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El día en que un papa se enfrentó – y venció – a los bárbaros más terribles

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El asombroso encuentro entre San León Magno y Atila, el famoso líder de los hunos

 

La región europea de los Balcanes, muy próxima a Italia, estaba siendo invadida y saqueada por los hunos, un pueblo bárbaro, extremamente violento, liderado por Atila. Para hacerse una idea de quién era Atila, su sobrenombre era “la Plaga de Dios” o “el Azote de Dios“. Una de sus frases más célebres es:

“Por donde yo paso, no vuelve a crecer la hierba”.

Estos eran los guerreros que se dirigían al norte de Italia para saquear Milán en el año 452. El emperador Valentiniano III tuvo que huir a Roma…

Ante estos acontecimientos, el pueblo romano y el propio emperador pidieron que el papa, San León Magno, fuese personalmente al encuentro de los bárbaros en las proximidades de Mantua.

Y el Papa acudió.

Acompañado de clérigos y revestido con los ornamentos pontificios, el Santo Padre pidió a los hunos que no invadiesen Roma y que volviesen a los Alpes. ¿Qué posibilidades tenía de ser escuchado por alguien como Atila, y que éste atendiese a la petición de un líder religioso en el que no creía?

Y sin embargo, Atila obedeció.

Según Próspero de Aquitania, Atila tuvo, durante el encuentro con el papa León, una visión de nada menos que San Pedro y San Pablo blandiendo espadas – visión esta que consta en el Breviario Romano.

La pintura del gran artista italiano Rafael Sanzio retrata el momento:

Incontro_di_leone_magno_e_attila_01

 

Después del milagro, San León Magno pidió que el pueblo orase en agradecimiento, pero los romanos en seguida se entregaron nuevamente a sus frivolidades y vicios. No mucho tiempo después, otro pueblo bárbaro, el de los vándalos, llegó a Roma liderados por Genserico.

Y allí fue de nuevo San León a su encuentro…

El papa les pidió que no hubiese saqueos y que la vida del pueblo fuera respetada. Los vándalos obedecieron sólo a la mitad de la petición: durante quince días, saquearon Roma, pero ningún ciudadanos fue asesinado. Después de esto, San León reconstruyó la ciudad y profirió tristemente las siguientes palabras sobre la inmoralidad del pueblo:

“Mi corazón está lleno de tristeza e invadido por un gran temor, porque hay gran peligro cuando los hombres son ingratos a Dios, cuando se olvidan de sus mercedes y no se arrepienten después del castigo, ni se alegran con el perdón”.

Al final, si el pueblo no colabora, el papa solo no puede resolverlo todo.

San León cumplió su parte. Además de cuidar de los ciudadanos en Roma, él también envió misioneros para interceder por los prisioneros de los vándalos en el norte de África, entre otros muchos gestos pastorales.

San León Magno murió el 10 de noviembre del año 461, dejando una rica colección de cartas, sermones y escritos gracias a los cuales fue reconocido, en el siglo XVIII, como Doctor de la Iglesia.

Una de sus grandes lecciones, seguida por papas como San Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, es la de ir al encuentro de los enemigos con las armas de la palabra y de la fe en la Cruz de Cristo – la señal con la que venceremos.

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