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Francisco: las armas circulan libremente y no las ayudas ni los planes de desarrollo

Vatican Insider - publicado el 13/06/16

«Mientras las ayudas y los planes de desarrollo se ven obstaculizados por intrincadas e incomprensibles decisiones políticas, por sesgadas visiones ideológicas o por infranqueables barreras aduaneras, las armas no; no importa la proveniencia, circulan con una libertad jactanciosa y casi absoluta en tantas partes del mundo». Es la denuncia que pronunció Papa Francisco durante su visita (la primera de un Pontífice) a la sede del Programa Mundial de Alimentos (World Food Program) en Roma. No hay que «burocratizar» el dolor, dijo Francisco, y subrayó que hay que recordar los «rostros» y las «historias» de las víctimas de las guerras, de las migraciones y de las situaciones de hambre en el mundo.

«En un mundo interconectado e hípercomunicado, las distancias geográficas parecen achicarse», dijo el Papa. «Tenemos la posibilidad de tomar contacto casi en simultáneo con lo que está aconteciendo en la otra parte del planeta. Por medio de las tecnologías de la comunicación, nos acercamos a tantas situaciones dolorosas que pueden ayudar (y han ayudado) a movilizar gestos de compasión y solidaridad. Aunque, paradójicamente hablando, esta aparente cercanía creada por la información, cada día parece agrietarse más. La excesiva información con la que contamos va generando paulatinamente la “naturalización” de la miseria. Es decir, poco a poco, nos volvemos inmunes a las tragedias ajenas y las evaluamos como algo “natural”. Son tantas las imágenes que nos invaden que vemos el dolor, pero no lo tocamos; sentimos el llanto, pero no lo consolamos; vemos la sed pero no la saciamos. De esta manera, muchas vidas se vuelven parte de una noticia que en poco tiempo será cambiada por otra. Y mientras cambian las noticias, el dolor, el hambre y la sed no cambian, permanecen».

No es suficiente, continuó el Pontífice, «elaborar largas reflexiones o sumergirnos en interminables discusiones sobre las mismas, repitiendo incesantemente tópicos ya por todos conocidos. Es necesario “desnaturalizar” la miseria y dejar de asumirla como un dato más de la realidad. ¿Por qué? Porque la miseria tiene rostro. Tiene rostro de niño, tiene rostro de familia, tiene rostro de jóvenes y ancianos. Tiene rostro en la falta de posibilidades y de trabajo de muchas personas, tiene rostro de migraciones forzadas, casas vacías o destruidas. No podemos “naturalizar” el hambre de tantos; no nos está permitido decir que su situación es fruto de un destino ciego frente al que nada podemos hacer. Cuando la miseria deja de tener rostro, podemos caer en la tentación de empezar a hablar y discutir sobre “el hambre”, “la alimentación”, “la violencia” dejando de lado al sujeto concreto, real, que hoy sigue golpeando a nuestras puertas. Cuando faltan los rostros y las historias, las vidas comienzan a convertirse en cifras, y así paulatinamente corremos el riesgo de burocratizar el dolor ajeno. Las burocracias mueven expedientes; la compasión, en cambio, se juega por las personas».

Francisco también indicó con vigor, hablando sobre la dramática cuestión del hambre en el planeta: «dejémoslo claro, la falta de alimentos no es algo natural, no es un dato ni obvio, ni evidente. Que hoy en pleno siglo XXI muchas personas sufran este flagelo, se debe a una egoísta y mala distribución de recursos, a una “mercantilización” de los alimentos». Y hay que recordar que «el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre, de quien tiene hambre». Para resolver esta cuestión, primero hay que reconocer con sinceridad «hay temas que están burocratizados. Hay acciones que están “encajonadas”».

