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Las abejas, el cirio pascual y Pío XII

PASCHAL,CANDLE

Fr. Lawrence Lew, O.P. | CC BY-NC-ND 2.0

Miguel Cuartero Samperi - publicado el 11/05/15

La Pascua es el culmen de la vida cristiana y la solemnidad más grande de toda la vida litúrgica de la Iglesia

La Pascua es el culmen de la vida cristiana y la solemnidad más grande de toda la vida litúrgica de la Iglesia.

La celebración de la Vigilia Pascual se divide en cuatro momentos igualmente importantes y ricos de significado: la liturgia de la Luz, la liturgia de la Palabra, la liturgia Bautismal y la liturgia Eucarística.

El término “Pascua”  -tal y como indica el hebreo Pesach– significa “pasaje”: es la fiesta del pasaje de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz.

Es por eso que –en la riqueza de símbolos llenos de significados– el cirio pascual asume un significado primordial: es el símbolo de Cristo, “nuestra luz”, que ilumina las tinieblas del pecado en el que vivía el mundo antes de su Encarnación y en el que a menudo se encuentran nuestros corazones.

La luz del cirio pascual ilumina cada celebración durante los cincuenta días de la Pascua (la cincuentena pascual) y se apagará solemnemente al finalizar la Vigilia de Pentecostés.

Las abejas en la Laus Cerei

La importancia del cirio pascual, solemnemente encendido en la Noche Santa, se evidencia por el amplio espacio que le dedica el antiguo himno del Exultet –conservado en el Misal Romano– que anuncia el glorioso evento de la Resurrección de Jesús. Es por eso que, en la historia, estos himnos pascuales eran llamados Laus Cerei.

En esta noche de gracia,
acepta, Padre Santo,
el sacrificio vespertino de esta llama,
que la santa Iglesia te ofrece
en la solemne ofrenda de este cirio,
obra de las abejas.
Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego,
ardiendo en llama viva para gloria  de Dios.
Y aunque distribuye su luz,
no mengua al repartirla,
porque se alimenta de cera fundida,
que elaboró la abeja fecunda
para hacer esta lámpara preciosa.
¡Qué noche tan dichosa
en que se une el cielo con la tierra,
lo humano con lo divino!
Te rogamos, Señor, que este cirio,
consagrado a tu nombre,
para destruir la oscuridad de esta noche,
arda sin apagarse
y, aceptado como perfume,
se asocie a las lumbreras del cielo.
Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,
ese lucero que no conoce ocaso
Jesucristo, tu Hijo,
que, volviendo del abismo,
brilla sereno para el linaje humano,
y vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.

En este pasaje del Exultet (o Pregón Pascual) se hace referencia dos veces a las abejas que producen cera con la que se confecciona el cirio y se alimenta la simbólica llama.

Las abejas en el antiguo Egipto y en Grecia

En la mitología y en la religión del antiguo Egipto, así como en la literatura clásica griega, las abejas y la miel tienen un significado misterioso vinculado al mundo de la divinidad.

La miel es el alimento de los dioses, dulce al paladar, que desciende del cielo creando un puente entre el cielo y la tierra; es signo de pureza, de castidad y dulzura. Las abejas son el símbolo del culto a diversas divinidades de Corintio, Éfeso y Creta.

Tanto en Egipto como en Grecia se encuentran testimonios de la presencia de la miel en algunos ritos fúnebres como alimento destinado a la vida ultraterrena.

Las abejas en la Biblia

En la Biblia (sobretodo en el Antiguo Testamento) la abeja es un arquetipo de significado polivalente, como muchos símbolos (objetos, elementos naturales, o animales).

La abeja es el símbolo de la laboriosidad, del trabajo incansable, del fervor, como se lee en el texto griego de los Proverbios: 

“O dirígete a la abeja y aprende qué trabajadora es y qué trabajo noble realiza. Sus trabajos reyes y plebeyos consumen para una buena salud y es deseada y estimada por todos. Aunque es frágil en su fuerza física, por haber honrado a la Sabiduría, es respetada” (LXX. Pr. 6,8).

La abeja es también símbolo de organización y de método en el trabajo para construir el nido y producir la miel y la cera; es también el símbolo de la bondad que va más allá de las apariencias:

“Pequeña entre los que vuelan es la abeja, mas lo que ella elabora es lo más dulce” (Si 11,3).

Por eso fue también interpretada como imagen de Israel o la Virgen María.

Pero por otra parte la abeja es también el símbolo de los enemigos que atacan al justo de cualquier parte:

“Me rodeaban como avispas” (Sal 118, 12).

Los pueblos enemigos son comparados con insectos molestos:

“Aquel día silbará Yahveh al enjambre que hay en los confines de los ríos de Egipto, y a las abejas que hay en tierra de Asur” (Is 7,18).

