioneros y uno de ellos necesitaba exactamente esa edición en particular.

Mi amiga hizo feliz a alguien, pero ¿qué pasaba con su deseo? Mientras caminaba, sonriendo de oreja a oreja, la vio un antiguo colega y… le regaló una flor.

Un día así y con un Dios así, no podría haber terminado de otra manera.

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