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Lo que nos enseña la vida de Jesús en Nazaret

© Waiting For The Word
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Dios nos muestra algo, que para mí, es esencial en la familia: estar sencillamente, pasar tiempo

La vida de Jesús rompe mis esquemas lógicos, lo que parece sensato y eficaz. Con todo lo que hizo Jesús en 33 años de vida, ¿cómo es que su vida pública duró tan poco tiempo? ¿Qué hubiese conseguido Jesús con más años de vida pública?
 
Quizás hubiese conseguido más discípulos, o hubiese curado a más gente. Me desconcierta. Jesús necesitó una familia. Nos habla de su vulnerabilidad, de su humanidad. Fue una etapa de recibir, de vivir sencillamente, de crecer respetando los procesos del alma, los tiempos, las preguntas.
 
¡Me gustaría tanto saber qué sucedió en Nazaret en esos treinta años en que Dios permaneció oculto en la tierra, forjando su corazón en el temple del silencio, de la sencillez y de la intimidad de un hogar!
 
Jesús, al curar, al cuidar, al dar la vida, al partirse y derramarse, tenía sus raíces hondas en su hogar de Nazaret. Allí creció seguro y confiado, aprendió a asomarse a la vida, a apasionarse. Me conmueve este misterio de silencio, de guardar y aquilatar, de crecer.
 
Todo el pozo lleno de Nazaret se desbordó en su vida pública. Dios nos muestra algo, que para mí, es esencial en la familia. Estar sencillamente. Pasar tiempo.
 
Perder las horas, vivir el instante único en que un hijo empieza hablar, o a caminar, o se pregunta por primera vez quién es y cuál es su misión. Ese momento en que por primera vez conoce la pérdida, el desamor, el éxito, el desaliento.
 
Estar, callar, acoger, dejar que surjan las preguntas en el alma del otro y acompañar, cuidar, respetar. Dar raíces y alas. El hogar, donde uno siempre vuelve cuando está perdido, cuando siente que no pertenece a nada.
 
Alrededor de una mesa compartiendo lo que ha sucedido en el día, con esa complicidad que hay en la familia, con recuerdos comunes de infancia, con gestos parecidos, con las mismas bromas.
 
Jesús tendría nostalgia de su tiempo en Nazaret cuando estaba por los caminos, donde el tiempo se detenía, donde creció jugando y aprendió a amar la vida, a mirarla con asombro, donde aprendió a mirar dentro de sí mismo.
 
El misterio de ese tiempo donde el único milagro era el amor sencillo, la vida normal y cotidiana.
 
Jesús crecía con José y María. Ellos fueron cuidando cada etapa de Jesús, acompañándolo admirados al descubrir en Él cómo se iba desplegando, con impotencia e incertidumbre, con esa alegría de tener en sus manos un tesoro que en realidad no era suyo. Confiando en que Dios se mostraría, con respeto infinito.
 
Cuánto le querían. Nos gustaría saber más de esos ratos alrededor de la mesa del hogar de Nazaret, de las primeras palabras de Jesús, de sus preguntas de niño, de su alegría al entrar en casa y llenarlo todo.
 
De las miradas y los silencios, de las tareas cotidianas y los ratos de oración, de las confidencias y las preocupaciones compartidas. De los abrazos. De los momentos de enfermedad en que se cuidarían. De los ratos con José en el taller. De las risas.
 
Me impresiona mucho pensar en Jesús perdiendo el tiempo, oculto en su casa de Nazaret hasta que llegó su momento. Jesús creció en la seguridad del amor entre José y María. Así Jesús descansaría cada noche, sabiendo que otros velaban por Él.
 
Descansó en el amor que se tenían María y José, en su intimidad y complicidad. Ese es el mayor regalo que le dieron a Jesús en la vida y ese tesoro lo enterró dentro de su alma para regalarlo a tantos que no tenían hogar.
 
Me impresiona que en lo poco que se habla de la vida oculta de Jesús nombra siempre a María y José juntos: «José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes

».
 
En Belén. En Egipto. En la pérdida a los doce años. María siempre va de la mano de José. Siempre los nombra en plural. Suben a Jerusalén, entran en el templo, se admiran de lo que dicen Simeón y Ana del niño, vuelven a Nazaret. La compenetración entre los dos. La unidad.
 
José y María sabían quién era Jesús. Pasaban los días y no sucedía nada. Lo cotidiano guardaba dentro el milagro más grande. Esperaron. Aguardaron. Confiaban. Jesús no hizo nada durante treinta años. Sólo vivir, crecer, aprender, compartir la vida, dar y recibir amor.
 
Sus gestos se parecerían a los de María y José, se fijaría en ellos, los miraría con asombro de hijo. Poco a poco iría también descubriendo quién era, su misión, cómo estaba llamado a dar hogar a otros, a ser para otros roca como lo fue Nazaret para Él. Su misión de regalar ese amor incondicional y cálido que recibió de Dios y de María y José.
 
Aprendió de ellos a compartir la vida con sencillez, a caminar al lado de otros, a perder el tiempo con cualquiera. Aprendió a mirar hondo en las almas. 

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