Y su miel

La miel, fruto del trabajo de las abejas, es un don de la bondad y la predilección de Dios: “lo saciaría con la miel de la peña” (Sal 81,17); símbolo de la dulzura de los juicios de Dios que son “más dulces que la miel, más que el jugo de panales” (Sal 19, 11); símbolo del amor: “Miel virgen destilan tus labios, novia mía. Hay miel y leche debajo de tu lengua” (Cnt 4,11); símbolo de la tierra prometida, “una tierra que mana leche y miel” (Ex 3,8; 3,17; 13,5 Et al.); también el “maná”, alimento bajado del cielo para aliviar el camino de Israel en el desierto, “con sabor a torta de miel” (Ex 16,31); la miel es el alimento de los consagrados a Dios como Juan (Mt 3,4) y como el niño Mesías anunciado por Isaías que “Cuajada y miel comerá” (Is 7,15).

Las abejas y los Padres de la Iglesia

Los Padres de la Iglesia, sensibles a las metáforas extraídas de la vida cotidiana y la naturaleza, han hecho referencia muchas veces a las abejas en sus homilías y catequesis.

La laboriosidad y eficacia de la abeja es alabada por Clemente Alejandrino:

“La abeja chupa las flores de toda una pradera para sacar una sola miel”.

Teolepto de Filadelfia cita a las abejas como un ejemplo a seguir, un modelo para la vida de las comunidades monásticas: “¡Imiten la sabiduría de las abejas!”.

San Ambrosio de Milán compara la Iglesia con una colmena donde las abejas (los cristianos) trabajan con fervor y fidelidad buscando y obteniendo, lo mejor de cada flor: la miel.

También Bernardo de Claraval habló de las abejas considerándolas un símbolo del Espíritu Santo que vuela y se alimenta del perfume de las flores.

La abeja es también considerada imagen de Cristo por su miel pero también por su aguijón: es la misericordia (dulzura) unida a la justicia (fuerza).

Para Orígenes el agua sacia al peregrino durante el camino en el desierto, pero llegado a la meta, la miel es el alimento de la riqueza y la victoria, es el sustento de los místicos, el dulce alimento prometido.

El papa Pío XII sobre el papel de las abejas

También el papa Pío XII ha dedicado elogios a las abejas, a su organización y a los frutos de su trabajo; lo hizo el 22 de septiembre de 1958 en un discurso a los participantes al 17º Congreso Internacional de Apicultores convenidos a Roma para el evento.

En esa ocasión, el Papa definió el mundo de las abejas como un mundo sorprendente para la mente humana que, desde la antigüedad, expresa interés y curiosidad por estos laboriosos insectos. De la actividad de las abejas – subrayaba el papa Pacelli – los hombres obtienen numerosos beneficios.

Antes incluso de hablar de la miel (“el producto más característico” de “valiosas propiedades nutritivas”), el Papa habló de la importancia de la cera, obra de estas “incansables trabajadoras”.

“Si consideramos que las velas, destinadas al uso litúrgico, deben ser confeccionadas – completamente o en su mayoría – por esta cera, debemos admitir que las abejas ayudan de alguna manera al hombre a realizar su deber supremo: el de la religión”.

Seres que se organizan

La perfecta organización de la sociedad colmenar (una “ciudad industrial donde se trabaja asidua y ordenadamente”) ofrecía a Pío XII la ocasión para una reflexión sobre la sabiduría e inteligencia divinas.

Si la ciencia reconoce en la sociedad de las abejas una extraordinaria capacidad organizativa y una incomparable precisión matemática, la filosofía debe excluir que la inteligencia que vuelve posible esta sorprendente realidad sea la de las abejas (incapaces de entender y de progresar sino sólo de obedecer a un instinto innato): el origen debe buscarse en otro lado.

“¿A qué conclusión llegar sino a que la inteligencia que dirige la organización de la colmena y la vida de las abejas es la de Dios, que ha creado el cielo y la tierra, que ha hecho germinar las hierbas y las flores y ha dotado de instinto a los animales?

Nosotros los invitamos, queridos hijos, a ver la obra del Señor en la colmena, frente a la cual nos maravillamos.

Adórenlo, por lo tanto, alábenlo por este reflejo de su divina sabiduría; por el cirio que se consume en los altares, símbolo de las almas que desean arder y consumarse por Él; alábenlo por la miel, que es dulce, pero menos que sus palabras, que el salmista define ‘más dulces que la miel’ (Sal 119,11)”.

Al final del discurso, el Papa animó a los apicultores a reforzar su fe deseándoles que llegaran a saborear la dulzura de la miel prometida por el Señor:

“Queridos hijos, que estudian el mundo misterioso y maravilloso de las abejas, saboreen y vean, en la medida de lo posible aquí abajo, la dulzura de Dios. Un día saborearán y verán en el cielo que el océano de su luz y su amor eternos es infinitamente más dulce que la miel”.




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