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Católicos verdaderos, católicos con coraje

JMJ Rio 2013
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Es en los tiempos malos cuando surgen los buenos auténticos cristianos

El P. Alfonso Llano en una de sus columnas dominicales dijo lo siguiente: “Ser católico no es para cobardes, ni para miedosos, ni para personas débiles, ser católico requiere coraje y una profunda experiencia de fe…”. 

El coraje para ser católico, es la determinación para seguir a Jesucristo, amándole a Él y a la Iglesia, es el compromiso de responder con valor  al Señor cuando Él nos llama a servirle. 

Hay que decir también que todos somos llamados por Jesús y que este llamado comienza así: Una inquietud de servir a los demás que se siembra en el interior de nosotros los cristianos, quienes, como seguidores de Jesucristo, descubrimos en nuestro caminar que es Dios mismo quien ha colocado ese anhelo en nuestro corazón, anhelo por el cual decidimos salir de lo común y hacer algo extraordinario, “pues el mismo Dios que dijo: De las tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo” (2ª Cor. 4, 6).

Incontables veces, muchos de nosotros al presentarse esta oportunidad de servir a los demás como respuesta al llamado divino, sobre todo si somos de esos que se las saben todas de “análisis” y de “la realidad”, respondemos diciendo: “Los tiempos actuales son muy malos como para servir a los demás”… a veces tomamos el arado, pero volvemos nuestra vista atrás o nos enfocamos en lo que falta por hacer más que en el llamado mismo (Lc. 9, 57-62). 

Y algo que tenemos que saber es que, los tiempos malos son para la gente buena… pero no la gente buena que no hace nada malo, sino la gente buena que hace de su seguimiento de discípulo algo extraordinario, pues es en los tiempos malos que surgen los buenos auténticos cristianos; para muestra un botón, todos los santos de nuestra Iglesia florecieron, no en los momentos de popularidad o de bienestar, sino en los de sufrimiento, rechazo y crisis de fe, porque entendieron que, “en efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna” (2ª Cor. 4, 17).

Científicamente, de manera rápida y general, sabemos que el alto calor transforma el hierro en acero que la enorme presión sobre el carbón hace que se forme un diamante y que el crisol purifica y eleva de valor el oro impuro; la historia sigue también este mismo patrón, produciendo para la cristiandad el “acero en la fe”. 

Por ejemplo, el siglo XVI, a pesar que para muchos historiadores fue un desastre, lo cierto es que nos ofreció varios frutos de santidad, recordemos por mencionar algunos a San Carlos Borromeo, San Felipe Neri, San Luis Gónzaga,… o un San Jerónimo Emiliani, San Ignacio de Loyola, San Pedro de Alcantara y Santo Tomás Moro… y que decir de las tan amadas Santa Rosa de Lima y Santa Teresa de Jesús.

También el siglo XIX con su racionalismo, ilusionismo y la lucha abierta contra la Iglesia para desprestigiarla, hizo nacer para la cristiandad más Santos que nunca: San Juan Bosco, San Antonio María Claret, San Marcelino Champagnat, Santo Domingo Savio, Santa Bernardette Soubirous, San Juan María Vianey y Santa Teresita del Niño Jesús. 

Es decir, también nuestros tiempos son, en su correcto sentido, malos y aunque en muchos de nuestros ambientes cristianos no nos veamos sometidos a las pruebas que la Iglesia debió superar en otras épocas, no por eso deja de ser el momento para que la semilla de santidad pueda florecer.

En estos tiempos no necesariamente se ocupa el “fuego” para atacar a la Iglesia, como en otras épocas, sino el “agua”. Se trata de un agua fría que apaga cualquier entusiasmo ardiente de entrega al Señor como servicio a los demás, agua que busca apagar el calor del amor de Dios reflejado en nuestro servicio, agua casi congelada que nos invita a vivir una vida suave, ligera, sin compromisos serios y que insinúa una vida light, como el “café light” que no tranquiliza, que no quita el sueño, ni lo da, que al final no sirve para nada, vida definitivamente tan inhumana porque te encierra en una burbuja llena de soledad.

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