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«Pidamos al Señor: lánzanos a la aventura de construir puentes y derribar muros»

Vatican Insider - publicado el 28/07/16

La misericordia que se hace mirada concreta y actitud concreta es el argumento que engloba los discursos de Papa Francisco en Polonia hasta este momento. Sorprende que también en el primer encuentro con los jóvenes, en la fiesta de la acogida en el Parque Blonia de Cracovia el Papa insista en la acogida, en la cercanía, en la projimidad. No como categorías sociológicas, sino como una realización más verdadera y más directa del mensaje evangélico. 

Antes de llegar a la zona del parque, en donde Juan Pablo II celebró en seis ocasiones la misa, Francisco recibió las llaves de la ciudad de manos del alcalde en la placita que se encuentra frente al arzobispado. Después se subió a un tranvía con un grupo de jóvenes enfermos y se dirigió con ellos a Blonia. Lo recibieron los chicos de todos los rincones del planeta. Polacaos e italianos son los más representados. 

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Mientras esperaban al pontífice, los jóvenes siguieron el desile de los representantes que llevaban banderas y fotografías de «testigos de la misericordia» de la propia zona geográfica: san Vinvenzo de Paoli (Europa), la beata Madre Tersa de Calcuta (Asia), santa María MacKillop (Australia y Oceanía), santa Jusepina Bakhita (África), san Damián de Veuster Molokai (Norteamérica), la beata Irma Dulce (Sudamérica).  

«¡Finalmente nos encontramos!», dijo Bergoglio al inicio de su discurso. «Juan Pablo II, que soñó e impulsó estos encuentros», se encuentra ahora en el cielo, y «nos está acompañando viendo a tantos jóvenes pertenecientes a pueblos, culturas, lenguas tan diferentes con un solo motivo: celebrar que Jesús está vivo en medio nuestro. Y decir que está vivo, es querer renovar nuestras ganas de seguirlo».  

«Jesús es quien nos ha convocado a esta 31 Jornada Mundial de la Juventud –dijo Francisco–; es Jesús quien nos dice: “Felices los misericordiosos, porque encontrarán misericordia”. Felices aquellos que saben perdonar, que saben tener un corazón compasivo, que saben dar lo mejor de sí a los demás». 

El Papa dijo que durante los años que vivió como obispo aprendió que «no hay nada más hermoso que contemplar las ganas, la entrega, la pasión y la energía con que muchos jóvenes viven la vida. Cuando Jesús toca el corazón de un joven, de una joven, este es capaz de actos verdaderamente grandiosos. Es estimulante escucharlos, compartir sus sueños, sus interrogantes y sus ganas de rebelarse contra todos aquellos que dicen que las cosas no pueden cambiar. Es un regalo del cielo poder verlos a muchos de ustedes que, con sus cuestionamientos, buscan hacer que las cosas sean diferentes. Es lindo, y me conforta el corazón, verlos tan revoltosos. La Iglesia hoy los mira y quiere aprender de ustedes». 

La misericordia, observó el Papa, «la misericordia siempre tiene rostro joven. Porque un corazón misericordioso se anima a salir de su comodidad; un corazón misericordioso sabe ir al encuentro de los demás, logra abrazar a todos. Un corazón misericordioso sabe ser refugio para los que nunca tuvieron casa o la han perdido, sabe construir hogar y familia para aquellos que han tenido que emigrar, sabe de ternura y compasión. Un corazón misericordioso, sabe compartir el pan con el que tiene hambre, un corazón misericordioso se abre para recibir al prófugo y al migrante». 

«Me duele –dijo el Papa– encontrar a jóvenes que parecen haberse “jubilado” antes de tiempo. Me preocupa ver a jóvenes que “tiraron la toalla” antes de empezar el partido». O que se han «rendido» sin ni siquiera haber empezado a jugar. «Son jóvenes esencialmentes aburridos… y aburridores. Es difícil, y a su vez cuestionador, por otro lado, ver a jóvenes que dejan la vida buscando el “vértigo”, o esa sensación de sentirse vivos por caminos oscuros, que al final terminan “pagando”…y pagando caro. Cuestiona ver cómo hay jóvenes que pierden hermosos años de su vida y sus energías corriendo detrás de vendedores de falsas ilusiones (en mi tierra natal diríamos “vendedores de humo”), que les roban lo mejor de ustedes mismos». 

«No queremos dejarnos robar lo mejor de nosotros mismos», exclamó. «Para ser plenos, para tener fuerza renovada, hay una respuesta; no es una cosa, no es un objeto, es una persona y está viva, se llama Jesucristo», es decir aquel que «sabe darle verdadera pasión a la vida» y que «nos impulsa a levantar la mirada y a soñar alto». 

El pasaje evangélico que fue leído al principio del encuentro hablaba sobre las dos actitudes de Marta y María, las dos mujeres que acogen a Jesús en su casa: mientras la primera está toda ocupada preparando cosas, la segunda se queda a su lado para escucharlo. Francisco no extrae del Evangelio indicaciones para invitar a los jóvenes a elegir uno de las dos actitudes. «Las múltiples ocupaciones –recordó– nos hacen ser como Marta: activos, dispersos, constantemente yendo de acá para allá…; pero también solemos ser como María: ante un buen paisaje, o un video que nos manda un amigo al móvil, nos quedamos pensativos, en escucha». Es importante, «en medio de todas las ocupaciones», tener «el valor de encomendarnos a Él». 

«¿Quieres una vida plena? ¡Empieza –respondió el Papa– por dejarte conmover! Porque la felicidad germina y aflora en la misericordia: esa es su respuesta, esa es su invitación, su desafío, su aventura: la misericordia». 

«Entonces, todos juntos –concluyó el Pontífice–, ahora le pedimos al Señor: Lánzanos a la aventura de la misericordia. Lánzanos a la aventura de construir puentes y derribar muros (cercos y alambres), lánzanos a la aventura de socorrer al pobre, al que se siente solo y abandonado, al que ya no le encuentra sentido a su vida. Impúlsanos a la escucha, como María de Betania, de quienes no comprendemos, de los que vienen de otras culturas, otros pueblos, incluso de aquellos a los que tememos porque creemos que pueden hacernos daño. Haznos volver nuestro rostro, como María de Nazareth con Isabel, sobre nuestros ancianos para aprender de su sabiduría». 

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