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Gracias al Papa Francisco sigo viva

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Vatican Insider - publicado el 18/05/16

El estremecedor relato de una activista argentina contra la trata de personas que revela la íntima humanidad de Jorge Mario Bergoglio ante los sufrientes y abandonados

Recuerdo aquella fría mañana de agosto de hace muchos años, tantos que me olvidé de qué color era el almanaque. También recuerdo que yo estaba escasa de monedas y venía mal comida. Frío y poco café caliente son una mala combinación para estar lejos de casa.

El hombre de negro me atendió con una sonrisa inmensa que me sacó un poco el frío del alma y me entibió los pies que tenía congelados. Me saludó con un beso y me pidió me sentara a contarle mis pesares. Para mi sorpresa, en vez de sentarse en el silloncito detrás del escritorio se sentó en la otra silla que quedaba como para no poner distancia. Sentí que no quería que sintiera la distancia. Yo ya venía de un mundo de abismos y distancias, aunque él no lo sabía.

Recuerdo que las palabras me costaban, con una angustia sorda que me las frenaba en la garganta. Para no mirarlo -aunque él no dejaba de mirarme a los ojos con una mirada mansa y de paz- le miré los zapatos y se los vi tan viejos y gastados que dejé de estar incómoda por la zapatillas que llevaba puestas, que venían con varios kilómetros en el haber.

Recuerdo que le miré la camisa y el saco que al principio vi negrísimos, pero al mirarlos bien me di cuenta que estaban arratonados de lavadas y años de recorrido. Me comencé a relajar y mi saquito tejido lleno de bolitas por todas partes dejó de parecerme inadecuado. Si él, que era importante, se presentaba tan simple entonces yo no tenía porque sentirme mal por ser pobre.

Recuerdo que fui perdiendo el miedo a la vergüenza y al ridículo y le pregunté si debía llamarlo cardenal. Él siempre tranquilo y respetuoso me respondió “para mi, padre Jorge está bien”. Le conté todo lo que iba a contarle y lo que no iba a contarle y también me lloré todo. Pobre padre Jorge, le dejé en el escritorio la congoja y la angustia de años de soledad y abandono. Él supo escuchar con respeto, con un respeto que pocas veces sentí en la vida y con un tiempo que también pocas veces alguien me dedicó.

Recuerdo que me preguntó por mi familia y se le iluminaron los ojos cuando le conté de los niños y de que uno era adoptado. Después que me lloré toda la soledad y el abandono y a veces la desesperación, le dije que la esclavitud de seres humanos, en especial de mujeres, era mala palabra, que nadie nos recibía y nadie quería escuchar lo que sufrían las personas esclavizadas. Ya más envalentonada le dije que la sociedad negaba la esclavitud porque “los clientes de prostitución son nuestros varones y los de trabajo esclavo nuestra gente, nuestras empresas”.

Recuerdo que le conté historias, le dejé tantas historias de dolor y espanto que la salita se nubló de sufrimientos. Me levanté para irme, él me dio un correo electrónico para que escribiera por si necesitaba algo y me preguntó si tenía dinero para volverme. Como siempre yo estaba jugada con el viaje de vuelta y se largó a reír cuando le dije que yo no creía mucho en los curas, pero sí en la Divina Providencia que me ayudaría. Me hizo sacar el boleto de vuelta.

Pobre hombre, a partir de ese momento ya no se pudo librar de mi y de todo lo que tenía alrededor. Cada vez que iba la secretaria se reía porque me decía “a vos te contestamos en el día sino nos reenviás el mail tres veces”, cosa que era cierto.

La primera vez que llamó a casa un domingo, lo atendió mi esposo y me dijo: “Ali, hay un padre Jorge al teléfono, ¿cuál cura es este?”. Entonces yo, como si estuviera comprando peras, le dije: “es el cardenal”.

Ahora lo sigo viendo en el Vaticano, y como siempre hizo nos dedica un tiempo para quienes van conmigo. La misma sencillez, la misma pobreza, los mismos zapatos sin betún y ajetreados por los kilómetros de uso. Mi hijo Yaco, el más chiquito cuando lo vio dijo: “Ma, ¡qué viejo el vestido blanco que usa! ¿No le podemos ayudar a comprar uno?”. El mismo hombre santo y con el alma grande, sensible al dolor humano y al espanto.

En la Academia Pontificia para las Ciencias del Vaticano ya llevamos varios simposios acerca del horror de la trata de personas, y eso es posible porque él le pidió a monseñor Marcelo Sánchez Sorondo: “por favor, trabajá contra la esclavitud”. La humanidad toda, no importa qué creencia, lo reconoce como líder indiscutido en la lucha contra la esclavitud.

Él es mi amigo porque gracias a él sigo viva. Y amigo de los que sufren porque siempre se preocupó por todos nosotros y nos salió al encuentro en medio de la noche fría y helada cuando todos nos cerraban las puertas. Sólo él se dignó a sonreír nuestras sonrisas y llorar nuestras lágrimas.

A veces, en las tardes violetas, me siento en el patiecito rodeada de mis cactus y una emoción inmensa me llena el alma. A veces mi esposo me acompaña y de repente dice: “Ahí salió tu amigo en la tele”. Yo, para hacerme la desentendida, le respondo: “¿cuál?”. Él, sonriendo con el mate en la mano me dice: “El Papa Francisco, Ali, el Papa Francisco”. Yo me pierdo en la tarde y sólo agrego: “Siempre recordale a nuestros nietos, cuando los tengamos, que todo se lo debemos al Papa Francisco”.

ALICIA PERESSUTTI* Fundadora de la Organización No Gubernamental “Vínculos en Red” y defensora del pueblo de Villa María.

Tags:
papa franciscotestimoniotrata de personas
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