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¿Si mi hijo(a) quiere venir a casa con su pareja homosexual debo acogerlos?

© PASCAL PAVANI / AFP

Pareja lesbiana durante una marcha a favor del "matrimonio gay", en Toulouse (Francia), el 17 de noviembre de 2012

Henry Vargas Holguín - publicado el 17/02/15 - actualizado el 25/01/19

Este es el motivo por el que el Magisterio no habla de «homosexuales», sino de «personas» con tendencias homosexuales, distinguiendo entre persona y tendencias. Es una distinción importante, explicada en los documentos.

El Magisterio de la Iglesia nunca ha rechazado ni nunca rechazará a las personas con estas tendencias homosexuales, por el simple hecho de tener dicha tendencia.

Es más, hay muchas de estas personas que trabajan en la pastoral, son personas de fe, están unidas a la Iglesia. Todos tenemos la misma identidad fundamental: el ser criaturas y, por gracia, hijos de Dios, herederos de la vida eterna.

Estas personas no dejan de ser hijos de Dios, no dejan de ser personas que puedan recibir los sacramentos, siempre y cuando estén en gracia de Dios. Como cualquier otra persona de otra tendencia sexual. ¿Imposible esto? No. ¿Difícil? Tal vez sí, pero esto es ya otra historia.

“Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior…, la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana” (Catecismo, 2359).

La homosexualidad es una circunstancia personal, pero como tendencia no es pecado en sí misma, a no ser que se ejerza. Si se ejerce sí ofende a Dios.

Es obvio que hay que acoger a las personas con estas tendencias, pero esto no significa aceptar algunas realidades inherentes; es decir, no se puede confundir la acogida con la aceptación de otras realidades que giran en torno de la condición homosexual.

En este sentido, tampoco se debe permitir que la casa de familia se convierta para la pareja homosexual en un refugio amoroso. El hogar paternal debe ser respetado.

Lo que no se aceptan son, entre otras cosas, el mal llamado ‘matrimonio’ gay, que estas parejas puedan adoptar niños y pretendan imponer un nuevo tipo de familia,… no es aceptable la sexualidad antinatura.

“La Tradición ha declarado siempre que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso” (Catecismo, 2357).

Lastimosamente se confunde el rechazo al pecado, con el rechazo a la persona. Como se dice por ahí: “Hay que rechazar el pecado mas no al pecador”.

El pecado se rechaza en cualquier persona indiferentemente de su orientación sexual, pero no se rechaza a la persona en sí misma. ¿Difícil de entender? No creo.

Hay que denunciar el pecado allá donde esté, allá como esté. Jesús no vino a condenar sino a salvar. Él comía con los que necesitaban de él. “Al verlo los fariseos decían a los discípulos: ¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores? Mas Él, al oírlo, dijo: No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt. 9, 11-13).

O como dice san Pablo: “En efecto, siendo libre, me hice esclavo de todos, para ganar al mayor número posible…. Me hice todo para todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio. Y todo esto lo hago por el evangelio para ser partícipe del mismo. (1 Cor 9, 19-23).

Uno no debe juzgar a nadie y mucho menos condenar, aunque a la vez un padre o una madre debe sopesar la responsabilidad que tiene sobre su hogar.

Toda persona es digna de aprecio, respeto y acogida. Es cada persona quien se debe confrontar ante la santa presencia de Dios.

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