En los últimos años, recordó Francisco, «las guerras y las amenazas de conflictos son lo que predomina en nuestros intereses y debates. Y así, ante la diversa gama de conflictos existentes, parece que las armas han alcanzado una preponderancia inusitada, de tal forma que han arrinconado totalmente otras maneras de solucionar las cuestiones en pugna. Esta preferencia está ya de tal modo radicada y asumida que impide la distribución de alimentos en las zonas de guerra, llegando incluso a la violación de los principios y directrices más básicos del derecho internacional, cuya vigencia se retrotrae a muchos siglos atrás. Nos encontramos así ante un extraño y paradójico fenómeno: mientras las ayudas y los planes de desarrollo se ven obstaculizados por intrincadas e incomprensibles decisiones políticas, por sesgadas visiones ideológicas o por infranqueables barreras aduaneras, las armas no; no importa la proveniencia, circulan con una libertad jactanciosa y casi absoluta en tantas partes del mundo. Y de este modo, son las guerras las que se nutren y no las personas. En algunos casos la misma hambre se utiliza como arma de guerra. Y las víctimas se multiplican, porque el número de la gente que muere de hambre y agotamiento se añade al de los combatientes que mueren en el campo de batalla y al de tantos civiles caídos en la contienda y en los atentados. Somos plenamente conscientes de ello, pero dejamos que nuestra conciencia se anestesie y así la volvemos insensible. De tal modo, la fuerza se convierte en nuestro único modo de actuar y el poder en el objetivo perentorio a alcanzar. Las poblaciones más débiles no sólo sufren los conflictos bélicos sino que, a su vez, ven frenados todo tipo de ayuda. Por esto urge desburocratizar todo aquello que impide que los planes de ayuda humanitaria cumplan sus objetivos. En eso ustedes tienen un papel fundamental, ya que necesitamos verdaderos héroes capaces de abrir caminos, tender puentes, agilizar trámites que pongan el acento en el rostro del que sufre. A esta meta han de ir orientadas igualmente las iniciativas de la comunidad internacional».

El Papa, que ya había visitado la sede de la FAO en Roma y que fue el primer Pontífice que ha visitado la agencia de alimentos de las Naciones Unidas cuyo «cuartel general» se encuentra en la misma ciudad, concluyó su discurso citando el Evangelio: «“Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber”. En estas palabras se halla una de las máximas del cristianismo. Una expresión que, más allá de los credos y de las convicciones, podría ser ofrecida como regla de oro para nuestros pueblos». La humanidad, como un pueblo, «se juega su futuro en la capacidad que tenga para asumir el hambre y la sed de sus hermanos», afirmó Francisco. En esta capacidad de socorrer al hambriento y al sediento podemos medir el pulso de nuestra humanidad. Por eso, deseo que la lucha para erradicar el hambre y la sed de nuestros hermanos y con nuestros hermanos siga interpelándonos, a fin de buscar creativamente soluciones de cambio y de transformación. «Permítanse el lujo de soñar», exhortó el Papa, «necesitamos soñadores que saquen adelante este proyecto».

Francisco llegó a las nueve de la mañana a la sede del Programa Mundial de Alimentos (PMA) y fue recibido por la directora ejecutiva, Ertharin Cousin, y por la presidenta de la asamblea Stephanie Hochstetter Skinner-Klée. La visita concluyó poco después de las 10.30, cuando dirigió un breve discurso a los funcionarios y empleados del PMA, a quienes agradeció el laboro que hacen tras bambalinas para contrarrestar el hambre en el mundo. El Papa también recordó el «muro de la memoria» que se encuentra a la entrada del edificio, frente al que se detuvo al entrar, testimonio del sacrificio que han hecho muchos de los miembros del organismo (a quienes definió como «mártires») por todo el planeta. Debemos conservar su memoria, dijo a la asamblea, «para seguir luchando, con el mismo vigor, por el tan deseado objetivo del ‘hambre cero’». Francisco se despidió con su acostumbrada petición: «Muchas gracias y les pido que recen por mí, para que pueda hacer algo contra el hambre». La asamblea del PAM comienza en estos días el trabajo con miras a los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Cada año, el PAM da asistencia a alrededor de 80 millones de personas en 80 diferentes países.

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