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Carlos Padilla Esteban - publicado el 11/10/14

Las experiencias difíciles no trabajadas, no entregadas, no aceptadas, acaban pesando mucho, nos rompen, sólo podemos entregárselas a Dios, Él nos libera y abraza

Todos tenemos sed. La más común, la que siempre existe, es la sed de amor. Todos necesitamos pertenecer a algo, a alguien, a un lugar, beber de una fuente. Puede ser un grupo de amigos, una pandilla, un club social.

El pertenecer a un lugar calma el corazón, pero no del todo. Deseamos que alguien nos quiera incondicionalmente y por eso mendigamos cariño. A cualquier precio a veces. Buscando echar raíces, encontrar el agua, la paz, el amor que sacia. ¿De qué tenemos sed nosotros?

No nos basta un vaso de agua para calmar una sed tan intensa. Nos cuesta aceptar nuestra vida, nuestra historia, los pasos mal dados. Aceptar y no negar lo que hemos vivido. Tenemos sed de algo que nos dé un sentido.

Decía el Padre José Kentenich: «¡El hombre de hoy tiene que soportar tantas cosas! Aguanta muchísimo. Pero normalmente sólo se puede asimilar internamente una cantidad determinada de impresiones. Si son demasiadas, el ser humano se quiebra. O hace quebrarse a otros. Lo uno o lo otro. Y en eso consiste la obra maestra de nuestra vida: superar esas impresiones no digeridas»[1].

Las experiencias difíciles no trabajadas, no entregadas, no aceptadas, acaban pesando mucho, nos rompen. Sólo podemos entregárselas a Dios, dárselas como un don sagrado. Él nos libera y abraza.

Son esas heridas que hacen que permanezcamos lejos del vaso, paralizados, sedientos. No logramos beber. Es importante aprender a digerir las cosas que nos pasan. Eso sólo acaba siendo posible en Dios.

Una herida de amor es la que llevamos todos dentro. Por eso tantas veces buscamos sucedáneos que logren calmar un poco la sed. Cariño comprado, suplicado, mendigado. Cariño a cambio de otras cosas. Y así compensamos. Buscamos el equilibrio compensando. Sentimos la punzada del dolor y compensamos. No estamos en la posición correcta y compensamos.

Decía el Padre Kentenich: «Nosotros no podemos con nuestras debilidades y buscamos satisfacciones para reemplazarlas. Hay satisfacciones de reemplazo permitidas. Pero también muchas veces huimos de nosotros mismos. No tenemos el valor, la tranquilidad para vernos desnudos, allí donde estamos, y entregarnos a Dios en nuestra desnudez. Si lo lográramos, nos veríamos libres de muchas cosas penosas»[2].

Buscamos satisfacciones para compensar, para calmar la sed, pero seguimos vacíos. Por eso nos vamos muriendo lentamente, sedientos, al pie de un vaso de agua cristalina. Compensamos. No aceptamos nuestra vida como es, buscamos atajos.

María nos quiere enseñar a descansar en su corazón. Nosotros, cuando rezamos el rosario, recorremos los misterios de la vida de Jesús, de su vida. Ella, al pensar en nosotros, recorre los misterios de nuestra vida y nos calma. Reza mi vida. Medita mi historia. Da gracias por los momentos sagrados de mi camino.

Su rosario consiste en desgranar con calma los misterios de mi vida. Se alegra con los gozosos. Sufre con mi dolor. Con todo lo que me cuesta aceptar porque me duele. Se maravilla con la luz de muchos momentos. Todos esos momentos los deja deslizarse entre sus dedos. Especialmente esos difíciles que me cuesta acoger. Y da gracias y canta por mi vida.


[1] J. Kentenich, 1952

[2] J. Kentenich, 1952

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almalibertad
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