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Creyentes y no creyentes: Nos une la incertidumbre y el asombro ante lo enigmático

© Public Domain
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El burdo proselitismo, sea laicista o religioso, es una estupidez

El filósofo barcelonés Francesc Torralba centra el diálogo entre creyentes y personas de otras convicciones -los mal llamados increyentes, porque nadie se define por lo que no es- en lo esencial: si el ser humano está sólo en el cosmos o existe Alguien que vela por él, si nuestra existencia es fruto del azar o hemos sido creados deliberadamente por Dios, si la muerte es la descomposición total de nuestro ser o el tránsito hacía una plenitud integral.

Este es el centro de ese diálogo, y no la actualidad política, social o eclesial. Aunque gana mucho este diálogo cuando se tienen metas comunes. Recodaba esta semana el profesor García Santesmases en la presentación del libro de Torralba “Creyentes y no creyentes en tierra de nadie”, como se promovió este diálogo en los años 60-70 cuando la Iglesia hizo la deslegitimación religiosa de la dictadura.

En todo caso es fundamental encontrar lo que Torralba denomina “espacios de intersección” como son creencias y esperanzas comunes entre los que abrazan la fe religiosa y los que no. De hecho el distingue tres círculos concéntricos: los de la espiritualidad, la religiosidad y la confesionalidad. Mal hacen aquellos que tanto desde la creencia como desde la increencia religiosas reducen estos círculos al último de ellos.

Desde la apuesta por el “atrio de los gentiles” de Benedicto XVI y por las periferias existenciales del Papa Francisco, importan dos conceptos: la biografía y la limitación. La biografía porque cuando se habla de religión -se preguntaba Trías por qué que cuando se pronuncia esta palabra todo el mundo pone cara de erizo- conviene entender desde que experiencia se hace: la imagen de Dios aprendida y su contexto ideológico.

Y la limitación porque, como explicaba el filósofo Ángel Gabilondo en la presentación del libro de Torralba, el diálogo entre creyentes y no creyentes no puede establecerse desde alineaciones enfrentadas, sino desde los límites que a unos y a otros nos atraviesan y nos unen, como son la incertidumbre y del asombro ante lo enigmático y lo inefable. Esta es la tierra de nadie, en la que ni la esperanza en un mundo mejor pueda excluir la esperanza religiosa, ni la esperanza religiosa pueda reconocerse ajena a la esperanza en un mundo mejor.

El pecado común de creyentes y no creyentes está en el olvido del otro, que sustituye el diálogo de la fraternidad por el monólogo del paternalismo. Como bien dice el Papa Francisco, el burdo proselitismo, sea laicista o religioso, es una estupidez.

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