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Cuando Dios no te dé lo que le pides hazte esta pregunta

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¿Estoy buscando lo que yo quiero o su voluntad?

Creo que lo más difícil en mi camino es hacer y decir lo que Dios quiere. Dice el salmo: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Y es verdad. Aquí estoy. Pero a veces confundo su voluntad. O pienso que lo que yo quiero tiene que ser necesariamente lo que Dios quiere.

Juzgo rápidamente las acciones de los demás. Y creo ver en ellas la ausencia de Dios o su presencia. Resuenan en mí las palabras de Juan Climaco:

“No juzgues demasiado severamente a los que enseñan grandes cosas con palabras, si los ves menos apresurados a ponerlas en práctica; porque a menudo la utilidad de las palabras compensa la penuria de las obras. Porque no todos poseemos igualmente todos los bienes: en algunos la palabra sobrepasa la obra; en otros, por el contrario, la obra sobrepasa la palabra”.

Juzgo más las obras que las palabras. Aunque a veces las palabras las juzgo cuando no se refuerzan con las obras. Pero juzgo. Me creo mejor que otros. Y pienso que en mi juicio está el querer de Dios.

Y me da miedo caer en el relativismo. O en pensar que todo vale. O en hablar de los fines que todo lo justifican. Corro el riesgo de apresurarme en mis condenas. En mis filias y en mis fobias.

En la vida diaria colocamos nombre al otro por lo que hace, lo cual constituye un juicio negativo, un juicio a toda la persona del otro[1]. Me encadeno a mis prejuicios y condeno. Y decido en mi corazón lo que está bien y lo que está mal. Generalmente miro más a los demás que a mí mismo.

Quiero hacer la voluntad de Dios. Quiero ser su instrumento. Es el anhelo del alma. Siempre lo es. Quiero la gloria de una vida meritoria. La defensa hasta el extremo de mis principios y mis ideales. El amor que se da por entero. La vida que merece la pena ser vivida.

Y vivo expuesto al juicio de los que me rodean. ¡Qué rápido caigo yo en el juicio! ¡Con qué rapidez soy yo juzgado! Esto está mal. Esto está bien. Y me quedo tranquilo. Pero mi juicio no me salva. Quiero hacer la voluntad de Dios. Y no que Dios haga realidad la mía. Me da miedo el riesgo de ser egoísta:

“El egoísta devoto se hace una idea demasiado clara acerca de la voluntad de Dios. Dios quiere la justicia, la paz, la armonía y el amor. Con este conocimiento se aproxima a Dios y pide que Él también realice su voluntad. No se da cuenta de que esos ruegos sólo expresan su propia voluntad. Mientras Dios los cumple él es un siervo leal de la voluntad de Dios. Pero si Dios no los cumple o no los cumple de inmediato surge en él la desilusión, la insatisfacción y a menudo la indignación frente a Dios. Cuanto más se rebela contra Dios, tanto más claro está qué voluntad pretende imponer, la propia”[2].

Busco mi voluntad detrás de muchos ruegos. Y luego, cuando Dios calla aparentemente, me rebelo. Cuando no se realiza lo que es justo y bueno. Cuando no se hace realidad el sueño que yo tenía guardado en mi alma.

Estoy aquí para hacer la voluntad de Dios. Me duele cuando no la hago y me alejo. Pero sé que la voluntad de Dios inquieta. Me mueve por dentro, me desinstala. No corrobora todos mis actos. No asiente ante todos mis juicios.

Quiero ser más libre. Más niño para abrazar su voluntad en todo lo que me toca hacer cada día. Buscar sus manos actuando en mi barro. Su deseo abriéndose paso en mis sueños. Su voz despertando en mis labios.

Quiero oír siempre: “El Señor me dijo: – Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso”. Quiero escucharlo no sólo cuando cumplo y hago fielmente todo lo bueno. No cuando soy perfecto. No sólo si muero en santo martirio admirado por todos. No. Quiero escucharlo siempre. Saber que siempre Dios está orgulloso de mi vida, de mi entrega, de mi deseo de seguir sus pasos. Sea como sea.

Quisiera repetir en mi alma esta verdad honda: “Mi Dios fue mi fuerza”. Es mi fuerza verdadera en medio de muchos silencios. Mi Dios. Mi fuerza. Mi roca.

“No se trata de acentuar nuestro propio hacer, ni realizar sabe Dios cuántos actos apoyándonos sólo en nuestras propias fuerzas. Poco a poco iremos abandonándonos al Espíritu y pidiendo su venida junto a María: ¡Ven Espíritu Santo y colma los corazones de tus fieles!”[3].

No busco sólo mi fuerza. Más bien deseo la fuerza de Dios en mí. Solo no puedo avanzar. Por eso hoy pido que su Espíritu Santo descienda a mi vida. Quiero que me calme y colme mis deseos y mis ansias más verdaderos. Quiero que me cambie por dentro y haga en mi corazón todo nuevo.

 

[1] Edgardo Riveros Aedo, Focusing desde el corazón y hacia el corazón

[2] Franz Jalics, Ejercicios de contemplación, 52

[3] J. Kentenich, Envía tu Espíritu

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