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En busca de la tierra prometida

© Désirée MARTIN / AFP

Alfa y Omega - publicado el 18/01/15 - actualizado el 08/02/19

Argelia y Marruecos, un infierno

La policía argelina no les hizo fácil la estancia. «Hay mucha vigilancia. En seguida te cogían y te deportaban a la frontera con Malí, a una zona peligrosísima donde no había comida ni agua. Sólo llegaba un camión desde Argel cada semana, con algún alimento». Así que robaban agua a las ovejas y cabras para coger fuerzas y poder encaminarse hasta Marruecos, intentando no ser vistos por la policía.

«Al menos en Argelia no nos pegaban», reconoce. Cosa que no ocurrió en el país marroquí, donde «me llevé las mayores palizas de mi vida. La policía nos quitaba todo lo que llevábamos encima, nos llamaban esclavos, nos tiraban piedras y nos maltrataban hasta la extenuación». Karim recuerda cómo a algunos inmigrantes tenían que amputarles un brazo, o una pierna, después de que la paliza les dejase llenos de heridas infectadas.

Así que, para no ser vistos, vivían en el bosque y, de madrugada, bajaban al pueblo para «robar el pan que dejaban en la puerta para las cabras». Otras veces iban al vertedero de Selouane a buscar comida. «En ocasiones, encontrábamos bolsas de basura que tenían dentro comida en perfecto estado. Eran regalos que nos dejaban las mujeres marroquís, a espaldas de sus maridos. Tengo un gran recuerdo de ellas… Siempre nos ayudaban, y lloraban al vernos sufrir».

Abdul intentó entrar ocho veces en España. Algunas veces saltando la valla. «Desde el monte Gurugú –antesala marroquí de la frontera con Melilla, donde acampan miles de inmigrantes esperando poder pasar a España–, vigilábamos los movimientos de la policía de frontera: a qué hora había cambio de turno, a qué hora se iban a rezar… Estudiábamos sus movimientos para hacer el salto».

Pero siempre le cogían. Otra vez lo intentó escondido dentro de un camión de piedras. También en vano. Finalmente, a la novena vez, entró. Su amigo del alma, con el que salió de Camerún, no tuvo tanta suerte. Se quedó tres años más en Marruecos, y hoy vive en Valladolid. «Llegué nadando, desde Nador hasta el puerto de Melilla. Fue otra de las experiencias más duras de mi vida», reconoce Abdul. De hecho, iban cuatro chicos, y llegaron sólo dos. «Tuvimos que permanecer en el agua casi un día entero, con su noche, hasta que la patrulla se distrajo y entramos».

La tierra prometida

Era el año 2007. «Llegué con los ojos blancos y sangrando al puerto de Melilla. Allí me recogió la Cruz Roja, y me llevó al CETI –Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes–, donde estuve dos semanas». Esos días hubo pruebas médicas, informes policiales…, «aunque yo no entendía nada. No hablaba ni una palabra de español». Así empezó el periplo de Karim por España. «Todas las vueltas que me hicieron dar ya me daban igual. Había llegado, había cumplido mi sueño».

Del CETI de Melilla fue a la comisaría durante dos noches. De la comisaría, llegó esposado a un avión que le trajo hasta el CIE –Centro de Internamiento de Extranjeros– de Aluche, en Madrid. Del CIE, una ONG le llevó junto a una veintena de inmigrantes a un centro en Miraflores de la Sierra (Madrid). De allí, dos meses después, bajaron a la capital, a un albergue de Cruz Roja en el barrio de Simancas. Era febrero. Abdul llegó a Madrid con una camiseta de manga corta y los zapatos rotos. «Me dolían los huesos del frío», recuerda.

Fue en ese centro dónde, en un panel con varias direcciones de centros de ayuda a los inmigrantes, encontró el nombre de la parroquia de San Francisco de Borja, en la calle Claudio Coello. «La parroquia tiene un centro, Padre Rubio, dedicado exclusivamente al trabajo con inmigrantes. Me llamó la atención por todo lo que ofrecían: ropero, clases de español, bolsa de trabajo… Así que me apunté la dirección en un papel y salí a buscar». Abdul Karim, por aquel entonces, ya hablaba algo de español. Así que, entre mapas y algo de dinero que sacaba de aparcar coches en la cuesta de la Almudena para coger el metro, llegó hasta la parroquia jesuita.

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