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¿Cómo imaginarse el cielo? ¿Qué haremos en él?

Shebeko
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Las autorizadas opiniones de un gran filósofo español del siglo XX, Julián Marías

Julián Marías destaca en una generación intelectuales del último período de entreguerra en Europa. Ese tiempo de destrucción marcó sus preocupaciones temáticas. Su figura permite ser analizada desde muchos enfoques distintos, lo que demuestra que es un hombre rico como el diamante. Entre sus múltiples facetas, nos interesa una poco conocida, la de hombre de Fe. Y no de una Fe lejana, sino atrayente, como la que ilumina los temperamentos serenos.

Existe un giro en su vida, recién fallecida su compañera de camino, en que Marías realiza una gran reflexión sobre la vida perdurable. El objeto de este artículo son las imágenes y conceptos que expresa sobre el Reino definitivo. En él nos hace una singular propuesta: Imaginarnos el Cielo.   

Vemos que su propuesta es noticia cuando afirma que “para tener algo, hay que haberlo deseado previamente”.

La novedad es el movimiento
           
A diferencia de sus antecesores, no se refiere al ser de las cosas, a su naturaleza. Cuando las explica, siempre lo hace en términos de movimiento. Así sus ideas nos hablan de dinámicas y proyectos. Este enfoque lo heredó de su maestro, Ortega y Gasset.
                 
La dinámica que seguimos para ir a un lugar
                 
Cuando queremos llegar a un sitio – por ejemplo a la escuela para buscar a los niños o al quiosco para comprar el diario – el proceso que seguir está compuesto por diversas fases.
                 
En primer lugar, uno imagina el lugar.  A continuación, es el desearlo. Y al final, el poseerlo.
                 
Quien no imaginó, no deseó
                 
Algún teólogo ha señalado que el Paraíso no es imaginable al considerar la frase del Apóstol: “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre las cosas que Dios preparó a los que le aman” (1 Co 2-9).
                 
Sin embargo para imaginarlo, no es necesario coincidir plenamente con el Padre pensando el Cielo, pues es suficiente con la pálida imagen inicial para poder desearlo. Y además al final “Dios no se va a quedar corto” y superará lo que nos hemos imaginado. Resuena aquí el “querer creer”, lema de guerra de  la Fe de Unamuno, escritor bien conocido por Marías.
                 
El Cielo será un mundo
                 
En el Cielo viviremos una vida corporal y mundana, porque será en un mundo. Hay que señalar que Marías no muestra una conciencia de la ruptura escatológica, aunque su descripción cumple la finalidad de imaginar para desear.
                 
Dice san Juan que vio “un cielo nuevo y una tierra nueva”. Concretamente habla la Escritura de una ciudad: la “nueva Jerusalén”.
           
En el Cielo habrá relaciones interpersonales
                 
También explica qué cosas y qué personas hallaremos  dentro del mundo que imagina. Para empezar, en él encontraremos a los seres queridos. Precisamente ese amor nos proyecta también a la vida eterna.
                 
No vagaremos flotando de forma espectral. “Dios nos conocerá por nuestro nombre”. Resuena como un eco la frase de otro converso, Peguy: “En mi Paraíso, habrá cosas”.
                 
Un Cielo de cantantes, jardineros, madres de familia
                 
En la nueva vida, seguiremos ejerciendo nuestra profesión. “Eso lo tengo claro en las actividades vocacionales”. Así un labrador, una madre de familia. “Si no, no sería nuestra vida”.
                 
La edad que tendremos en el Cielo
                 
A continuación, Marías llega a imaginar la edad tendremos en el Cielo. Para ello disiente de muchos teólogos que indican una edad fija – la de Cristo, la edad en que morimos o 40 años-. Esto se debe según nos deja intuir, a que el profesor quiere ver a un niño.

                 
Por ello afirma “si tomáramos en serio a esos teólogos, en el cielo no veríamos al Niño Jesús”. Si consideramos cuánta gente se ha acercado a Cristo por medio de Dios hecho ternura, no  poder verlo ¿qué sentido tiene?
                 
Nuestras edades serán acumulativas, sucesivas. ¿Por qué no se van a conservar las edades en la otra vida? “Sería una carencia”, motiva. Así la vida humana es sucesiva. Se es niño, luego joven, adulto maduro, viejo. Los padres nos alegramos al ver crecer a los hijos, pero echamos de menos al bebé de seis meses o al niño de seis años.
                 
El Génesis narra la Creación del hombre con el verbo “hagamos” (Gen 1-26). Muchos teólogos han visto en el plural de hagamos la referencia a la Trinidad de Personas que hay en Dios. Marías en cambio está atento a la gramática. Hagamos implica un futuro: Vamos haciendo, iniciemos la empresa. El hombre es un proyecto en la Historia y así fue pensado por Dios. Aunque en el Cielo no haya tiempo, el hombre es esencialmente histórico. Entonces, “¿no sería un gigantesco desperdicio haber creado la humanidad en condición histórica para destruirla después?” Es una posibilidad que no merece ni pensarse- apostilla.
                 
Imaginar el Cielo con personas en edad plural, le permitía no sólo desear ver al niño Jesús, sino también a su mujer, a un hermano y a todos los amores limpios que suele acumular una persona a lo largo de su vida.
                 
La novedad de Julián Marías, más allá de los contenidos que explica, se encuentra en las formas que utiliza para desarrollarlos. Se dirige a la gente de su época, rodeada de una cultura dinámica y visual. Su grandeza sin comparación es haber explicado con un lenguaje convencional que con la muerte no se acaba todo, sino que hay una resurrección del hombre corporal, al que le aguarda el Cielo. Y este mensaje es siempre de necesidad urgente.
 

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