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Síndrome de Alienación Parental, la escuela del odio

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Uno de los problemas generados por el divorcio: cuando una de las partes usa a los hijos para "castigar" a la otra

Han pasado los años y la misericordia de Dios me ha protegido, por lo que hoy puedo comprender y perdonar desde un presente, en el que aunado a una cierta madurez humana, empiezo a lograr poco a poco una madurez espiritual por la que puedo rescatar en mis más profundos recuerdos sentimientos de amor hacia mis padres, por esa parte noble que existe en todo ser humano y que ellos dejaron oscurecer. Y rezar por ellos.

Para ir sanando he tenido que ver de frente el daño que se me hizo, no quería hacerlo, porque pensaba que eso solo aumentaría resentimientos sin superar, pero no fue así, pues lo hice en un momento en que agradecido y fortalecido, daba gracias por tantos bienes recibidos, principalmente el amor de una familia, como el mayor don. Supe así exactamente lo que debía perdonar, para liberarme y aprender sin repetir errores.

Entendí como mis padres pasaron del amor al odio, y lo que debió haber sido la primera escuela de virtudes humanas sustentada en el amor incondicional al hijo, se convirtió en lo contrario, en una escuela de odios desgarradores para mí y mis dos hermanos.

Desgraciadamente en una escuela como esa, se aprovechan al tiempo que se dañan las capacidades naturales de un niño, por sus mentes plásticas, impresionables, receptivas; por lo que se les inocula fácilmente de odio, logrando que arraiguen en ellos sentimiento negativos por mucho tiempo o toda su vida, como un virus maligno que terminara invadiendo toda su humanidad.

Superarlo ha sido para mí como el despertar después de un prolongado letargo, en el que estuve soportando lo que no quería soportar al cargar ese pesado lastre. Tan duro fue, que hubo un momento en que llegue a pensar que hubiera sido mejor la muerte de alguno de ellos que la situación de conflicto constante que vivimos.

Padecí, ahora lo sé, el Síndrome de Alienación Parental que se describe como el conjunto de síntomas, que se produce en los hijos, cuando un progenitor, mediante distintas estrategias transforma sus consciencias con objeto de impedir, obstaculizar o destruir sus vínculos con el otro progenitor.

No se nos permitió pensar con autonomía, se nos impusieron ideas para que engendraran sentimientos que iban contra lo que debieron ser nuestros propios y auténticos valores de personas, aunque fuéramos niños. Se nos manipulo racional y emocionalmente sin detenerse a pensar en el gran daño que se nos hacía.

La causa de esa tragedia fue que el divorcio desencadeno en mis padres terribles desencuentros que fueron en ascenso, cegándolos con un espíritu de venganza provocado por desengaños, celos, frustración, rabia. Lo que debieron ser sus sentimientos de amor se trasformaran en un deseo de destrucción irrefrenable.

Y nosotros los hijos, nos convertimos en el instrumento.

A resultas de ese pandemónium, nos quedamos a vivir con nuestra madre, quien en un principio  ejerció un papel de sobreprotección al tiempo en que se decía ser una víctima, tratada injusta y cruelmente por nuestro padre, por lo que se propuso forzarnos a creer que era él, y nada más que él, el de toda la culpa.

Así recurrió a muchas formas y estrategias  para que lo rechazáramos y se destruyera nuestro vínculo con un ser entrañablemente querido.

Formas como:

  • Hablar de mi padre culpándolo con historias de infidelidades, abuso y violencia, hasta llegar a asustarnos.
  • Contarnos los detalles del divorcio, haciéndolo culpable.
  • Incluir al entorno familiar y a los amigos en los ataques a nuestro padre.
  • Subestimar o ridiculizar nuestros sentimientos, cuando decíamos extrañarlo.
  • Gratificar y reforzar los comportamientos despectivos y de rechazo por parte de nosotros sus hijos, cuando se habían dado en una reacción natural de un niño.
  • Resaltar lo que según ella eran sus aspectos negativos, con todo un cumulo de defectos, situándolo en plano muy bajo…y muchas más.

El desconcierto y la pena en nuestras mentes infantiles era muy grande; nuestro padre, que aunque pasaba poco tiempo con nosotros, nos llevaba al parque, nos animaba a aprender cosas, nos presentaba orgulloso con sus amigos, nos abrazaba, nos acariciaba. Lo extrañábamos, necesitábamos y… ya no estaba en casa, solo lo veíamos los fines de semana.

Se empezaban a dar en nosotros sentimientos encontrados.

Finalmente cedimos al lavado de cerebro, pues sin recursos para mantener el equilibrio emocional frente a una situación adversa, terminamos haciendo propios los argumentos de nuestra madre y empezamos a participar por nuestra cuenta en los ataques a nuestro padre, hasta rechazar el contacto absoluto con él, convirtiéndolo en un siniestro forastero, alguien muy ajeno a la familia, situación que finalmente se convirtió en irreversible.

Conseguido su objetivo, mi madre se volvió contra nosotros como si tuviéramos culpa de sus frustraciones, debilidades e inseguridades, mismas que consciente o inconscientemente nos impuso a través del maltrato. Así, ya no hubo para nosotros referencia alguna que nos diera la tan necesaria identidad de pertenecer a una familia, a unos padres. Alimento vital de lo más íntimo del ser personal.

Fue así como mis hermanos y yo quedamos a la deriva en el mar de nuestros confusos sentimientos, creciendo con graves trastornos afectivos,  llegando a necesitar asistencia psiquiátrica.

Han muerto nuestros padres, pero es una triste historia que aún no termina. Una historia en la que mis hermanos van por la vida, arrastrándose, dejando densas sombras tras de sí.

Y yo… yo me considero afortunado, pues lucho cada día por avanzar un poco más a través del amor conscientemente logrado. Por superar lo vivido.

El Síndrome de Alienación Parental post divorcio puede inducir en los hijos víctimas una depresión crónica, una incapacidad de funcionar en un ambiente psicosocial normal, trastornos de identidad y de imagen, desesperación, un sentimiento incontrolable de culpabilidad, un sentimiento de aislamiento, comportamientos de hostilidad, falta de organización, personalidad esquizofrénica y a veces el suicidio. Estudios han mostrado que las víctimas de tal alienación, tienen inclinación al alcohol y a las drogas, y presentan otros síntomas de un profundo malestar.

También sin llegar a vivir la cruel realidad del divorcio, la alienación parental es una conducta que suele ejercerse en el seno de muchas familias, consciente o inconscientemente, pero que se constituye en un factor que incide negativamente en el desarrollo de una sana integración familiar, y por lo tanto, en la capacidad de sus miembros para amar y ser amados, con todas sus consecuencias.

Esta historia fue cedida a Despacho profamilia, con el permiso del protagonista, con la intención de ayudar a partir de su experiencia.

Redactada por Orfa Astorga de Lira.

Orientadora familiar.

Universidad de Navarra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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