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“No podemos seguir celebrando sacramentos en falso”

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Entrevista al cardenal Fernando Sebastián

El arzobispo emérito de Pamplona ha sido siempre un gran apasionado por la evangelización. De ahí que los obispos no dudaran en elegirle como miembro de la ponencia encargada de la redacción de su nuevo Plan Pastoral, especialmente cuando el gran objetivo del documento es la puesta al día con el Papa Francisco, con quien el cardenal Sebastián mantiene una relación muy estrecha

Con el nuevo Plan Pastoral, la CEE se pone plenamente en sintonía con la Evangelii gaudium. ¿En qué se percibe mejor esa sintonía?

Primero, en la voluntad de centrar los esfuerzos en una pastoral de evangelización, una pastoral centrada en la fe y abierta al encuentro con los que habitualmente no vienen a la Iglesia. El Plan invita también a adoptar una actitud de misericordia, de acercamiento, sin condenas previas, tratando de presentar la vida cristiana como una verdadera salvación de todo lo bueno y positivo que la gente vive en su vida ordinaria. El Plan trata de coordinar las actividades de la CEE y centrarlas en la promoción de la fe, la fe de los que ya creen y de los que ya o todavía no creen.

La evangelización ha sido una de sus grandes preocupaciones y pasiones. ¿Qué necesita una pastoral para ser verdaderamente misionera? ¿Lo es el nuevo Plan Pastoral de la CEE?

Desde los tiempos del Concilio, las enseñanzas de Pablo VI, nuestra transición política… yo he estado convencido de que buena parte de los españoles vivía, de hecho, al margen de la Iglesia por falta de fe, por no haber vivido nunca expresamente la experiencia de la conversión a Jesucristo como decisión personal, expresa y refleja. Todavía no hemos hecho el gran cambio: pasar de una fe sociológica a una fe personal, de una fe protegida a una fe afirmada contra la tendencia cultural dominante, de una Iglesia de masas a una Iglesia fermento y misionera.

Una pastoral para ser verdaderamente evangelizadora tiene que estar ordenada a la fe, ayudar a creer mejor a los que ya creen y ayudar a creer a quienes perdieron la fe o viven de hecho al margen de la persona y de las enseñanzas de Jesucristo. Hay que intentar salir a su encuentro, ganarnos su confianza, ayudarles, volver a proponerles en el momento oportuno la persona de Jesús como salvador de nuestra vida, modelo y fuente de verdadera humanidad, en lo personal, en lo familiar, en lo social. El Plan pretende desarrollar esta preocupación como actitud y norma de los diferentes organismos y actividades de la Conferencia.

Al hablar de evangelización, ¿cuáles son, desde una perspectiva sociológica, sus objetivos y destinatarios? ¿Se trata de recuperar al que ha dejado de ir regularmente a Misa? ¿El objetivo es generar menos rechazo en sectores más alejados, con la esperanza de que, con el tiempo, se den las circunstancias para la evangelización?

No es cuestión de perspectivas ni cálculos sociológicos. Es una cuestión de fe y de sentido eclesial de los mismos cristianos. El punto de partida es el amor a Jesucristo como salvador universal, la fe en el valor y en la necesidad del Evangelio para vivir plenamente la propia humanidad, el amor y la compasión –la misericordia– con los que no viven prácticamente de acuerdo con el Evangelio de Jesús, con la esperanza primordial de la vida eterna, con confianza en Dios nuestro Padre, con el reconocimiento práctico de la ley del amor en el conjunto de la vida y de todas sus circunstancias.

No son felices, no están en el buen camino, viven en tinieblas, necesitan nuestra ayuda. Cristo mismo necesita nuestra ayuda para anunciar y realizar el Reino de Dios en este mundo. Este es el dinamismo interior de la evangelización. Hay que pensar en la raíz interior de la vida cristiana de las personas, en vez de fijarnos en objetivos de segunda o tercera intención. La pastoral de la juventud, la pastoral de la familia, la pastoral de la cultura, tienen todas un elemento común y primordial, que es la pastoral de la fe, de la conversión, del cambio interior. Sin fe y sin conversión interior no puede crecer ninguna realidad cristiana.

