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El padre Hamel y el “secreto” de los mártires cristianos

Vatican Insider - publicado el 15/09/16

Los mártires de los últimos días, superan a todos los mártires

«Los mártires de los últimos días», escribió San Cirilo de Jerusalén, «superan a todos los mártires». En esas filas hay que incluir el nombre del padre Jacques Hamel, asesinado mientras celebraba la misa. «Dio la vida por nosotros, para no renegar de Jesús», dijo Papa Francisco sobre él al celebrar una Misa de sufragio en Santa Marta. Y añadió: «Dio la vida en el mismo sacrificio de Jesús sobre el altar. Y desde allí acusó al autor de la persecución: “¡Vete, Satanás!”».

El caso del inerme y anciano sacerdote francés asesinado ante el altar de la eucaristía demuestra en sus términos más elementales qué es verdaderamente el martirio cristiano. Frente a su sacrificio se disuelve incluso la confusión y la pérdida de memoria que a veces parece velar el rasgo incomparable de la historia cristiana en el mundo. Se disipan los equívocos alimentados no solo por la propaganda yihadista (que exalta como «mártires» a los kamikazes) sino también por consignas lanzadas justamente por la red de aparatos y opinionistas que trabajan a todas horas para defender a los cristianos perseguidos.

En los últimos días llegó una ocasión preciosa para observar la fuente del testimonio que ofrecen los mártires; fue en el XXIII Congreso ecuménico de espiritualidad ortodoxa sobre «Martirio y comunión», promovido por la Comunidad monastica de Bose (del 7 al 10 de septiembre). Allí, en sus intervenciones, cristianos de diferentes confesiones recordaron criterios simples y puntos de partida objetivos para reconocer los rasgos genéticos del martirio vivido a lo largo de la historia por quienes llevan el nombre de Cristo. Y no hubo frases atrapadas en las redes de las propagandas que profanan su tesoro.

Mártires «en» Espíritu. No por fuerza propia

«Al contrario de lo que parece indicar nuestra comprensión común», aclaró al comenzar su intervención el archimandrita greco-ortodoxo John Panteleimon Manoussakis (profesor de filosofía en el College of the Holy Cross de Wrocester), «el mártir  primario y original es Dios», que, con la encarnación de Cristo eligió «revelarse a sí mismo frente al tribunal de la humanidad». El auto-testimonio de Dios es su «martyrìa», que «encuentra en la historia su culmen insuperable en la encarnación de Jesucristo». Y el mismo testimonio de Cristo no se reduce «a una vacía tautología auto-referencial. Si yo ofrezco el testimonio de mí mismo, mi testimonio (martyrìa) no es verdadero», repitió Manoussakis citando las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan, y añadió al final que «el Espíritu Santo da testimonio del testimonio de Cristo».

Esta dinámica trinitaria es la fuente propia del martirio cristiano y configura sus lineamientos inconfundibles: «Al confesar que “Jesús es el Señor”», repitió Manoussakis, «los discípulos se convierten en mártires de Cristo». Y en el martirio, la confesión de fe ofrecida con la certeza de sacrificar la propia vida, se da no como heroica característica humana, sino solo en fuerza del Espíritu. «El testimonio del mártir», recordó Manoussakis, «es imposible sino (y toda la fuerza de esta afirmación radica en este “sino”) en el Espíritu Santo». En la experiencia cristiana, «nadie puede hablar, nadie puede confesar, nadie puede ofrecer testimonio salvo en el Espíritu Santo. En Dios». Por ello, con mayor razón, la confesión de fe “martirial” no es posible «mientras uno permanezca en sí mismo».

Cristo mismo ofrece testimonio de esta dinámica propia del martirio cristiano en el Evangelio, cuando exhorta a los discípulos a no preocuparse sobre qué decir cuando serán entregados a los tribunales «por causa mía», porque «les será sugerido en ese momento: de hecho no serán ustedes los que hablan, sino el Espíritu Santo del Padre que habla en ustedes» (Mateo, 19-20). Por este motivo, hizo notar el profesor de Worcester, «nuestros martirologios están llenos de narraciones sobre mártires que fueron literalmente hacia la muerte y sufrieron las más terribles torturas como si estuvieran “ausentes de la propia carne”. Porque el martirio no era ofrecido «en su misma persona a su mismo nombre».

Con su sacrificio, los mártires no ofrecen testimonio de ellos mismos. Y «alguien que muere por las propias convicciones políticas o filosóficas», repitió Manoussakis citando el ejemplo de Sócrates, «no es mártir, porque muere ofreciendo testimonio de sí mismo».

La falsificación “narcisista” del martirio

El martirio cristiano, insistió en su intervención el profesor griego Athanasios Papathanassiou, jefe de redacción de la revista teológica “Sinaxi”, no tiene ningún rasgo distintivo en «la capacidad de resistencia. También un ateo puede soportar indecibles tormentos sin retroceder. La diferencia consiste en el hecho de tener un ideal. Miles de hombres y mujeres mueren por sus ideas, religiosas o no».

La obstinación heroica, «o incluso el odio heroico, pueden dotar al ser humano de una fuerza increíble. Incluso de una furia de auto-eliminación». La naturaleza propia del martirio cristiano consiste, por el contrario, en que es un «acto de amor sacrificial», suscitado en el mártir por obra del Espíritu, que se convierte, por gracia, en participación del sacrificio de Cristo.

