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Descubrir lo extraordinario en la rutina

© Adolfo Llopis Ibañez / Flickr / CC
Joven estudiando
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Mi vida es única, yo soy único y Dios me ama como soy

Me apasionan las cosas cotidianas, las rutinas. Y me gusta lo nuevo, cuando venzo el poder de mis miedos y me aventuro en aquello que no controlo tanto y temo no hacer bien.

Me gusta hacer las cosas con toda el alma puesta como prenda. Me gusta que mi amor y mi forma de amar sean diferentes cada día, aunque cada día parezca semejante al anterior.

Porque la luz de un nuevo día, siempre es distinta. Porque mi forma de amar en presente es original y extraordinaria. Me gusta vivir el hoy sin quedarme prendido en el pasado, sin angustiarme con los problemas que el mañana pueda traerme. Cada día tiene su afán.

Definitivamente, quiero vivir una vida extraordinaria. Quiero vivir de forma única. Porque mi vida es única, yo soy único y Dios me ama como soy. Ninguno de mis gestos es igual a otros gestos. Nunca mi forma de amar repite moldes.

Sí, me gusta vivir de forma extraordinaria. Luchando por dar la vida. Abierto al misterio que se me regala en cada persona con la que me encuentro, a la que amo.

Decía el padre José Kentenich: “El santo pone extraordinario énfasis en esa entrega sin reservas. Cuando la entrega adolece de seriedad y profundidad radical, se da una confianza en uno mismo no purificada. El santo está convencido de que la bondad paternal de Dios no descansará hasta eliminar el último resto de afección enfermiza al propio yo o de confianza injustificada en las propias fuerzas y en ayudas humanas”[1].

Me gustaría hacer las cosas de forma extraordinaria. Me gustaría ser más santo en mi día a día. Sin calcular demasiado. Sin esperar tanto de las personas y de la vida. Sin obsesionarme con que Dios me trate bien y cuide mis pasos.

Tantas veces me dejo llevar por lo que deseo. O pongo mi yo en el centro como si todos tuvieran que pensar en mí y tomarme en cuenta. O pienso que todo depende de mis fuerzas, de mi capacidad, de lo que soy y tengo.

Me gustan las palabras de una persona mayor: “A través de los años mi corazón ha sufrido. Pero es el sufrimiento lo que nos da fuerza y nos hace crecer. Un corazón que no se ha roto, es estéril y nunca sabrá de la felicidad de ser imperfecto. Me siento orgullosa por conservar la sonrisa de mi juventud, antes de que aparezcan los surcos profundos en mi cara. Sé que no voy a vivir para siempre, pero mientras esté aquí, voy a vivir según las leyes de mi corazón. No pienso lamentarme por lo que no fue, ni preocuparme por lo que será. El tiempo que quede, simplemente amaré la vida como lo hice hasta hoy, el resto se lo dejo a Dios”.

Así es posible vivir una vida extraordinaria. A veces a mí me falta fe en lo extraordinario, fe en el poder de Dios. Fe en su amor que es extraordinario y me ama de una forma tan personal y única que cambia mi vida.

La fe de la vida diaria me hace creer en la actuación extraordinaria de Dios en mi vida, en mis obras, en mis palabras, en mis actos.

Sí, Dios está actuando siempre. Y yo dudo. Y me veo sólo a mí en medio de la tormenta sin contar con su amor y su cuidado. Y se me olvida que vivir de forma extraordinaria la vida tiene mucho de confianza y abandono en sus manos.

 

[1] J. Kentenich, Cuarto Hito

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