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Un hijo discapacitado, una bendición para la familia

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Revista Ser Persona - publicado el 03/07/14

Dios nos confió a Beto... y decidimos a favor de la vida

Beto el primero de mis hijos, cumple veinticinco años. Sus cuatro hermanos, mi esposa y yo, le hemos preparado una fiesta sorpresa, y la cara  que pone corresponde plenamente a nuestras expectativas; se muestra alborozado ante lo preparado, su vista recorre con gran alegría los regalos, el pastel y bocadillos. Notamos un profundo brillo en sus oscuros ojos mientras le cantamos a coro “feliz cumpleaños”. Como siempre ha tenido el don de una gran espontaneidad en dar amor, es él quien se abalanza para abrazarnos fuertemente como si fuéramos nosotros los festejados, pero bien conocemos la sensibilidad de su corazón. Luego nos va señalando a cada uno con el dedo y nos dice con amplia sonrisa y emocionada dificultad –¡Sorpresa! Sí… ¡Sorpresa!–.

El ultrasonido y estudios diversos, nos hicieron ver con claridad que nuestro hijo primogénito nacería con problemas neurológicos. Con el corazón oprimido,  nos decidimos a esperar con amor su llegada al mundo, esforzándonos por asimilar la verdad de fe “de que todo es para bien”. Una verdad cuya luminosidad se nos fue revelando poco a poco, en Beto mismo.

Para nosotros, iniciando nuestro matrimonio, la vida comenzaba con un proceso de cambios, algunos deseables y enriquecedores, otros como simples pruebas que tocan a cualquier matrimonio que comienza, y, de las cuales, ciertamente no esperábamos mayores. Mi esposa y yo nos veíamos construyendo una historia familiar cual una novela rosa, e inconscientemente nos habíamos encerrado en una esfera  de sutil insensibilidad antes las dificultades ajenas. Vivíamos en un contrasentido, amábamos sin saber mucho del amor, y nuestra vocación nos llamaba a hacer de nuestro proyecto familiar una fuente del mismo… Cuando llegó Beto a nuestras vidas.

Escuchar su primer llanto, fue el inicio de nuestro aprendizaje para entender la vida  como el mayor de los dones, y  un claro camino para aprender a  participar de esa sublime realidad compartiéndola con los demás. Comprendimos con toda claridad  que nuestro hijo era   “especial”, no en referencia a sus limitaciones físicas, sino “a la confianza depositada por Dios” en mi esposa y en mí, al entregar a nuestro cuidado a quien era también su hijo por la  paternidad de su ser personal; un don muy superior a la vida biológica con la que nosotros habíamos contribuido. Un maravilloso don que a nosotros nos correspondía solo aceptar agradecidos. 

Nuestro pequeño se supo  siempre aceptado por unos padres que se daban juntos en el amor. Aceptado con el cariño natural del hijo engendrado, pero más que nada, aceptado como la persona que hemos ido descubriendo progresivamente para amarlo y educarlo. Beto allanó así el camino de la madurez de nuestro amor de esposos,  un amor que enriquecido se extendió   al resto de nuestros hijos y quienes nos rodean.

A medida que nuestro hijo crecía, nosotros descubríamos que a través de sus limitadas facultades, siempre se podía ver nítidamente su persona. Que era él, ese alguien único e irrepetible; quien obraba, observaba,  comprendía, recordaba, sentía y vivía. Era ese “alguien”, quien metía los dedos en el tarro de mermelada y escurría el bulto, para luego aparecer muy serio con toda la cara embadurnada.

Su constante disposición al abrazo amoroso, su sonrisa al comprender instrucciones, sus gestos de preocupación y tristeza ante el regaño, sus naturales berrinches que amainaban al menor gesto de comprensión percibido. Todo era marcado por la constante de su tierna compañía.

Para Beto, el darse y aceptar a propios y extraños ha sido su más profunda conexión con la existencia, y desde muy niño empezó a brincarse a la torera todas las barreras que impiden dar el corazón. Lo empezamos a notar cuando daba espontáneamente sus recientes regalos de navidad, a quienes, por su fina intuición, captaba en realidad de desvalidos; al hacerlo, aguzaba sus sentidos buscando una expresión de alegría en los rostros, y, ante el asombro y la duda de los beneficiados, era tajante. Para él, lo dado era dado y jamás reclamado. Cuando intentamos reponerle   sus regalos, manifestaba a las claras que no era eso lo que quería, pues al dar sus regalos se daba el mismo, su regalo ya lo había recibido y era el haber hecho  feliz a otro, así de sencillo.

Fue creciendo y en sus esfuerzos académicos, se detuvo en cuarto año de primaria  en plena adolescencia. Ha visto a sus  hermanos avanzar y partir a la universidad, recibiéndolos y despidiéndolos efusivamente en su ir y venir académico, y  en su tránsito seguro a la natural autonomía. Él, a su vez, obtenía ante nuestros ojos mayores logros, sus propios logros. Entre muchas cosas aprendió a tomar el autobús, consiguió un sencillo empleo y va ampliando su mundo poco a poco. Siempre sereno, paciente y noble, como si bien supiera que lo difícil e incomprensible  para su mente no lo es tanto, si confía, y el…confía.

Mi hijo camina percibiendo solo la  mejor parte de lo que lo rodea y en el solo anida la bondad y un fresco asombro por la vida. No miente, no tiene rencores, envidias ni frustraciones; nos ama plenamente sin causarnos penas por deficiencias morales y con un transparente amor filial.

No nos cabe la menor duda que nuestro hijo se dirige a su destino; ser la mejor persona que deba ser y salir al encuentro del infinito amor que espera al final del camino.

Todos los hijos son el mayor de los dones y Beto es nuestro don especial.

Artículo publicado por la Revista Ser Persona. Contacto: hola@revistaserpersona.com

Tags:
discapacidadfamilia
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