Por ello, subrayó Papathanassiou, «se trata del verdadero y auténtico amor real, no del mísero apego a “los nuestros”, que tiene como complemento indispensable el odio hacia los demás». Y si lo contrario del martirio es la apostasía, el profesor griego indicó una desnaturalización de la dinámica del martirio que debe considerarse como algo «acaso más grave que la apostasía»: el caso en el que «el martirio se lleva a cabo de una manera narcisista y, en lugar de ser un evento de amor sacrificial, se vuelve auto-referencial».

El cristiano narcisista, explicó Papathanassiou, «obviamente también habla de Dios. Pero en realidad siente a Dios como un eco de la propia existencia». El mártir narcisista desvirtúa el martirio en una «empresa de auto-justificiación». Y cree que «Dios suscribe la empresa» por descontado, por lo que no espera ninguna respuesta de Dios al sacrificio ofrecido. Por ello, la referencia verbal a Cristo «no hace cristiano un martirio». Y toda «la literatura cristiana repite siempre la dura, pero saludable afirmación de que incluso el martirio cristiano más sublime puede ser basura, si no tiene raíces en el amor».

Durante el congreso fueron recordados diferentes ejemplos concretos de «martirio narcisista»: Aristóteles Papanikolaou, fundador y Senior Fellow del Fordham’s Orthodox Christian Studies Center, se refirió a los cristianos de los primeros siglos que «por un falso concepto de testimonio e imitación de Cristo iban o deseaban encontrarse con la muerte voluntaria en un contexto en el que no había ningún peligro para su confesión de fe».

Mientras John Stroyan, Obispo anglicano de Worwick, recordó la «competencia en el martirio» entre las sectas de los donatistas y de los marcionitas, en las que «a menudo el número de mártires era relacionado con las verdades de las propias convicciones»: «sostienen que tienen un gran número de mártires en Cristo», escribió Eusebio de Cesárea sobre los marcionitas, «pero luego no reconocen ni a Cristo mismo según la verdad».

El amor “imposible” por los perseguidores

El mártir, dijo en Bose Stroyan,retomando imágenes del poeta Thomas Eliot, es «uno en quien vive Cristo». Uno «que ha perdido su voluntad en la voluntad de Dios, y que ya no desea nada para sí mismo, ni siquiera la gloria del martirio».

Esto indica que el martirio cristiano tiene una característica propia e ineluctable, es decir que no puede ser «reproducido» por ninguna abnegación religiosa: «El mártir cristiano —subrayó en su intervención Athanasios Papathanasiou— es movido por un amor casi insostenible por todos y, sobre todo, por las primeras víctimas del odio: los perseguidores».

Stroyan citó el protomártir Esteban, quien, mientras lo lapidaban, pidió al Señor que «no les imputara este pecado»; a San Silvestre del Monte Athos, que describe «el amor de tus enemigos como el único verdadero criterio de ortodoxia»; y también una de las “oraciones por el lago” de San Nikolaj Velimirovic («Bendice a mis enemigos, oh Señor. Y también yo los bendigo y no los maldigo. Mis enemigos me han guiado hacia tus brazos más de lo que han hecho mis amigos»).

En las antípodas de la dinámica del martirio, recalcó por su parte Aristóteles Papanikolaou, están todas las falsificaciones que sitúan los sufrimientos de los bautizados bajo el estigma del miedo, de la compensación de una pérdida y de la auto-afirmación frente a cualquier enemigo: «Es este miedo —indicó— lo que ha conducido a cristianos a adoptar una retórica de demonización contra las que son percibidas como amenazas para los cristianos; es el miedo lo que ha conducido a cristianos ortodoxos a hablar de “guerra santa” en el conflicto sirio, cosa que no tiene absolutamente ningún antecedente en la tradición ortodoxa, puesto que la expresión “hieros polemos” no existe en la literatura patrística, o ha conducido a cristianos ortodoxos a negar el Bautismo a niños que han nacido de úteros subrogados, a menos que sus madres biológicas no se hubieran arrepentido, cuando en realidad la Iglesia nunca ha negado el Bautismo a los niños por ningún motivo».

Ningún resentimiento por quienes ceden

La carne de los mártires, dice San Ignacio de Antioquía, es como «trigo molido por los dientes de las fieras», para convertirse, al final, en «pan puro», ofrecido por la salvación de todos. La participación de los mártires en la pasión de Cristo, repitieron varios ponentes del Congreso de Bose, hace que su sacrificio sea «materia eucarística», que se ofrece por la salvación de todos y que reconoce en cada ser humano, según la frase memorable del monje mártir Christian de Chergé (Prior del monasterio de Tibhirine), «a un hermano o una hermana en humanidad», alguien por quien Cristo murió.

Por ello es completamente ajena a la dinámica propia del martirio cualquier alusión de desprecio por quienes huyen o se muestran débiles frente a sus perseguidores. «Durante las grandes persecuciones —recordó en Bose Athanasios Papathanasiou— los confesores adquieren una autoridad enorme en la Iglesia.

Al contrario, en relación por todos los que han cedido, se discutía incluso si podían ser nuevamente admitidos en la iglesia. San Cipriano los admitió viendo en sus casos no solo debilidad, sino también insólitos senderos de amor. Hay algunos (decía San Cipriano) que hicieron sacrificios para los ídolos durante las persecuciones, pero lo hicieron para defender la vida y la fe de los demás, como, por ejemplo, los miembros de su familia.

Estas personas incurrieron en la caída por el bien de los demás. Cipriano no dudó en decir que también este comportamiento era una vía de salvación».

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