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¿Hubo poesía del descubrimiento de América?

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Unificación de religiosa y lingüística de una región con una identidad común

Cuando un acontecimiento de conquista deriva en aplastamiento del conquistado, raramente genera poesía épica, lírica, dramática. Si “justificara” el acontecimiento, se trataría, en todo caso, de una poesía defensora del expolio, lo cual no sería poesía sino ideología.

Por supuesto que en “la invención de América”, como ha llamado –no sin cierta razón—el historiador mexicano Edmundo O’Gorman a la gesta de Cristóbal Colón, provocó mortandad, caos y pérdida de modos de vida ancestrales. Pero también trajo la unificación religiosa y lingüística en una vastísima región que ahora posee una identidad común.

Las nuevas enfermedades como la viruela o la gripe, no conocidas en América, acabaron con más población amerindia que los arcabuces o los malos tratos de algunos encomenderos. Sin que a estos últimos, y a los soldados que venían ciegos de codicia por el oro y las riquezas fabulosas de la tierra firme recién descubierta, se les pueda justificar; en el fondo había una razón poética en navegantes más intrépidos que sabios, que se expresa en primer lugar en los Diarios del mismo Cristóbal Colón.

Rimar hazañas y corazones

En su luminoso prólogo a los Diarios del navegante ¿genovés?, el doctor Gregorio Marañón subraya que estos apuntes están escritos (los Diarios) “con una lengua balbuceante de niño genial”. Para Marañón, Cristóbal Colón fue “un gran poeta que no hacía versos, sino que rimaba con hazañas y con nuevos mundos su propio corazón”:

Era, en el mar, un placer tan grande el gusto de la mañana que no faltaba sino oír a los ruiseñores…

La “leyenda negra” que ciñe buena parte del descubrimiento –y que se hizo patente en la celebración del Quinto Centenario, en 1992—ha hecho de Colón un en el mejor de los casos a un “incomprendido”, y en el peor, a un filibustero.

El barón de von Humboldt –tratando de Colón—señaló las tres vertientes que rodean a todo gran descubrimiento, y a su descubridor: negar su importancia; negar que haya descubierto algo o atribuírselo a otro. Pero en su monumental obra Cristóbal Colón, Jacques Heers señala: “Jamás fue ni un ‘genio’, ni un excéntrico, ni un rebelde, ni un incomprendido. Fue, por el contrario, el héroe de su época y de su sociedad, a la cual se integró con asombrosa facilidad. Evidentemente sí, un héroe…”

Los extremos

Por ello, las cataratas de poesía que generó –y sigue generando—el descubrimiento, la “invención” o la construcción de América desde Europa y desde la propia América. En Europa, predominantemente la admiración, en América, predominantemente la amargura.

Dos ejemplos extremos de ambas actitudes. El primero, extraído del poema escénico El libro de Cristóbal Colón del francés Paul Claudel, en donde Colón se presenta a sí mismo:

        –¡Mi nombre es Embajador de Dios. Portador de Cristo!  Y mi apellido es todo lo que es luz; todo lo que es espíritu; todo lo que tiene alas…

El segundo, del Canto General del poeta chileno Pablo Neruda:

Aquí la cruz, aquí el rosario.
aquí la Virgen del garrote.
La alhaja de Colón, Cuba fosfórica,
recibió el estandarte y las rodillas
en su arena mojada…
Ruega a Dios por lo que descubriste

En la mayor de todas las recopilaciones sobre el tema, La poesía del Descubrimiento, el español José María Gárate Córdoba enumera una larguísima serie de autores que van desde la poesía en prosa de los Diarios de Cristóbal Colón y del “primer poeta del Descubrimiento”, Juan de Castellanos, hasta Unamuno, Manuel Machado, José María Pemán y Lope Mateo, en España. Borges, Neruda, Darío y Ernesto Cardenal en América Latina; Víctor Hugo, Walt Withman o Höelderlin en Europa y Estados Unidos hasta llegar –por ejemplo—a la moderna dramática La tragedia colombina del griego Nikos Kazantzakis.

Ante todo habría que resumir que la historia ha trazado una imagen ambivalente –¿qué “héroe” no la posee?—de Cristóbal Colón o de Cristóforo Colombo, como le llama Rubén Darío al final de su Elegía escrita hacia 1914.

En ella, con una intuición genial, Darío recupera el impulso evangelizador que guió a los Reyes Católicos a financiar la empresa de Colón, y el resultado, en ocasiones desastroso de una pobreza y una injusticia atroz , en la que estaba (¿está?) sumergida la América hispana, “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, como sentenció el dictador mexicano Porfirio Díaz.

La estrofa final de la Elegía (A Colón) de Darío sobrecoge por su actualidad, y porque contiene en sí toda la poesía del descubrimiento de América:

Duelos, espantos, guerras, fiebre constante
en nuestra senda ha puesto la suerte triste:
¡Cristófono Colombo, pobre Almirante,
ruega a Dios por el mundo que descubriste!

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