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Francisco, el Papa de la alegría

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A veces no es fácil “ver” a dónde va el Papa Francisco. Su abandono de costumbres anquilosadas y su lenguaje coloquial desconciertan a los amantes de las formas clásicas y de las normativas, que dan sensación de certeza, de seguridad.

Francisco es, claramente, un Papa renovador, y eso asustaba a bastantes católicos, sobre todo si se dejaban engañar por historias falsas sobre proyectos de cambios espectaculares y alarmantes.

¿Dónde se crea la intoxicación? Una parte insidiosa procede de su propio entorno. De un sector demasiado rígido o “carrerista” de la Curia vaticana, cuyas esperanzas de ascensos y vida cómoda se desvanecieron con la llegada del nuevo Papa.

Durante los dos primeros años abundaba la caricatura de un individuo utópico y temerario, un peligroso liberal dispuesto a tirar por la borda la doctrina de la Iglesia. La realidad es que, en los temas esenciales, es un Papa conservador. Pero que conserva de modo inteligente: cambiando lo que se quedó anticuado o ya no tiene razón de ser.

El primer Papa americano es un personaje que a veces desconcierta, pero logra resultados sorprendentes. Consigue que el mundo escuche el mensaje cristiano sin levantar escudos.

A pesar de sus críticas a las guerras y a los excesos del capitalismo financiero, los principales medios de comunicación de Estados Unidos se dieron cuenta de que tenía “madera”, de que era un líder nato. Eso sí que eran capaces de entenderlo.

Enseguida, la máxima institución del país, el Congreso de los Estados Unidos -dominado por los republicanos, con cuyas ideas suele chocar- le invitó a hablar ante sus dos cámaras reunidas en sesión conjunta, formato discurso del Estado de la Unión. Por primera vez querían escuchar a un Papa… y, además, latinoamericano.

No eran los únicos que habían descubierto su valía. Una encuesta mundial de Gallup, realizada en 64 países de todas las áreas culturales del planeta y publicada el 24 de marzo de 2016, sacaba a la luz una situación sin precedentes.

A los tres años de pontificado, el 54 por ciento de la población mundial tenía una opinión “muy favorable” o “favorable” del nuevo Papa, mientras que manifestaban opinión “desfavorable” o “muy desfavorable” tan sólo el 12 por ciento. Según el presidente de Gallup International, Jean-Marie Leger, “el Papa Francisco es un líder que rebasa su propia religión. Nuestro estudio muestra que una amplia mayoría de ciudadanos del mundo, de diferentes religiones y en todas las regiones, tienen una imagen favorable del Papa”.

Francisco es, ciertamente, una persona fuera de lo común. No es fácil presentar su perfil, pues “se sale” del encuadre de la cámara. Muchas veces nos ha dicho -acompañándolo con un gesto de las manos- que no le gusta la esfera, por su uniformidad, sino el poliedro, en que cada cara es distinta. En cierto modo, él es un caso de poliedro extremo.
 
Es un intelectual sólido, pero que oculta esa faceta bajo una apariencia deliberada de sencillez, de normalidad puesto que ese es el mejor modo de hacerse entender.

Un domingo soleado de primavera, se presentó por sorpresa en una “Mariápolis” sobre protección del medio ambiente y las personas, organizada por el movimiento de los Focolares en el parque romano de Villa Borghese . Le recibieron, felices, la presidenta, María Voce, y el copresidente del movimiento, el sacerdote español Jesús Morán.

Y allí, en una gran tienda en medio del parque, el Papa se puso a explicar, sin papeles, que “la vida hay que tomarla como viene. Igual que un portero de fútbol, que tiene que atrapar el balón desde donde se lo tiren, de aquí, de allá”.

Les estaba diciendo que no se complicasen con demasiados planes y, sobre todo, que “no hay que tener miedo a la vida, a los conflictos. Los conflictos hay que asumirlos para resolverlos”.

Francisco tiene un carácter recio y disciplinado, pero sabe presentarse con una sonrisa
Es un verdadero “soldado” de la Compañía de Jesús, pero que desborda ternura con la persona pobre, enferma, triste o víctima de algún abuso.

Es un religioso con la sólida formación de Ignacio de Loyola, pero también con una mentalidad cívica y profesional, típica de los mejores fieles laicos. Un clérigo que combate vigorosamente el clericalismo y carrerismo entre los eclesiásticos, y la corrupción entre los laicos.

Con sus críticas -a veces duras- intenta rectificar una espiritualidad demasiado basada en el miedo a Dios o a la opinión de los demás, para sustituirla por una verdadera piedad, fundada en la confianza filial en “un Dios enamorado de nosotros”.

Siguiendo el ejemplo de Jesús, critica a los “doctores de la ley”, incapaces de entender a un Dios que ama. Suele llamarles “doctores de la letra”, porque no llegan a comprender su espíritu.

No entienden que el principal mandamiento se cumple o no se cumple en el corazón: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Esa opción interior determina, después, el comportamiento exterior.

Francisco es un hombre amenazado de muerte por terroristas, fanáticos y locos. Aun así, se negó desde el principio a utilizar  automóviles blindados, incluso en viajes que suponen un serio peligro.

Después, desafiaría sin inmutarse un tifón en Tacloban, Filipinas. Y en octubre de 2015 se metió de cabeza en un país en guerra y prácticamente sin gobierno, la República Centroafricana, para ayudar a calmar el conflicto.

Durante aquel vuelo hacia África, uno de los pilotos le comentó que las dos primeras etapas en Kenia y Uganda estaban bien, pero que ir después a Bangui era peligroso…
—Si no queréis aterrizar, dadme un paracaídas —le respondió el Papa.

* Corresponsal de ABC en el Vaticano, autor del libro “El Papa de la alegría” (editorial Espasa), ha volado con los tres últimos papas – Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco – en más de 50 viajes internacionales y trabajado en 61 países 

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