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El premio Nobel y el tirón de orejas a los reguladores de esta crisis

© Ljupco Smokovski / Shutterstock

César Nebot - publicado el 30/10/14

El gran problema de la crisis actual es la propia corrupción de quienes debían haberla combatido

El pasado 13 de octubre, la Real Academia de las Ciencias de Suecia otorgaba el premio Nobel de Economía al académico francés de la Universidad de Toulouse Jean Tirole (Troyes, 1953) por sus estudios sobre cómo se regulan los monopolios.

Jean Tirole es un reconocido experto en microeconomía cuyos estudios han tenido un crucial impacto en la literatura sobre el poder de mercado y la regulación óptima. No en vano es el octavo investigador más citado del mundo  y sus obras sobre Teoría de Juegos y Organización Industrial son bibliografía de referencia en todas las facultades de economía.

Varias voces se han alzado criticando que este premio recaiga más en la pizarra que en la realidad, en la modelización matemática que en la economía cotidiana y más en los tiempos en los que se requieren vías de solución a la crisis que se perpetúa más tiempo del esperable.

Pero tal vez esa visión sea un tanto superficial. Me explico.

Tras siete años de crisis desde que estallara la burbuja financiera subprime en Estados Unidos, se han puesto de manifiesto varias cuestiones que nunca se habían considerado en tal grado en crisis anteriores.

En primer lugar, el ritmo de globalización actual no sólo ha servido como cauce de transmisión del crecimiento económico sino que ha propiciado un vehículo de transmisión para que la crisis económica se haya diseminado a mayor velocidad. Se ha globalizado la crisis. En cada área económica o país se han encadenado crisis subsiguientes en función de la debilidad que aquejaba su divisa o la propia deuda soberana o las imperfecciones de mercado.

Ante un problema global se precisaba una respuesta global así que los dirigentes de las primeras potencias e instituciones supranacionales ejercieron su papel supranacional para formular la refundación del capitalismo.

La segunda característica que deseo destacar es cómo los países han tenido que renunciar a parte de su soberanía para acoger este tipo de recomendación o regulación coordinada en favor de supra instituciones como el Fondo Monetario Institucional, el Banco Central, la Comisión Europea, trío que en Europa se bautizó como troika, o el Banco Mundial, la Reserva Federal…

Es curioso que para sortear una crisis que pudiera alterar el funcionamiento de economías democráticas, se ceda soberanía a instituciones que sin haber sido elegidas democráticamente toman decisiones relevantes para los ciudadanos.  Por ejemplo, la Constitución Española desde que iniciara su andadura en 1978 sólo se ha reformado dos veces. En septiembre de 2011, se reformó sin referéndum y a modo exprés en su artículo 135 para limitar el déficit estructural bajo las directrices de la Unión europea. Así pues, las medidas sociales contracíclicas quedaban supeditadas a la satisfacción de las obligaciones financieras en una clara muestra de cesión de soberanía.

De esta forma, las supra instituciones han pasado a jugar el papel de reguladores para velar por el correcto funcionamiento de los mercados y garantizar la salida de la crisis. Han sido múltiples las ocasiones en las que Christine Lagarde del FMI y Olli Rehn de la Comisión Europea han pedido rebajas salariales para España como forma de combatir el alto desempleo.

Durante todo este tiempo, estas instituciones supranacionales no sólo han demostrado no ser muy originales en sus recetas en política económica basadas en la desregulación para la recuperación sino que en sus intentos han rozado el ridículo como en Grecia o en Chipre, con graves consecuencias sociales.

La obstinación del Fondo Monetario Internacional o de la Comisión europea en desregular parcialmente un mercado como el laboral es chocante cuando a la vez obvian oligopolios y monopolios en otros mercados que dificultan el desarrollo e inducen desempleo. En Europa se hace evidente el poder de los

lobbies.

La patronal española se sube al carro y pide el despido libre. Se recorta en educación y en sanidad pero se disfraza como mejora de eficiencia. A la par se regula en favor de los oligopolios como las eléctricas y la banca. De hecho en España se ha llegado al absurdo de gravar la generación energética, lo que se ha pasado a llamar poner un impuesto al sol. Se han rescatado bancos con dinero público, mientras que estos bancos han estado desahuciando a personas que han contribuido con sus impuestos a sanear esos bancos.

Pero además de la incoherencia de este doble rasero, lo que estamos presenciando es que mientras las familias se apretaban el cinturón para llegar a fin de mes, trabajando más horas y cobrando menos, los directivos de las antiguas cajas dilapidaban en gastos en de dudosa respetabilidad el esfuerzo de todos. Arturo Fernández vicepresidente de la CEOE, la patronal española, que exige el despido libre dilapidaba casi 300.000 euros con total impunidad. El Ministro José Manuel Soria que tanto ha trabajado para la protección del corral de las eléctricas, tiene intereses familiares en dichas empresas. Además, los expresidentes Aznar y González “trabajan” en dichas empresas con sueldos que ningún mortal de los que se levantan a las seis de la mañana para trabajar doce horas podrá aspirar jamás. La puerta giratoria ha funcionado por encima de las posibilidades de los ciudadanos que han visto cómo el recibo de la luz se ha elevado a un ritmo vertiginoso.

Actualmente ha saltado a la palestra los abusos económicos de Rodrigo Rato en el caso Bankia. El que fue Ministro de Economía en España bajo la presidencia de José María Aznar y más tarde presidente del Fondo Monetario Internacional se erige como otro de los casos de la vergonzosa corrupción política en España.

Pero en la historia reciente del FMI, ni Christine Lagarde, imputada en un caso de corrupción en Francia, ni Dominique Strauss Kahn, con su affaire juzgado por proxenetismo, pueden considerarse adalides de la integridad con autoridad para recomendar a nadie, ni ningún país cómo debe comportarse para superar la crisis. Crisis de la que viven ampulosamente al margen.

En resumidas cuentas, una de las claves que explicaría el tremendo fracaso de este tipo de instituciones que ejercen el papel de regulador es que obedecen a criterios políticos sujetos a intereses espurios.

Jean Tirole, que seguramente no ha disfrutado nunca de los emolumentos que estos grandes reguladores han dispuesto, ha rellenado muchas pizarras trabajando intensamente y de forma seria en el análisis de la concentración de poder y las posiciones dominantes en los mercados.  Una de sus contribuciones más importantes al respecto es el diseño óptimo de la regulación de estas situaciones.  Ya en el 2005, Tirole defendía que el número de eléctricas que operan en España es a todas luces insuficiente para un funcionamiento adecuado del mercado dando lugar a efectos sociales indeseables.

Habida cuenta el nefasto papel regulador de la Troika, parece necesario a día de hoy un poco más de pizarra de análisis económico y menos intereses políticos espurios sometidos a lobbies de presión que constituyen los oligopolios.  Por eso mismo, considero acertada la decisión de la Academia Sueca de otorgar el premio nobel a Jean Tirole. La Academia premia a un profesor cuya pasión es ayudar a resolver los problemas económicos desde su pizarra en clara denuncia de los que procuran resolverse sus propias economías a costa de los demás.

Seguramente Tirole declarará el dinero y lo usará para financiar alguna de las investigaciones que lleva en curso, mientras que en España sólo en esas dichosas tarjetas opacas de Bankia los directivos de Caja Madrid se han gastado 18 veces el premio Nobel, así nos luce el pelo.

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