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Jesús y la reconciliación fraterna

© James Emery
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Jesus enseña a dejar las ideologías a un lado, y a sentarnos todos juntos en una misma mesa

En medio de un mundo acostumbrado a la violencia, el autoritarismo y la envidia, Jesús escucha los clamores y esperanzas de las víctimas, y ofrece el camino de la «reconciliación fraterna» (Mc 12,28-34). Apuesta por un modo de vivir que pretende devolver gestos de humanidad a realidades personales y sociales fracturadas. Se hace próximo al otro compasiva y solidariamente. Por ello, sana a las víctimas y atiende a los pobres, independientemente de su condición religiosa o política (Is 61,1), les ofrece la esperanza en un nuevo estado de cosas y relaciones (2 Cor 5,17) donde el verdadero pecado, que es el de acostumbrarnos a vivir deshumanizados, no triunfe.
 
¿Cómo es que él hace todo esto sin contar con medios económicos, ni con el apoyo de religiosos o políticos? Viviendo un modo de ser que incluye. Se hace cargo de los pobres, las víctimas y los enfermos; comparte con ellos su pan y les dedica su tiempo; los consuela con sus palabras, sin gritos ni maltratos. Ora con los abandonados y denuncia el abuso de los soberbios.
 
Él será el Siervo, aquel que ha sido ungido para el servicio del perdón y la reconciliación como únicas vías capaces de dar esperanza y traer liberación. Enseña a poner las creencias y las ideologías a un lado, e invita a sentarnos «todos» juntos en una misma mesa. Por ello, el proyecto de Jesús no emplea actos violentos (Is 53,3-7) ni actitudes autoritarias; no favorece al carrerismo religioso o la exclusión política. Enseña a ser verdaderamente humanos (Mt 12,18-21).
 
Muchos creen que una vida como la de Jesús es débil. Sin embargo, a él lo mataron precisamente porque vivió así, y no de otro modo. Él estaba convencido de que los líderes religiosos y políticos —victimarios y causantes de tanto dolor y exclusión— lo podían matar, pero nunca quitarle su dignidad filial, mientras él no cediera ante la lógica del miedo ni respondiera con los mismos modos de actuar que lo igualara a ellos (Is 8,12).
 
La suya es la fuerza de la «no violencia» (Mt 5,38-48), la de quien apuesta por la reconciliación. De otro modo, no habrá vida verdadera para nadie. A quien no le duela la realidad y no sienta compasión por lo que sufren las víctimas, pobres y enfermos, nunca creerá en un mundo más humano; será indiferente al modo como se ejerce el poder en la política, la familia o la vida religiosa, y no hará nada para que esto cambie.
 
Jesús no da soluciones políticas ni eclesiásticas. Él apuesta por un modo de vida donde el camino para llegar a un mundo más humano pasa por recrear las maneras como nos relacionamos los unos con los otros y con Dios. Él no se acostumbra a la normalidad de quien vive resignado, ni renuncia a su derecho de vivir en una sociedad de justicia y bienestar para todos. La razón la lleva en su fe: si Dios es Padre de todos, no descansará hasta ver a cada uno de sus hijos sentados en una misma mesa (1 Cor 15,28), porque «todos somos hermanos».
 
Rafael Luciani
Doctor en Teología
rlteologiahoy@gmail.com
@rafluciani

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