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Momentos que deseamos que sean eternos, ¿conoces el Tabor?

© Seetheholyland.net / Flickr
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En los momentos de Tabor se toca un poco el amor hondo de Dios y se coge fuerza para otros momentos más duros

Hoy Jesús ora en el monte Tabor, se transforma y se llena de luz: “Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos”. La luz de la resurrección se deja entrever a través de su cuerpo.

Se hace transparente y deja sacar fuera el misterio más hondo de su vida: Dios pisa la tierra. Pisa la tierra y la hace honda. Cava, echa raíces en el hombre.

Pienso en la hondura que anhelo. Pienso que en la oración me hago más quien soy de verdad. Escucho ese nombre que desde siempre Dios pronunció al crearme. Saco del alma mi misterio, a veces tan guardado. Me hago más niño, más puro.

Otros pueden verlo, como otros veían a Jesús ese día en el monte. Y tocar a Dios en mí, en mi hondura.

No rezo para estar bien. Rezo para tocar el amor de Dios y poder así amar mejor. Para bajar del monte y caminar con más profundidad, regalando esa luz y esa voz de Dios sin la que me siento perdido.

Mientras Jesús oraba sucede todo en el monte. Y sin Jesús, sin su oración, no hubiera pasado nada. ¿No ocurre igual en mi vida? La oración de Jesús fue su roca, y también la de los suyos.

Cuando yo rezo, me hundo en la tierra. Quiero rezar con más hondura. Cavar más hondo. Pienso que el Tabor me ayuda en la vida a tener momentos de profundidad. Momentos en los que subo con Jesús para mirar con algo de distancia mi camino.

Vuelvo a elegir, vuelvo a recibir el abrazo de Dios. Elijo mi vida y mi cruz desde el monte. Elijo lo que me sucede. Y vuelvo a estar con Jesús sin hacer nada.

A veces sueño con ese descanso en medio de mi vida. Los momentos de Tabor en los que he tocado un poco el amor hondo de Dios, me sostienen en medio de otros momentos más duros. Mi vida es un camino que está grabado en la palma de la mano de Dios.

Momentos de luz que vivo en el Tabor me sostienen, incluso sin darme cuenta, en los momentos de Getsemaní. ¿Qué sucede mientras oro? ¿Cuál es mi Tabor en la vida? ¿Qué momentos he tenido que deseé que fuesen eternos?

No han pasado, están dentro de mí. ¿Qué personas son Tabor para mí, personas en las que descanso y toco a Dios?

No me quedo en el Tabor. Bajo con su luz hasta los hombres, bajo con Jesús. Jesús baja con los discípulos del Tabor. No bajan solos. Nunca los deja.

Me da paz este momento. A veces parece que en los momentos de Dios en que me he sentido pleno, cuando pasan, me quedo solo, sin Él. Pero no es así. Él va conmigo. Junto a mí.

Y cualquier momento de mi vida puede convertirse en Tabor porque Él va conmigo. Quiero grabarme esto a fuego para no llenarme de nostalgias. Jesús va conmigo.

Mientras oro se abre su corazón para mí. Mientras oro se abre el mío, y yo puedo llenarme de luz para que otros puedan reposar en mí.

Le pido a Jesús que ore junto a mí, que cave hondo, que me tome de la mano para subir al monte con Él. Cuando me pierda y camine sin rumbo, cuando me olvide de esa voz de amor.

Desde el monte se ve todo con más paz. Todo se hace más pequeño. En la profundidad de mi oración Dios me muestra quién soy.

Todo sucede mientras Jesús ora. Tocan a Dios en Él, tocan su gloria y su pureza. Tocan su hondura. Jesús se hace transparente delante de ellos y pueden ver su alma de Hijo de Dios, su identidad más verdadera.

Mientras Jesús ora, sus amigos, los tres más cercanos, sienten paz en el alma, una paz de cielo. Esa paz que sentimos a veces y entonces queremos que lo que estamos viviendo sea eterno y no acabe nunca.

Mientras Jesús oraba cambian sus vidas, se llenan de luz. Me impresiona mucho esta expresión que a veces al leer este pasaje me ha pasado desapercibida: mientras Jesús oraba.

Subió a orar a ese monte, se retiró para orar. Se llevó a sus amigos para orar. No se quiso separar de ellos para estar con su Padre. Quería compartir con ellos ese momento de intimidad.

Hace poco hemos oído que mientras Jesús oraba en el Jordán se abrió el cielo y se oyó la voz del Padre diciendo que era su amado.

Y mientras oraba en Getsemaní, ya al final de su vida en la tierra, también con los suyos más queridos, un ángel lo confortaba en su agonía.

El Jordán, al inicio del camino, junto al desierto. El monte Tabor, en medio de su camino a Jerusalén, cuando en su corazón ya empezaba a comprender que iba a sufrir y recibir rechazo. Y al final del camino, en el huerto de los olivos al que iba cada noche, para implorar fuerzas del cielo.

Me gusta ese amor de Jesús de predilección. Elige a unos pocos. Elige a tres discípulos para ir con Él y poder ver lo que no podían ver desde el valle. Me elige a mí:

Dos hombres conversaban con Él: eran Moisés y Elías, que, aparecieron con gloria. Pedro y sus compañeros se caían del sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con Él.

Los discípulos vieron la gloria. Unas horas antes habían presentido el final. Jesús les había hablado de su muerte. Ellos se habían llenado de temor. Ahora veían la gloria, la luz, la belleza. Veían la eternidad a la que estaban llamados.

Y entonces surge el deseo de hacer tres tiendas y quedarse en ese lugar para siempre: Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Quieren que el presente sea eterno.

Hoy en el Tabor los discípulos escuchan: Una voz desde la nube decía: – Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle”. Esas palabras se grabaron en su corazón para siempre. Saben que Dios Padre ama a Jesús. Saben que Dios los ama a ellos en Jesús.

Es la constatación que necesito cada día para poder llevar la oscuridad y la luz en el alma. Subo al Tabor, vuelvo a esa certeza.

Dios me ama. Me ama con predilección. Me espera en el monte. Saber que Dios me ama como soy, en mi pobreza, en mi fragilidad, me salva.

Me han dicho, Jesús, que me amas. Ya lo sé. Me ama. Es la certeza de un amor inamovible, de un amor que no se muda, que no pasa. Ese amor de Dios es mi certeza.

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