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La enorme aportación de Álvarez Icaza por un México mejor

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Una monja de clausura que soñaba con el reino social

La constante súplica a Dios de la Madre María Angélica Alvarez Icaza fue siempre la siguiente: “Ya puedes tenerme paciencia porque ni viva ni muerta he de descansar de rogarte porque suceda esto –esto significaba una patria más justa, más libre, más honesta”
 
Un temblor mueve a México, el buen trabajo de un Gobierno también lo mueve, pero una súplica a Dios es escuchada –qué duda cabe- lo mueve más.  
 
Olalla Oliveros era una bella modelo española que realizaba publicidad para grandes marcas y hacía cine, teatro y televisión. En el último post de su blog, como si hubiera “muerto” para el mundo del espectáculo escribió: “Dios me hizo un casting y me eligió. No pude decir que no”. Ahora es una mujer que bajo el hábito de religiosa está consagrada a Dios.
 
Toda proporción guardada y muchos años antes, una mexicana no menos hermosa y plena en su personalidad, nacida en la ciudad de México en 1887, en el seno de una familia conocida y acomodada, que de pequeña quería formar una familia, fue llamada por Dios a los 18 años y también le dijo sí. 
 
Se trata de María Angélica Álvarez Icaza, ocupada siempre por México, que murió en paz, en el Distrito Federal en 1977, después de una vida plena. Perteneció a la orden de la Visitación. Tuvo experiencias místicas. Su vida transcurrió durante la persecución de los católicos en México. Fue desterrada a los 32 años a España y luego regresó a México. Actualmente está en proceso de canonización.
 
La Madre María Angélica estuvo siempre convencida que uno de los encantos del amor de Dios era que la vida mística tiene profunda influencia en la sociedad y en la política. Ella era monja de claustro y su vida entera la dedicó a pedir la salvación de su querido México. Soñaba con que viniera el reino social de Cristo al mundo y en especial a México.
 
Pero ¿qué es el reino social? Nada menos que el reino de Dios en su patria, sus escuelas, su gobierno, sus leyes, su constitución, en fin, en todo. Le dijo a Dios: “No descansaré ni viva, ni muerta, hasta que caigan las leyes que nos separan de Dios”.
 
Es lo mismo que escribía el 25 de abril en su Twitter el Papa Francisco: “Nunca nos dejemos arrastrar por la vorágine del pesimismo. La fe mueve montañas”;  el mismo recurso del que echó mano Juan Pablo II cuando se propuso dar un paso fuerte hacia un mundo más libre derribando el muro de Berlín.
 
La constante súplica a Dios de la Madre María Angélica Alvarez Icaza fue siempre la siguiente: “Ya puedes tenerme paciencia porque ni viva, ni muerta he de descansar de rogarte  porque suceda esto –esto significaba una patria más justa, más libre, más honesta”.
 
Ella vivió un México no menos convulsionado que el nuestro, siempre en su convento, siempre en su claustro, pero siempre consiente de la realidad del país y su máxima siempre fue: “Cristo tiene que reinar no sólo en nuestros corazones, sino en nuestra sociedad. Los políticos no pueden gobernar, los diputados no pueden legislar, ni tampoco los jueces juzgar, olvidándose de la ley natural”, es decir de la justicia, de la verdad y de la honestidad.

 
Artículo publicado originalmente por Reporte Índigo  

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