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Cómo comer como un católico puede cambiarte la vida

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"The Catholic Table" podría devolver la sensatez a la forma en que comes

¿Comes demasiado o no lo suficiente? ¿Te obsesiona contar calorías, te preocupas en leer las etiquetas de la comida o desearías no tener que preocuparte en absoluto por la comida? Si es así, hay un libro nuevo recién publicado en EE.UU. (en inglés) que puede darte ideas. En The Catholic Table: Finding Joy Where Food and Faith Meet [La mesa católica: encontrar la alegría en el encuentro de la comida con la fe], la reputada escritora Emily Stimpson Chapman afirma que un enfoque católico de la alimentación es la mejor forma de vivir una vida completa y satisfactoria.

Los sabios consejos y experiencias que comparte en el libro —junto a muchas recetas deliciosas— te harán sentir un poco triste por no estar en su lista de invitados a la cena de Año Nuevo. Pero como consuelo, aquí tienes mi conversación con ella sobre el significado de “comer como un católico” y sobre por qué todo el mundo debería descubrir lo que significa comer así.

– Emily, ¿siempre has tenido un especial interés en la comida? ¿De dónde viene esta pasión?

Mi perspectiva actual de la comida y mi pasión por la cocina y por alimentar a la gente vienen de los seis años que pasé luchando contra un trastorno alimentario. De pequeña supongo que me gustaba la comida y tenía recuerdos agradables asociados a los platos de mamá y de la abuela, pero con 19 años empecé a tener problemas con la anorexia.

Los años que pasé tratando de escapar de este oscuro y confinado lugar me obligaron a reflexionar sobre la comida y a entenderla y valorarla de una forma nueva. De aquí surgió el deseo de compartir lo que había aprendido, además del gusto de cocinar para los demás y compartir el amor que representa la comida.

– Entonces, tu recuperación de la anorexia fue un proceso gradual.

En efecto. Ningún trastorno alimentario tiene una recuperación sencilla; tienen unos orígenes complejos, así que ponerles fin normalmente también es bastante complicado. Mi curación empezó cuando comprendí en qué consistía el trastorno alimentario y cuando me di cuenta de que tenía que escapar de él si quería honrar a Dios, porque él me creó y me ama.

Pero mi curación no fue completa hasta que regresé a la Iglesia católica. Por fin empezaba a comprender qué era la Eucaristía y la conexión que tenía con la alimentación, además de la comprensión de la belleza y la dignidad del cuerpo. Así que la Eucaristía y la teología del cuerpo fueron en última instancia las que me curaron de mi trastorno alimentario.

– ¿Cómo exactamente cambiaron tu percepción de la alimentación la Eucaristía y la “teología del cuerpo”?

Había dejado la Iglesia católica y fui protestante durante unos cuantos años, así que no podía apreciar plenamente el significado de la Eucaristía, el hecho de que Dios se nos ofrece como alimento, y que ese alimento es un símbolo natural de todo aquello que hace posible la Eucaristía de forma sobrenatural: amor, sanación, comunidad, consuelo, nutrición. Todas estas cosas suceden a un nivel sobrenatural con la Eucaristía. No pude entender eso hasta que entendí el significado de la Eucaristía, y esto me ayudó a valorar el significado de la comida.

Lo mismo ocurre con la teología del cuerpo. Dependiendo de la denominación, los protestantes a veces pueden tener una visión negativa del cuerpo, perciben el cuerpo y el alma como elementos separados. Como católicos, reconocemos la unión de cuerpo y alma y que el cuerpo es imagen de Dios, al igual que el alma, y el cuerpo expresa la persona. Así que cuando consideras el cuerpo un templo, como imagen viva del alma eterna, entonces cambia la forma en que quieres tratarlo.

En el libro hablo sobre la diferencia entre controlar el cuerpo y cuidar del cuerpo. Algunas personas ponen énfasis en el control del cuerpo, porque puede ser una fuente de pecado: es lo que cede a la tentación, así que es necesario controlarlo. Pero el cuerpo hay que cuidarlo, es un grandísimo regalo y tenemos que dar al cuerpo lo que necesita para hacer aquello para lo que lo creó Dios, para honrar a Dios como es debido honrarlo.

