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Abusos sexuales: «Lo primero es llorar con los que lloran»

WYKORZYSTANIE SEKSUALNE

Yupa Watchanakit | Shutterstock

Alfa y Omega - publicado el 07/02/14 - actualizado el 25/02/20

Testimonio de una joven norteamericana que sufrió abusos sexuales de niña, y ahora ha escrito un libro para ayudar a otras víctimas

La escritora estadounidense Dawn Eden, famosa por su libro La emoción del casto, ha publicado ahora Mi paz os doy, un libro que, basándose en su propia experiencia como víctima de abusos sexuales, busca ayudar a otras víctimas a superar el trauma de haber sufrido abusos sexuales a través del ejemplo de los santos

Tras el divorcio de su madre, la pequeña Dawn Eden pasó parte de su infancia en un entorno en el que estaba sometida a «ver a adultos desnudos, a la pornografía, a conversaciones sexualmente gráficas». Pero lo más grave es que «uno de los novios de mi madre abusó sexualmente de mí».

Le siguió una vida de sexualidad desordenada, dedicada al periodismo sobre música rock, hasta que un libro de G.K. Chesterton, El hombre que fue jueves, se cruzó en su camino. Fue el primer paso de un largo proceso de conversión hasta que, a los 31 años, se hizo cristiana y, seis años después, católica. Ahora, ha consagrado su celibato al Sagrado Corazón de Jesús a través del Inmaculado Corazón de María, y está en proceso de ser admitida como consagrada en su diócesis. También estudia Teología, y le gustaría hacer el Doctorado en Roma.

Tras dedicar su primer libro, La emoción del casto, a defender la castidad frente al mundo pansexualizado contemporáneo, Dawn Eden ha escrito otra obra, basada en su propia historia, para ayudar a las víctimas de abusos sexuales: Mi paz os doy. Sanando las heridas sexuales con la ayuda de los santos. Con este motivo, ha concedido una entrevista a la publicación on-line Catholic World Reporter, en la que cuenta su experiencia y entra también a valorar la actuación de la Iglesia en los casos de abusos sexuales a niños por parte de sacerdotes.

Un sentido al sufrimiento

En la entrevista recuerda su propio proceso de sanación tras los abusos. Las consecuencias más graves que sufrió -explica- fueron una depresión y tentaciones suicidas que la acompañaban desde la adolescencia. Estas secuelas desaparecieron «instantáneamente cuando recibí la gracia de la fe en Cristo a los 31 años». Sin embargo, aún le quedaban otros efectos del abuso, «incluyendo la ansiedad, los recuerdos recurrentes, y la hipersensibilidad». Como recién conversa, llegó a pensar que el hecho de que estas consecuencias permanecieran «significaba que no tenía suficiente fe», por lo que, además, se culpaba a sí misma por sufrir.

Cuando fue admitida en la Iglesia católica, «sentí instintivamente que de algún modo las heridas que conservaba, de algún modo, tenían sentido en Cristo, que no eran mi culpa». Durante los tres años siguientes, luchó mucho por ver cuál podía ser ese sentido. Por fin, en 2010, dos hechos la ayudaron mucho.

El Corazón sana al corazón

En un retiro ignaciano, «por primera vez empecé a ver mis propias heridas a la luz de las heridas de Cristo. Y me di cuenta de que, si Cristo estaba glorificado y conservaba sus heridas, y si yo unía mi propio corazón herido al Corazón herido y glorificado de Jesús, mis heridas se podían convertir en la rendija por la que entrara la luz de Cristo». Esto fue toda una revelación, ya que hasta entonces había pensado que «mis heridas me separaban del amor de Cristo». De hecho, dentro de sus estudios de Teología, la autora está investigando sobre el sufrimiento redentor según los escritos de santo Tomás de Aquino y el Beato Juan Pablo II.

El otro momento importante fue cuando, en un libro sobre santos contemporáneos, descubrió la figura de la Beata Laura Vicuña, una niña argentina que murió a comienzos del siglo XX, y que durante tres años sufrió abusos por parte del amante de su madre. Dawn se identificó con la historia de esta niña que, en su lecho de muerte, perdonó a su madre por haber permitido los abusos que sufrió, y «de hecho ofreció su vida por la conversión de ésta. Cuando leí eso, rompí a llorar porque me di cuenta de la importancia que tenía para mí, pues necesitaba perdonar a mi madre por no protegerme».

También le impresionó que el testimonio de esta Beata era muy aplicable a la sociedad contemporánea, puesto que los niños que viven en hogares donde hay un hombre que no es el padre tienen un 33% más de probabilidades de sufrir abusos. «Fue la inspiración directa» para escribir su libro.

