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¿Sabes cómo cambiaría el mundo, si la guerra la contaran las mujeres?

Viktor Tolochko/RIA Novosti

2714713 10/08/2015 Belarussian author Svetlana Alexievich, winner of the 2015 Nobel Prize for Literature, after a news conference in Minsk. Viktor Tolochko/RIA Novosti

Jaime Septién - publicado el 12/10/15

“El poder necesita que nunca se sepa la verdad”: habla Svetlana Alexievich, premio Nobel de Literatura 2015

Svetlana Alexievich (Ucrania, 1948), la escritora y periodista bielorrusa recientemente galardonada con el Premio Nobel de Literatura 2015 estuvo en México en marzo de 2003 para dar una conferencia en el ciclo “Cartas del destierro”, que la Casa Refugio Citlaltépetl organizó en el Palacio de Bellas Artes.

Hasta donde se sabe, en español, solamente se ha traducido su libro Voces de Chernóbil (Siglo XXI) en donde reúne testimonios de distintos personajes relacionados con la catástrofe del reactor nuclear ruso, ocurrida la noche del 26 de abril de 1986.

Sin embargo, el libro que catapultó a la fama –aunque en este lado del mundo sea poco conocida—fue su investigación, ensayo, reportaje, novela sobre las experiencias de mujeres durante la Segunda Guerra Mundial en La guerra no tiene rostro de mujer (1988).

Como suele suceder en gran cantidad de autores tocados por una experiencia capital, los libros de Alexievich comparten las mismas preguntas: ¿qué hacer ante tanto dolor sin reconocimiento, inútil, profundísimo? ¿Cómo sobrevivir a las sacudidas de la historia como individuos que “ni la deben ni la temen”? Es sobre estas preguntas sobre las que Svetlana Alexievich reflexionó en su conferencia en México (a continuación, un ensamblaje de la misma):

La guerra desde la mujer

“Mi aspiración a escribir un libro sobre la guerra con mirada de mujer se debe a que pertenezco a una generación a la que le desagradaban las respuestas estériles que nos daban sobre la vida. Estaba claro que esa guerra pomposa era una justificación del sistema y que toda la sangre derramada borraba la verdad sobre su naturaleza. La verdad era totalmente diferente.

“A veces no se puede seguir mintiendo… Pero tampoco se pueden escuchar las mentiras. La mentira tiene muchas caras: esas caras pueden ser amables, muy convincentes… Tampoco la verdad es inmutable, tiene muchas caras y, con su nombre, nos llegan muchas cosas. Fue entonces cuando decidí escribir un libro sobre la guerra, sobre lo que contaban las mujeres.

“Esos primeros relatos me sorprendieron. Su guerra no era en absoluto la guerra de la que hablan los hombres. Cuando los hombres hablan de la guerra sigue intacta la convicción (basta con encender el televisor para oír lo que dicen los hombres) de que la guerra tiene su razón de ser. Pero cuando las mujeres hablan de la guerra hablan sólo de asesinatos.

“Las miradas femeninas de mi libro dejaban al descubierto toda esa locura humana que llamamos guerra. Finalmente, el libro vio la luz cuando llegó al poder Gorbachov. Y él –incluso– utilizó alguna de las expresiones de mi libro en su informe.

“El libro rebasó todas las expectativas, su tiraje fue de dos millones de ejemplares. Vi las caras de la gente cuando leían este libro y cuánto anhelaban saber cómo era realmente el mundo en el que vivían. Aquel mundo soviético nuestro, a pesar del mar de sangre y las enormes fosas humanas, ya estaba acomodado en nuestro ser.

“Todos estábamos acomodados a ese mundo: ya nos habíamos resignado, creíamos, fingíamos aceptar las reglas del juego. Es decir, todos nosotros habíamos perdido la libertad. Fue entonces cuando empezaron a hablar personas que trataban de decir cuál era nuestra verdadera historia: en realidad, la victoria en esa guerra terrible nos costó muy cara, veinte millones de personas. La literatura militar y bélica no cuenta la verdad: que en realidad no hicimos sino sobrevivimos.

“Cada vez que escribo un libro entrevisto a doscientas o trescientas personas. Los principios de mi literatura se basan en que la vida tiene tantas variantes que hay que obtener el texto de cada persona, que una sola mente no está en grado de abarcarlo todo, que hay que hablar con la gente, que cada uno de nosotros tiene su propio texto.

Así que cuando en un libro se integran cien o doscientas voces emerge cierta imagen del acontecimiento en la que ya confías. No tienes ya la sensación de que te están mintiendo, aunque más o menos todos mentimos un poco…”.