– Cómo responderías de forma breve a las personas que dicen: ¿por qué tendría que preocuparme tanto de la comida?

Hay varias razones diferentes. Una, porque en nuestra cultura hay muchísimas actitudes trastornadas en relación a la comida: hay personas que sufren diferentes tipos de trastornos alimentarios, personas que comen en tanto exceso que ponen en peligro su salud. Así que, a un nivel natural existen muchos problemas relacionados con la comida.

Pero a nivel sobrenatural, estamos llamados a ver el mundo y todo lo que hay en él como un signo de Dios. Dios creó el mundo. Dios ama el mundo. Él es el sostén de la existencia de todo porque lo ama. Así que el aprender a ver la comida como algo que nos instruye sobre Dios, que nos instruye sobre Su amor y sobre la Eucaristía, es parte del crecimiento en madurez y en entendimiento de un cristiano, para poder ver de verdad el mundo con ojos católicos.

Por supuesto, la comida no es tan importante como otras cosas, como los seres humanos, el matrimonio, la familia… pero la comida es una parte de todo eso, así que cuando vemos la comida como de verdad es, vemos a Dios con más claridad.

– Creo que hay una dimensión ética en la alimentación, debido a la serie de eventos y vidas dentro de la cadena alimentaria. Por ejemplo, cuando compro carne de animales criados en granjas industriales, a menudo supone apoyar el trato terrible que sufren esos animales y a veces incluso la explotación de los trabajadores. ¿Hay lugar para ser cuidadoso con este tipo de cosas?

Creo que sí cabe tener cuidado con estas cosas. Pero no creo que sea la prueba definitiva de una “alimentación virtuosa”. Yo trato de comer orgánico; me gusta comer alimentos producidos en mi localidad. Pero también reconozco que no todo el mundo se lo puede permitir.

Así que si alguien tiene dificultades para traer comida a la mesa y lo mejor que pueden conseguir es carne de una gran productora, o si no pueden permitirse la leche orgánica y no hay cooperativas en su zona, no están cometiendo ningún pecado por ello; no comen con menos virtud que cualquier otro. Así que hay que hacer lo que se pueda con los medios y las circunstancias particulares. Eso sí, si te gastas todo tu dinero en alimentos de cultivo local y no dedicas nada a los pobres, ahí tienes un problema.

– Estoy de acuerdo con lo que dices en el libro de que es más importante tener un alma limpia que comer comida limpia. Pero no veo por qué no deberíamos luchar por tener ambos. Lo que comemos afecta profundamente a nuestra salud, nuestro funcionamiento, nuestra energía, nuestro humor… y todo ello puede afectar a nuestra vida espiritual. ¿Qué responsabilidad tenemos como cristianos en este aspecto? ¿Cómo asumimos seriamente el mandato de tratar nuestros cuerpos como templos del Espíritu Santo en lo referente a nuestra alimentación?

Tenemos que pensarlo como una cuestión de justicia. En mi libro hablo mucho de “alimentación virtuosa”: comer con justicia, templanza, fortaleza y caridad. Con justicia, debemos a nuestro cuerpo lo necesario para funcionar bien; queremos asegurarnos de que esté sano y fuerte.

Así que la mayoría de los días es verdaderamente importante dar prioridad a las coles de Bruselas antes que a las napolitanas: es una cuestión de justicia. Pero si te gustan las napolitanas más que ninguna otra cosa en el mundo, no pasa nada por tomar una de vez en cuando. Si vas a cenar a casa de una amiga y te sirve una cazuela con sopa de sobre que normalmente nunca se te ocurriría comer, pues la caridad por encima de todo: deberías comer lo que se te ha servido.