Eliminar el sentimiento de culpa

¿Cómo pueden ayudar las vidas de santos a una víctima de abusos? «El efecto más tóxico de los abusos sexuales a niños» -explica- es el sentimiento de culpa: como mecanismo de defensa, «los niños tienden a culparse por el mal que otros ejercen sobre ellos». Frente a esto, si la víctima «descubre que hay un santo que sufrió heridas similares y que la Iglesia reconoce que está en el Cielo, puede darse cuenta de que el abuso no fue un pecado suyo». No ha buscado sólo a santos que hayan sufrido abusos sexuales en su infancia. También le han servido, en su peculiar itinerario, santos que hayan tenido que lidiar con traumas de algún tipo, como san Ignacio de Loyola o santa Teresa de Lisieux.

Eden subraya también que, aunque el libro está dirigido a los adultos que sufrieron abusos de niños, puede ayudar también a los sacerdotes y agentes pastorales que acompañan a las víctimas. «El poco trabajo que se hace aún con las víctimas de abusos tiende a centrarse en Misas o retiros de corte carismático», en los que se pide al Espíritu Santo una sanación instantánea. Puede ocurrir -reconoce la autora-, pero «la forma normal de trabajar de Dios es plantar semillas en nosotros, que crecen con el tiempo». Es a este crecimiento al que deben colaborar los agentes pastorales, con paciencia y ayudando a la víctima a ir tomando conciencia de su identidad como hijos de Dios.

La autora también tiene consejos para los católicos de a pie que se encuentren con alguna persona que sufre por haber sufrido abusos sexuales: «Lo primero es llorar con los que lloran. Normalmente, nuestro primer instinto es simplemente resolver el problema, presionar a la persona para que mire más allá de su dolor. Pero ayuda mucho más el reconocer su dolor, reafirmar que lo que le hicieron estuvo mal». En segundo lugar, hay que rezar por esa persona. Y, tercero, «cuando esté lista, hacer lo que esté en nuestra mano para que encuentre tanto un director espiritual competente y con experiencia en estos casos, como un terapeuta, preferiblemente católico» o que respete la fe católica.

Católica, a pesar del escándalo por los abusos sexuales

Curiosamente, Dawn Eden se estaba planteando entrar en la Iglesia católica justo cuando estalló, en Estados Unidos, el escándalo de los abusos sexuales perpetrados por sacerdotes. «Al principio -reconoce-, sospeché de la Iglesia. Pregunté a amigos católicos cómo podían ser parte de una Iglesia que tenía ese mal dentro de ella, y recuerdo que me sorprendió su respuesta, porque estaban tan furiosos por los abusos como cualquiera. Por la forma en la que informaban los medios», pensaba que todos los católicos se defendían alegando que cada acusación era mentira. «Ver que los católicos sufrían por los abusos mismos, no por que se hubieran hecho públicos, me abrió más a entrar en la Iglesia».

Sin embargo, «lo que realmente me ganó realmente fue el testimonio constante de la Iglesia a favor de la dignidad de la vida humana, porque el abuso es una experiencia que daña mucho el alma. Es una especie de homicidio. Cuando vi el amor de la Iglesia por la vida humana en cada etapa, particularmente en el vientre materno, me hizo darme cuenta de que sólo la verdad que proclamaba la Iglesia era capaz de proteger a los niños de los abusos. El hecho de que seres humanos pecadores que son miembros de la Iglesia desobedezcan la ley de Dios no quita nada a la verdad de la ley que proclama la Iglesia».

La autora es consciente de que puede haber gente que se haya alejado de la Iglesia por los abusos sexuales -por haberlos sufrido, o por el escándalo mediático-. Pero, si «sólo hace falta un mal sacerdote para ahuyentar a alguien de la Iglesia, sólo hace falta un buen sacerdote para traerle de vuelta». Eso sí, «sobre todo hace falta la oración de todos los miembros del Cuerpo Místico, para que vuelvan las ovejas perdidas».

Atención espiritual, y para todos

La entrevista esta autora publicada en The Catholic World Report cobra especial relevancia al haberse reavivado la polémica sobre cómo hizo frente la Iglesia al escándalo de los abusos sexuales. Preguntada por este tema, asegura que «hay aspectos de la respuesta de la Iglesia que son muy buenos; por ejemplo, el énfasis en que cualquier abuso por parte de un representante de la Iglesia tiene que ser denunciado, no sólo a la Iglesia sino a las autoridades competentes». También alaba las medidas recogidas en los protocolos elaborados por los obispos de Estados Unidos.

Sin embargo, «hay que hacer mucho más». De entrada, «seguir las normas que ya existen». Pero, sobre todo, «hay que mejorar dramáticamente la atención a las víctimas. Hay que ofrecerles ayuda espiritual», no sólo psicológica, como se hace ahora. En segundo lugar, pide que la ayuda no se ofrezca sólo a las víctimas de sacerdotes, sino a todas las víctimas de abusos sexuales, pues la mayor parte ocurren en el ámbito familiar o escolar. «Si sólo nos centramos en las víctimas del clero, estamos dejando de llevar la sanación de Cristo a un gran número de personas que la necesitan».

Por María Martínez López. Artículo publicado originalmente por Alfa y Omega 

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