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3 lecciones que he aprendido del matrimonio interracial de mis papás

Geber86 | Getty Images

Close up of a happy young couple hugging

Christine Stoddard - Aleteia For Her - publicado el 06/12/16

La historia racial de EE.UU. es muy importante para el matrimonio de mis padres... pero no tiene nada que ver con su amor y compromiso

Se acerca el 50º aniversario del caso Loving contra Virginia, el emblemático caso judicial que legalizó el matrimonio interracial en Estados Unidos en 1967, y yo no puedo evitar pensar en mis padres. Todavía me sigue pareciendo increíble que ellos vivieran el momento en que adquirieron el derecho a casarse legalmente el uno con el otro.

Por suerte para ellos (¡y para mí!), la ley se aprobó durante su infancia, mucho antes de que se conocieran. Si esa sentencia judicial no hubiera existido, mi padre, blanco, y mi madre, latina mestiza, nunca podrían haberse casado y este año no celebrarían sus treinta años de casados. En gran parte, tienen mucho que agradecer a aquella comprometida pareja interracial de Virginia.

Por desgracia, 1967 no supuso un cambio mágico para todos los estadounidenses. El matrimonio interracial era legal, pero todavía recibía miradas desagradables y ni mucho menos era celebrado generalmente.

Incluso hoy día persiste una cerrazón y una intolerancia que pueden crear obstáculos gigantes; solo con la presión de familia y amigos, que no es poco, se puede impedir que una pareja interracial se dé el sí quiero.

Y aunque todavía sobreviven los prejuicios, existen datos de que el matrimonio interracial está en alza en EE.UU., con un 12% de recién casados en 2013 con parejas de diferente raza.

Deberían ser noticias reconfortantes no solo para las personas de color, sino para cualquiera que desee un mundo más pacífico. Porque si no podemos llevarnos bien ignorando algo tan superficial como el color de piel, ¿cómo podremos llegar a negociar cosas más importantes?

Con una historia tan complicada (política y emocionalmente) detrás del matrimonio interracial, creo que cada día de un matrimonio interracial se convierte en una lección de amor y aceptación. Y no únicamente para la pareja casada.

He aprendido muchas lecciones vitales valiosas de mis padres, por supuesto, pero hay tres cosas en particular que siempre han destacado para mí, como espectadora cercana de su matrimonio feliz y duradero:

1. Tolerancia no es sinónimo de amor

Todos nos hemos encontrado con alguna situación que nos hizo pensar, “bueno, no me gusta, pero probablemente puedo tolerarlo”. Pero tolerar, digamos, la piña en la pizza, es algo muy diferente de tolerar vecinos o feligreses nuevos en tu comunidad. Lamentablemente, esta sigue siendo la actitud de algunas personas hacia las parejas interraciales o las personas de otra raza. El matrimonio de mis padres me ha enseñado que tolerar algo (o a alguien) no es mucho mejor que odiarlo de forma activa.

Ni que decir tiene que cruzar los brazos cuando alguien de una raza diferente pasa a tu lado es mejor que darle un puñetazo, pero no es lo mismo que abrir los brazos para acogerle.

Cuando era pequeña, escuchaba decir a padres de mis compañeros de clase comentarios desagradables sobre el matrimonio de mis padres, pero lo que era peor era saber que había gente “tolerante” que no hablaba para defendernos.

Elegir el amor por encima de la tolerancia no es fácil, y es algo que sé de primera mano: tengo que ponerlo en práctica cuando interactúo con la familia de mi marido, que viene de un entorno totalmente ajeno al mío. Me esfuerzo sinceramente en amarles y sé que ellos hacen lo mismo.

2. La compasión es activa, no pasiva

Cuando descubres una injusticia (racial o de otro tipo), es tu deber actuar. Mi padre nunca permaneció indolente cuando personas que no eran blancas sufrían discriminación e incluso violencia.

Todos nosotros deberíamos aspirar a infundir en nuestras vidas pensamientos más positivos y más oración, además de hacer donaciones a causas importantes. Pero los actos más productivos de compasión y caridad requieren acción.

No todos estamos casados con alguien de otra raza, pero eso no debería eximirnos de reconocer los desafíos de otros grupos ni de aunar esfuerzos como aliados. Es algo que podemos hacer en la iglesia, el colegio, organizaciones sin ánimo de lucro, grupos comunitarios y, en realidad, donde quiera que nos parezca apropiado. Todos tenemos nuestras propias obligaciones, pero la caridad debería estar siempre entre las prioridades más altas.

En mi matrimonio, aplico esta norma de compasión activa ofreciendo a mi marido mi total atención, tanta como sea posible. Cuando sé que hay algo que le está carcomiendo, dejo aparcadas algunas tareas o recados. No me basta con saber que está sufriendo. Tengo que hacer algo.

Simplemente con desear que su sufrimiento se desvanezca no vamos a conseguir nada. Si tenemos que hablar, pues hablamos. Si necesita mi ayuda con algo, pues le ayudo. Si no sabe qué necesita, pues entre los dos tratamos de descubrir qué es.

A menudo tiene sentido detenerse y reflexionar antes de actuar, pero no hacer nada en absoluto rara vez es una estrategia correcta, amorosa y compasiva hacia un cónyuge.

3. El amor para trascender las dificultades

Mis padres tienen una relación admirable, pero ningún matrimonio es un cuento de hadas.

Mis padres siempre me enseñaron que los vínculos que cultivamos en nuestros corazones son mucho más fuertes que cualquier monstruosidad que los demás puedan arrojarnos.

Todos somos iguales a los ojos de Dios, y también en nuestra capacidad para amar. Cuando miro a mis padres y veo su felicidad, me recuerda que he de colmar mi corazón con tanto amor como pueda, por muy difícil que se ponga la situación.

Y también que he de apoyarme en mi marido en los momentos que parezca que el mundo conspira contra nosotros… porque el recio vínculo del matrimonio puede con todo.

Mi marido y yo somos jóvenes y nuestra mayor dificultad hasta la fecha —la muerte de su madre— ya la pasamos hace años, pero siempre tendrá un gran impacto sobre nuestro matrimonio.

Podrías pensar que una pérdida de ese calibre podría haber acabado con nuestra relación, pero yo permanecí a su lado porque sabía cuánto habían tenido que luchar mis padres para seguir juntos, sin importar qué pasara.

Y cuando discutían sobre qué camino era el “correcto” (estilo estadounidense o estilo salvadoreño), siempre terminaban por darse cuenta de que el único camino correcto era aquel que consensuaran como marido y mujer, como padre y madre.

Se amaban el uno al otro, igual que yo amé a mi novio, incluso si su duelo a veces hizo de la universidad un tiempo menos alegre. Pero incluso en los días oscuros me hacía sentir amada y valorada.

Hoy sé que mi marido y yo podemos resistir casi cualquier cosa como pareja y, en gran parte, tengo que agradecer a mis padres por ello.

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