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Papa Francisco en Ciudad Juárez: Midamos la migración forzada por nombres, no por cifras

CTV / Youtube
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Homilía del papa Francisco en la misa en el área de la feria de Ciudad Juárez

La gloria de Dios es la vida del hombre. Así lo decía san Ireneo en el siglo II. Expresión que sigue resonando en el corazón de la Iglesia. La gloria del Padre es la vida de sus hijos. No hay gloria más grande para un padre que ver la realización de los suyos. No hay satisfacción mayor que verlos salir adelante, verlos crecer y desarrollarse.

Así lo atestigua la primera lectura que escuchamos. Nínive, una gran ciudad que se estaba autodestruyendo, fruto de la opresión y la degradación, de la violencia y de la injusticia.

La gran capital tenía los días contados, o sea que no era sostenible la violencia generada en sí misma. Ahí aparece el Señor moviendo el cora´zno de Jonás. Ahí aparece el Padre invitando y enviando su mensajero.

Jonás es convocado para recibir una misión. “Ve”, le dice, porque dentro de cuarenta días Nínive será destruida. “Ve, ayúdalos a comprender que con esa manera de tratarse, regularse, organizarse, lo único que están generando es muerte y destrucción, sufrimiento y opresión. Hazles ver que no hay vida para nadie, ni para el rey ni para el súbdito, ni para los campos ni para el ganado. Ve y anuncia que se han acostumbrado de tal manera a la degradación que han perdido la sensibilidad antes el dolor. Ve y diles que la injusticia se ha instalado en su mirada”.

Por eso va Jonás. Dios lo envía a evidenciar lo que estaba sucediendo. Lo envía a despertar a un pueblo ebrio de sí mismo. Y en este texto nos encontramos frente al misterio de la misericordia divina.

La misericordia rechaza siempre la maldad tomando muy en serio al ser humano, apela siempre a la bondad de cada persona aunque esté dormida, anestesiada, lejos de aniquilar como muchas veces pretendemos o queremos hacer lo nosotros, la misericordia se acerca a cada situación para transformarla desde dentro.

Ese es el misterio de la misericordia divina: se acerca, invita a la comprensión, al arrepentimiento, a ver el daño que se está causando. La misericordia siempre entra en el mal para transformarlo, misterio de nuestro Padre Dios: envía a su Hijo que se metió en el mal, se hizo pecado para transformar el mal, esa es su misericordia.

El rey escuchó, los habitantes de la ciudad reaccionaron y se decretó el arrepentimiento. La misericordia de Dios entró en el corazón, revelando y manifestando lo que es nuestra certeza y nuestra esperanza; siempre hay posibilidad de cambio, estamos a tiempo de reaccionar y transformar, modificar y cambiar, convertir lo que nos está destruyendo como pueblo, lo que nos está degradando como humanidad.

La misericordia nos alienta a mirar el presente y confiar en lo sabio y bueno que late en cada corazón. La misericordia de Dios es nuestro escudo y nuestra fortaleza.

Jonás ayudó a ver, ayudó a tomar conciencia. Acto seguido, su llamada encuentra hombres y mujeres capaces de arrepentirse, capaces de llorar, llorar por la injusticia, llorar por la degradación, llorar por la opresión.

Son las lágrimas las que pueden darle paso a la transformación. Son las lágrimas las que pueden ablandar el corazón, son las lágrimas las que pueden purificar la mirada y ayudar a ver el círculo de pecado en que muchas veces se está sumergido.

Son las lágrimas las que logran sensibilizar la mirada y la actitud endurecida y especialmente adormecida ante el sufrimiento ajeno. Son las lágrimas las que pueden generar una ruptura capaz de abrirnos a la conversión.

Así le pasó a Pedro, después de haber renegado de Jesús. Lloró y las lágrimas le abrieron el corazón.

Que esta palabra suene con fuerza hoy entre nosotros, esta palabra es la voz que grita en el desierto y nos invita a la conversión.

En este año de la misericordia y en este lugar quiero con ustedes implorar la misericordia divina, quiero pedir con ustedes el don de las lágrimas, el don de la conversión.

Aquí, en Ciudad Juárez, como en otras zonas fronterizas, se concentran miles de migrantes, de Centromaérica y de otros países, sin olvidar tantos mexicanos que también buscan pasar al otro lado. Un paso, un camino, cargado de terribles injusticias: esclavizados, secuestrados, extorsionados, muchos hermanos nuestros son víctimas del negocio del tráfico humano, de la trata de personas.

No podemos negar la crisis humanitaria que en los últimos años ha significado la migración de miles de personas, ya sea por tren, por carretera e incluso a pie, atravesando cientos de kilómetros por montañas, desiertos, caminos inhóspitos.

Esta tragedia humana que representa la migración forzada hoy en día es un fenómeno global. Esta crisis, que se puede medir en cifras, nosotros queremos medirla por nombres, por historias, por familias.

Son hermanos  y hermanas que salen expulsados por la pobreza y la violencia, por el narcotráfico y el crimen organizado. Frente a tantos vacíos legales se tiende una red que atrapa y destruye siempre a los más pobres.

No solo sufren la pobreza, sino que además tienen que sufrir todas estas formas de violencia. Injusticia que se radicaliza en los jóvenes, ellos, carne de cañón, son perseguidos y amenazados cuando tratan de salir de la espiral de violencia y del infierno de las drogas. Y qué decir de tantas mujeres a quienes les han arrebatado injustamente la vida.

Pidámosle a nuestro Dios el don de la conversión, el don de las lágrimas, pidámosle tener el corazón abierto como los ninivitas a su llamado en el rostro sufriente de tantos hombres y mujeres. no más muertes y explotación. Siempre hay tiempo de cambiar, siempre hay una salida , una oportunidad, siempre hay tiempo de implorar la misericordia del Padre.

Como sucedió en tiempo de Jonás hoy también apostamos por la conversión. Hay signos que se vuelven luz en el camino y anuncio de salvación.

Sé el trabajo de tantas organizaciones de la sociedad civil a favor de los derechos de los inmigrantes, sé también del trabajo comprometido de tantas hermanas religiosas, hermanos religiosos y sacerdotes, laicos que se la juegan en el acompañamiento y en la defensa de la vida. Asisten en primera línea, arriesgando muchas veces la propia vida suya.

Con sus vidas, son profetas de misericordia. Son el corazón comprensivo y los pies acompañantes de la Iglesia que abre sus brazos y sostiene.

Es tiempo de conversión, es tiempo de salvación, es tiempo de misericordia. Por eso digamos junto al sufrimiento de tantos rostros: “Por tu inmensa compasión y misericordia, Señor, apiádate de nosotros. Purifícanos de nuestros pecados y crea en nosotros un corazón puro, un espíritu nuevo”.

Y también deseo en este momento saludar desde aquí a nuestros queridos hermanos y hermanas que nos acompañan simultáneamente al otro lado de la frontera, en especial a aquellos que se han congregado en el estadio de la universidad de El Paso, conocido como el Sun Bowl, bajo la guía de su obispo monseñor Mark Seitz.

Gracias a la ayuda de la tecnología podemos orar, cantar y celebrar juntos ese amor misericordioso que el Señor nos da y que ninguna frontera podrá impedirnos que compartir.

Gracias hermanos y hermanas. Gracias hermanos y hermanas de El Paso por hacernos sentir una sola familia y una misma comunidad cristiana.

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