En realidad se trata de tener una actitud equilibrada. Quieres ofrecer a tu cuerpo lo que le hace falta y también asegurarte de que comes con moderación y conocimiento, pero también quieres tener una actitud de amor y con un ojo en reconocer que la comida también es un placer.

Una buena norma es la del 80-20. Cuando estés en casa, come aquello que creas que deberías comer, pero cuando estés fuera, relájate un poco más porque la caridad siempre es más importante. A no ser que vayas a morirte de una alergia o algo así, claro está… Yo moriría si comiera cacahuetes, así que lo más caritativo para mí es no comerlos si me los sirves: te sentirías fatal si me mataras sin querer.

– ¿Cuál es el mensaje más importante que querías transmitir en este libro?

Quería transmitir la alegría de comer. En nuestra cultura es muy fácil despojar a la comida de la alegría, el amor y el sentido comunal. En vez de eso, se convierte en una cuestión de calorías, nutrientes y desear que tu cuerpo luzca de cierta forma; proyectamos estas cosas sobre la comida, así que deja de ser lo que Dios tenía previsto: un signo de amor, de curación, de alimentación y de dicha.

La comida sabe bien porque Dios quería que disfrutáramos comiendo. Hay muchísimo amor de Dios en cada bocado de comida y cuando te sientas ante un plato delicioso; reconocer cuánto te ama Dios a través de ese alimento es lo más importante que puedes hacer.

– ¿Cuál es el plato que más te gusta cocinar?

Risotto. Exige mucho del cocinero, mucha atención… Estás escuchando al arroz y atendiendo a cuándo necesita más caldo; requiere de toda la persona en el acto de cocinar. Me encanta cocinarlo y me encanta comerlo, así que es una buena combinación.

– Imagina que organizas una cena en casa y que puedes invitar a quien quieras del mundo. ¿A quién invitas?

A mi marido. Y a mis mejores amigos. En mi boda, todos mis amigos estaban en la ciudad y se quedaron conmigo durante una semana, ayudándome a prepararme. Al final de la boda, había ido al piso de arriba a quitarme el velo y a despedirme de una de mis damas de honor, que es una de mis mejores amigas, y lo último que le dije, gritando, fue: “¡Algún día comeremos todos juntos otra vez en el paraíso!”. Eso es lo que una cena con invitados significa para mí: un anticipo del paraíso, un anticipo de la cena de la las bodas del Cordero. Así que quiero a mis seres más queridos en esa cena.

– ¿Y qué cocinarías, risotto?

¡Probablemente me insistirían en que sí! Habría queso y quizás algunos pequeños aperitivos elaborados. Prepararía risotto con verduras amargas y coles de Bruselas asadas, acompañado de diferentes tipos de vinos y pan de calidad. Y habría tarta de queso, aunque en esta época del año sería de calabaza, y si fuera verano sería de limón con una capa de jengibre.

– Quiero ser tu amiga.

(Risas)

– Si pudieras recibir clases de un chef, ¿de quién sería?

El chef del restaurante indio que hay a pocas manzanas de mi casa. Hay ciertas cosas que únicamente puedes aprender de una persona, y la cocina india ha ido pasando de generación en generación. Me gustaría descubrir todos sus secretos.

– Te has casado hace poco. Si tu marido fuera a cocinarte una comida que te encantara, ¿cuál sería?

Si pudiera cocinar algo para mí, sería steak tartar de buey y habría algo con panceta de cerdo, y algún tipo de verdura cocida, tal vez espinacas o acelgas. Y quizás ñoqui. Y de postre, ¡tarta de queso! No soy demasiado golosa con los dulces, prefiero comer coles o ensalada antes que postre, pero sí me encantan la tarta de queso y las galletas. ¡Ah!, y también me prepararía un martini, un martini sucio con ginebra.

Traducción y adaptación al español de la entrevista original realizada por Zoe Romanowsky para Aleteia a Emily Stilton Chapman, autora de The Catholic Table: Finding Joy Where Food and Faith Meet. El libro (en inglés) puede encontrarse en Amazon y también a través de su editorial, Emmaus Road.

 

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