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«Crear comunión con todos, sin aislarse ni imponerse»

Vatican Insider - publicado el 28/07/16

Frente al santuario de la Virgen Negra de Czestochowa, la imagen de la Virgen herida, Papa Francisco celebra la misa por el 1050 aniversario del bautismo de Polonia e indica a la Iglesia cuál es la vía para evangelizar, meditando sobre la manera en la que Dios entró a la historia.

Indicaciones significativas, que hablan de un enfoque alejado años luz de cualquier forma de potencia, de poder, de colateralismo. Acudieron muchísimos peregrinos para escucharlo y participar en la liturgia concelebrada con los obispos y con miles de sacerdotes polacos en este lugar, considerado el corazón pulsante de la fe en Polonia. El presidente Duda y las más altas jerarquías del Estado se encuentran en primera fila.

Antes de dirigirse a Czestochowa, Francisco visitó al ex arzobispo de Cracovia, el cardenal Franciszek Macharski, que se encuentra hospitalizado en una estructura local. A su llegada al Santuario, el Papa se detuvo en oración silenciosa ante el gran ícono bizantino, que se «reveló» al accionarse el mecanismo que eleva una pared en plata y oro. Como regalo a la Virgen, Francisco llevó una rosa de oro. Los monjes paulinos regalaron a Bergoglio una reproducción de la Virgen Negra. Antes de comenzar la ceremonia en el Santuario de la Virgen Negra, Papa Francisco se tropezó al subir los escalones del palco afuera de las murallas del santuario. En ese momento llevaba el incensario y se estaba acercando al cuadro de la Virgen para venerarla. Se levantó inmediatamente y, acompañado por el séquito, retomó la celebración.

«Sorprende sobre todo —afirma Papa Francisco en la homilía— cómo se realiza la venida de Dios en la historia: «nacido de mujer». Ningún ingreso triunfal, ninguna manifestación grandiosa del Omnipotente: él no se muestra como un sol deslumbrante, sino que entra en el mundo en el modo más sencillo, como un niño dado a luz por su madre, con ese estilo que nos habla la Escritura: como la lluvia cae sobre la tierra, como la más pequeña de las semillas que brota y crece. Así, contrariamente a lo que cabría esperar y quizás desearíamos, el Reino de Dios, ahora como entonces, ‘no viene con ostentación’, sino en la pequeñez, en la humildad».

También el primer milagro de Jesús, la transformación del agua en vino durante las bodas de Caná, recuerda Bergoglio, no es «un gesto asombroso realizado ante la multitud, ni siquiera una intervención que resuelve una cuestión política apremiante, como el sometimiento del pueblo al dominio romano. Se produce más bien un milagro sencillo en un pequeño pueblo, que alegra las nupcias de una joven familia, totalmente anónima». Un signo que indica que «el Señor no mantiene las distancias, sino que es cercano y concreto, que está en medio de nosotros y cuida de nosotros, sin decidir por nosotros y sin ocuparse de cuestiones de poder. Prefiere instalarse en lo pequeño, al contrario del hombre, que tiende a querer algo cada vez más grande».

«Ser atraídos por el poder, por la grandeza y por la visibilidad —observa Francisco— es algo trágicamente humano, y es una gran tentación que busca infiltrarse por doquier; en cambio, donarse a los demás, cancelando distancias, viviendo en la pequeñez y colmando concretamente la cotidianidad, esto es exquisitamente divino».

Dios nos salva, pues, «haciéndose pequeño, cercano y concreto», prefiere «a los pequeños, a los que se ha revelado el Reino de Dios», los prefiere porque se oponen a la «soberbia de la vida». El Pontífice indicó a la Iglesia de Polonia los ejemplos de «tantos hijos e hijas de su pueblo», desde los mártires hasta «las personas sencillas y también extraordinarias que han sabido dar testimonio del amor del Señor en medio de grandes pruebas», pasando por los «anunciadores mansos y fuertes de la misericordia, como san Juan Pablo II y santa Faustina».

El Señor, recuerda Bergoglio, «no desea que lo teman como a un soberano poderoso y distante, no quiere quedarse en un trono en el cielo o en los libros de historia». Y lanza una indicación concreta a la Iglesia: «es lo que siempre estamos llamados a hacer, también como Iglesia: escuchar, comprometernos y hacernos cercanos, compartiendo las alegrías y las fatigas de la gente, de manera que se transmita el Evangelio de la manera más coherente y que produce mayor fruto: por irradiación positiva, a través de la transparencia de vida». Un modelo alejado de cualquier poder o potencia, de cualquier reivindicación de privilegios, de cualquier colateralismo.

La historia de Polonia, «impregnada de Evangelio, cruz y fidelidad a la Iglesia, ha visto el contagio positivo de una fe genuina, trasmitida de familia en familia, de padre a hijo, y sobre todo de las madres y de las abuelas, a quienes hay mucho que agradecer».  Francisco después reflexiona sobre la figura de María: «Si hay alguna gloria humana, algún mérito nuestro en la plenitud del tiempo, es ella: es ella ese espacio, preservado del mal, en el cual Dios se ha reflejado». A ella es a quien hay que dirigirse, porque «infunda el deseo de ir más allá de los errores y las heridas del pasado, y de crear comunión con todos, sin ceder jamás a la tentación de aislarse e imponerse».

La Virgen «no es dueña ni protagonista, sino Madre y sierva. Pidamos la gracia de hacer nuestra su sencillez, su fantasía en servir al necesitado, la belleza de dar la vida por los demás, sin preferencias ni distinciones». Porque, concluye el Pontífice, «de poco sirve el paso entre el antes y el después de Cristo, si permanece sólo como una fecha en los anales de la historia. Que pueda cumplirse, para todos y para cada uno, un paso interior, una Pascua del corazón hacia el estilo divino encarnado por María: obrar en la pequeñez y acompañar de cerca, con corazón sencillo y abierto».

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