Sacudidas de la historia

“Los artistas y los escritores deben salir al mundo, apartarse de la banalidad en la que vivimos. Porque vivimos inmersos en una densa capa de banalidad de la que es muy difícil despojarse, incluso para los artistas. Y esta banalidad lo impregna todo. Incluso el horror se ha vuelto banal.

“Oímos hablar de la guerra, pero a la mañana siguiente, de todos modos, tomamos café, vamos a conciertos. En cierto modo la banalidad nos protege, pero al mismo tiempo nos vuelve insensibles. Pero a veces sufrimos esas sacudidas…

“Es como si te arrancaran el alma del lugar donde está escondida… Porque el hombre no está hecho, en principio, para soportar cargas muy pesadas. Nos defendemos de todo lo que nos supera. De la infelicidad, de las desgracias. Por una parte, es comprensible; por otra, si sucumbimos a ello, el mundo se vuelve un lugar más terrible. Y entonces entendí cómo tenía que ser ese libro sobre la guerra.

“Cuando se habla de ostracismo, siempre hay un conflicto con el poder, un conflicto con el gobierno. Por supuesto, el conflicto con el poder es la sempiterna historia del escritor ruso y bielorruso.

“Siempre se halla en conflicto con el poder, porque el poder necesita que nunca se sepa la verdad. Y creo que es así en todas partes, no sólo en un país, pero en Rusia, con su terrible historia, es aún más así.

“Pero me da la sensación de que el conflicto con el poder no es lo más terrible, incluso para mí, que vivo en Bielorrusia, donde sigue vigente todavía hoy una dictadura. Una dictadura provincial, terrible… La gente desaparece y es encarcelada.

“Lo más terrible y doloroso para mí, como escritora, es estar en conflicto con la conciencia de masas. La gente vive engañada y creyendo en mitos, es imposible destronar esos mitos sin causar dolor. A quien lo hace le profesan todo su odio.

“Porque para vivir sin mitos hay que ser una persona libre y, para ello, hace falta valor. Las personas de las que escribo son personas pequeñas, sencillas, no siempre poseen este valor. Tampoco lo tienen siempre los intelectuales.

“En nuestro país no tenemos ni siquiera esa experiencia de libertad. El hombre siempre vive aplastado por el ideal, es como si le hubiesen quitado para siempre el derecho a decidir de modo independiente ciertas cuestiones. Y él hubiese entregado su alma al Estado, su alma al ideal. Es decir, no es él mismo quien responde a estas preguntas.

“Estamos ante una manera de pensar nueva y completamente diferente para nosotros. Requiere trabajar a conciencia y con paso lento durante varias décadas. No tenemos que convertirnos en revolucionarios ni en guías espirituales.

“Hay que hablar más con la gente sobre el coraje necesario para vivir, decirles que tenemos que reconciliarnos con el pasado, señalar dónde está el bien y dónde el mal. En nuestra conciencia hoy todo está embrollado…”.

Es preciso el amor

“Considero que el escritor, por supuesto, siempre está condenado a la soledad, pues tiene que encontrar en soledad palabras para explicar lo que ocurre. A veces, claro, le invade la impotencia de las palabras. Puede parecer que las palabras no son capaces de mucho, que hoy en día son impotentes.

“Pero creo que si no se buscan esas nuevas palabras, el mundo será más temible… Cuando puse el punto final de mi libro sobre Chernóbil, pensé que tenía que seguir escribiendo. Entendí que debía centrar mi atención de nuevo en el individuo. Ese mismo individuo soviético cuyo país había desaparecido. La era soviética se esfumó, la historia soviética se evaporó. Vivimos entre escombros, debemos revisarlo todo de nuevo…

“Hay que aguzar el oído a lo que dicen las personas. Escuchar otra vez de dónde sacan valor para vivir. Y, en general, es preciso amar… Es lo único que puede salvarte en cualquier parte. Incluso en el exilio…

“Creo que vivimos unos tiempos en que se necesita mucha valentía, porque el mundo es cada vez más imprevisible e inestable. Hoy en día uno no puede sentirse en ninguna parte libre de peligro. Solemos olvidar que el mundo está lleno de arsenales nucleares. Y que cuando explotó Chernóbil, al cabo de cuatro días, las nubes radioactivas ya se cernían sobre África y China…”.

(Publicado el 10 de octubre por el periódico mexicano El Universal; cortesía de la Coordinación de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes)

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