¿Qué mejoras introduciría usted en la iniciación cristiana en España?

Solamente una: garantizar la verdad de los sacramentos. Que los bautismos sean verdaderos. Que las confirmaciones sean verdaderas. Que las comuniones sean verdaderas. Y que los matrimonios sean verdaderos. No podemos seguir celebrando sacramentos en falso. Para eso hace falta la fe. No puede haber sacramentos sin fe ni fe sin sacramentos. Los sacramentos nacen de la voluntad salvadora de Jesucristo, nos llegan por medio de la fe de la Iglesia, pero tienen que ser acogidos con la fe personal.

En el caso del Bautismo de infantes, los padres tienen que garantizar la educación religiosa y cristiana del bautizado. A los que viven habitualmente apartados de la Iglesia creo que hay que invitarles a recuperar su vida cristiana antes de bautizar a su hijo. Podríamos ofrecerles un itinerario de fe de uno o dos años. Que bauticen a su hijo cuando estén en condiciones de educarlo cristianamente, con palabras y sobre todo con el ejemplo de una vida cristiana normalizada. Comprendo que es una medida un poco fuerte, pero me parece indispensable. Sin ella o algo parecido no habrá verdadera renovación eclesial, porque nosotros mismos estamos devaluando los sacramentos.

Algo parecido ocurre con las confirmaciones y las comuniones. En muchos, demasiados casos, los jóvenes reciben estos sacramentos sin haber vivido una verdadera conversión a Jesucristo, sin compromiso personal, sin voluntad de vivir cristianamente, en la comunidad, con los sacramentos, con la vida moral. Tanto las catequesis parroquiales como la pastoral de los colegios no están en función de la conversión personal de los catecúmenos. Por eso luego no tienen raíces, no son capaces de resistir las seducciones de la cultura secular, ni se sienten personalmente vinculados a la comunidad sacramental.

Y esto mismo se prolonga hasta los matrimonios. La primera cuestión para renovar la pastoral familiar es cuidar de la fe viva de los contrayentes. Si estos son habitualmente practicantes, es fácil preparar una celebración verdadera y fructuosa. Si habitualmente no lo son, este vacío de años no se remedia con dos charlitas de veinte minutos. Hay que hablar a fondo con ellos, suscitar el interés perdido, crear una relación de confianza y ofrecerles un camino personal de renovación. Cuando vuelvan a la fe, cuando crean y quieran vivir de verdad en el seno de la Iglesia, entonces será la hora del sacramento.

Usted ha defendido mucho la necesidad de potenciar el catecumenado postbautismal.

Yo no, lo piden y recomiendan los Papas, los documentos de la Iglesia. Pero seguimos sin enterarnos. El bautismo es el sacramento de la fe y la fe es conversión y adhesión personal a la persona de Jesucristo y al Dios viviente. Eso requiere recorrer un itinerario de conversión, un verdadero catecumenado de conversión a Jesucristo, con el correspondiente cambio de vida. Antes o después del Bautismo, el catecumenado de conversión es indispensable. El catecumenado es parte integral del Bautismo. La actividad central de nuestras parroquias tendría que ser este catecumenado de conversión, con atención personalizada de cada catecúmeno por parte del sacerdote. Con niños, con jóvenes, con adultos. Facilitar los bautismos sin catecumenado, sin conversión, es fomentar la existencia de bautizados no creyentes, o como dijo el Papa Benedicto, es llenar la Iglesia de «paganos bautizados». Si seguimos así terminaremos por ser una Iglesia enteramente mundanizada. Es la sal sosa, el fermento desnaturalizado, que no quería Jesús.

