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El rumbo del Sínodo lo marcan el Evangelio y el Papa, no las «teorías de la conspiración»

AP Photo Gregorio Borgia
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Habla el profesor mexicano Rodrigo Guerra, experto durante el Sínodo

El Sínodo Extraordinario sobre la familia ha terminado. Entrevistamos a Rodrigo Guerra, miembro del Consejo Pontificio Justicia y Paz, de la Academia Pontificia pro Vita y del Equipo teológico del CELAM. Labora como Director del Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV) y ha fungido como experto en esta importante asamblea eclesial.

– ¿Cuál es su balance del Sínodo?  ¿Se cumplieron las expectativas que había creado?

El Sínodo ha sido un “caminar juntos” y un verdadero “Kairós”, un tiempo de gracia. Creo que para los laicos que hemos podido vivir de cerca este proceso no puede ser sino un signo de esperanza y de renovación. Las expectativas que se han abierto en torno a él son de lo más variadas. Es importante entender que este fue un encuentro preparatorio para el Sínodo ordinario que se celebrará en octubre de 2015. Por ello, habrá aún que esperar para mirar cuales expectativas se cumplen y cuáles no.

– ¿Hacia dónde va el Sínodo? ¿Cuál es su verdadero rumbo?

El rumbo no lo señalan los profetas del desastre que desafían al Papa movidos por diversas teorías de la conspiración y por un inmovilismo doctrinal aparentemente ortodoxo pero que encubre suspicacias diversas. En mi opinión, el rumbo lo marcan el Evangelio y Francisco, que es garante de la unidad de la Iglesia. El rumbo consiste en profundizar en el depósito de la fe para renovar en clave de misericordia y de misión la pastoral familiar. El rumbo esta dado porEvangelii gaudium. Y por las valientes y clarísimas homilías del Papa.

– ¿Ve usted un “cisma” por las posiciones “encontradas” que sugieren los medios? 

Quien conoce la historia de la Iglesia no puede estar sorprendido que existan discusiones en un Sínodo. La firme doctrina de los Concilios, por ejemplo, siempre estuvo precedida de fortísimos debates. Sólo quienes no son atentos a la dimensión histórica de la Iglesia se escandalizan al descubrir distintos énfasis y tendencias.

En el caso de nuestro Sínodo Extraordinario, el diálogo fue sumamente fraterno, cordial y animado por la petición explícita de Francisco para que nadie tuviera miedo de expresar su parecer. Sólo unas pocas voces asumieron una actitud amarga y lamentaron el clima de libertad auspiciado y presidido por el Santo Padre.

– A propósito, ¿cómo vio usted el papel que jugaron los medios seculares en el Sínodo?

Muchos medios de comunicación informaron con bastante objetividad sobre el Sínodo. Sin embargo, algunos intentaron usar las discusiones para abonar a su propia agenda ideológica. Principalmente pienso en aquellos que consideran que la fidelidad a la fe significa inmovilismo. Estaban a la caza de algún error, de alguna deficiencia, para exhibir en el fondo que el Papa está cometiendo errores al buscar una Iglesia más colegial, más misericordiosa y más cercana a las heridas de las familias reales.

Por otra parte, cierta prensa liberal también quiso promover su propia agenda intentando hacer aparecer al Sínodo como un espacio de condescendencia acrítica al mundo postmoderno. Ambas posiciones, aunque aparentemente situadas en polos opuestos, abrevan de la misma matriz: disolver lo específico cristiano en un discurso moral y de poder, ya sea conservador, ya sea liberal.

– ¿Qué vislumbra usted para el próximo encuentro de octubre de 2015?

Durante un año, las conferencias episcopales de todo el mundo habrán de reflexionar y asumir con seriedad los desafíos formulados en el Sínodo Extraordinario, para impulsar – con renovada creatividad – una agenda pastoral de vanguardia. Quienes asistan al Sínodo del próximo año tendrán que venir como discípulos misioneros, a ofrecer de manera alegre y propositiva ideas para la necesaria reforma que hoy necesita la Iglesia en este campo.

– ¿La Iglesia necesita una “reforma”? ¿No es demasiado fuerte este concepto?

Sí, lo es. Joseph Ratzinger ya lo mencionaba en su “Informe sobre la fe”. También lo recordaría en el Meeting de Rímini de 1990: ¡Ecclesia semper reformanda!, la Iglesia requiere de reforma continua. En aquella ocasión, él usaba un término todavía más radical: se necesita una “ablatio”, una ablación, para remover aquello que es inauténtico. Los latinoamericanos no desconocemos esto. Le llamamos “conversión pastoral”. Lo importante es entender que la verdadera reforma no proviene de la lógica del poder o de un nuevo management, sino de la adhesión dramática de nuestro corazón a Aquel que nos sostiene, aún sin merecerlo.

– ¿Vio usted en este Sínodo Extraordinario una huella palpable de la enseñanza del Papa Francisco?

El Sínodo Extraordinario ya tiene un fruto. Francisco a través de esta experiencia eclesial, nos propone un método educativo: vivir fraternamente como discípulos misioneros de Jesucristo, estimulando la comunión y la participación, confiando que el Espíritu Santo no abandona jamás a esta frágil y diversa grey. Si nos dejamos educar por la providencial palabra del Papa, podremos abrirnos a las sorpresas que Dios nos tiene preparadas para el futuro.

– ¿Cuál es la relación entre la beatificación de Pablo VI y el Sínodo que acaba de terminar?

Pablo VI creó los sínodos para que la colegialidad anime más y mejor la vida de la Iglesia. El también estaba convencido que la Iglesia requiere una “reforma”. Así lo señala en una amplia sección de Ecclesiam suam. En este mismo documento él apuntaba el peligro de creer que la seguridad de la fe radica en la “inmovilidad de las formas” con que la Iglesia se ha revestido a lo largo de los siglos. La fidelidad a Jesucristo exige diálogo y escucha atenta de los signos de los tiempos que nos toca vivir. Para el Beato Pablo VI la Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo. Sólo así ella se hace palabra, mensaje y coloquio evangelizador.

– ¿No cree usted que la Iglesia debe tener alguna precaución al dialogar con el mundo?

Hay una tendencia extendida en algunos ambientes que consiste en creer que para no equivocarse es mejor ser “tuciorista”, es decir, vivir de acuerdo a un criterio “precautorio”. Esta es la postura de quien privilegia la seguridad del refugio y elude ensuciarse trabajando en las periferias. Es la actitud de quien repite la doctrina y no explora las virtualidades del depósito de la fe con fidelidad creativa.

Estoy convencido que Francisco no quiere una Iglesia precavida. El quiere una Iglesia que mire con atención el rostro de Jesucristo, y por ello, él busca una Iglesia misionera, pobre y llena de bondad para con todos. Hoy más que nunca lo que necesitamos los pecadores es recibir un abrazo misionero radical, que acoja de corazón toda nuestra miseria, y nos invite a emprender una nueva vida en compañía.
 

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