¿No cree usted que con estos criterios se quedarían vacías las iglesias?

No, de ninguna manera. Como se van quedando vacías es con la pastoral solo de conservación que hacemos ahora. La pastoral no puede ser ideológica. No debemos hacer teorías. Tenemos que hacer las cosas pensando y actuando muy cerca de la realidad. Tenemos que tener la humildad y el realismo de reconocer lo que somos, y a la vez necesitamos la confianza y la fortaleza de los verdaderos evangelizadores, de los santos fundadores de nuestras Iglesias, de los Padres y de los mártires de los primeros siglos, de los monjes, de los grandes predicadores de los siglos XVIII y XIX.

En el momento presente necesitamos un doble frente de trabajo: en primer lugar tenemos que atender del mejor modo posible a los habituales, a los que vienen, adultos y jóvenes, niños y ancianos. Y a la vez que les atendemos del mejor modo posible, tenemos que pensar en cómo actuar con los que no creen, ya sea con los que sin la fe necesaria nos piden algunos sacramentos, o con los que ni siquiera vienen a pedir sacramentos. Esta categoría irá aumentando, por desgracia, y no podemos olvidarnos de ellos. Hay que ir a buscarlos, hay que salir a su encuentro. A estos y a los del grupo anterior tenemos que ver cómo les ayudamos a recuperar la fe verdadera, acogiéndoles amablemente cuando vengan, organizando cosas que les interesen y que les inviten a acercarse a alguna actividad de la parroquia, preparando encuentros en los que podamos presentarles personalmente la figura de Jesús, de manera muy sencilla, muy positiva, que les llegue al corazón, a los mejores sentimientos de su corazón, porque todos los tienen. Es una labor de paciencia, de entrega, de mucha perseverancia. Hay que dedicarle tiempo, recursos, personas, iniciativas, pensando en los que están lejos, en los que se fueron, confiando en el valor permanente del evangelio de la salvación. El Señor se alegra cuando ve caras nuevas en su casa.

¿Cree que un programa así es posible?

Sí, claro. Lo creo posible y necesario. No como un programa alternativo, sino como una ampliación de lo que estamos haciendo. Primero tiene que haber evangelizadores, personas concretas, sacerdotes y laicos, que vivan esta nueva dimensión de la pastoral, que sufran el drama de la deserción de los cristianos, que crean de verdad en la necesidad del Evangelio de Jesús para vivir humanamente, para responder al amor y a la bondad de Dios con nosotros. Estas personas tienen que venir de los seminarios, de los movimientos, de los grupos parroquiales de adultos. Cuando vayan apareciendo estos grupos de evangelizadores todo lo demás irá apareciendo y creciendo. Poco a poco. En España hace falta también despertar el interés de la gente y recuperar nuestra credibilidad como evangelizadores. La gente tiene que ver que le ofrecemos algo importante, algo que necesitan para vivir con plenitud. En este proceso son indispensables la caridad, el amor a los pobres, el servicio de la misericordia.

Una Iglesia evangelizadora tiene que comenzar por ser servidora de los pobres, por ser samaritana, acogedora, hospitalaria, madre y hermana de los necesitados. Para evangelizar tenemos que aparecer llamativamente como servidores de los necesitados, en el nombre de Jesús. No basta la asistencia más o menos calculada y medida de ahora. Tiene que ser una caridad que llame la atención, que vaya más allá de lo habitual. Hacen falta realidades y testimonios al estilo de san Juan de Dios, de la beata Teresa de Calcuta, pero aquí y ahora, con nuestros pobres, con los sintecho, con los inmigrantes, con los parados, con los ancianos solitarios, con los enfermos incurables. Los verdaderos cristianos tenemos que sentirnos responsables de la vida de todos los necesitados. Eso es ser cuerpo de Cristo. El amor, cuando es verdadero, abre todos los caminos y acorta todas las distancias.

Artículo originalmente publicado por Alfa y Omega

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