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Francisco, la cultura y la opción por los pobres

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No hace pronunciamientos políticos, sino de denuncia de la cultura individualista y egoísta

Sin hacer discursos teóricos abstractos, sino comentando situaciones concretas de la vida de sus interlocutores, el Papa Francisco va explicando su modo de comprender la acción transformadora de la sociedad que considera adecuada para que la Iglesia lleve adelante su opción por los pobres.

En su discurso en la “favela de Manguinhos” (barrio pobre), en Río de Janeiro, no partió de análisis estructurales, ni terminó con grandes reivindicaciones a los gobiernos – aunque la realidad brasileña y latinoamericana bien merezcan buenos análisis estructurales, así como fuertes movimientos reivindicativos. Partió de la taza de café que se ofrece al amigo que llega, o del “agua en los frijoles” que aumenta cuando el dinero es poco y son muchas las bocas que sustentar. Terminó con exhortaciones para que tanto los jóvenes como las demás personas no desistan de luchar por el bien común y por la Iglesia.

Para entender esta posición del Papa Francisco necesitamos entender, en términos generales, la comprensión del papel del pobre en el proceso de transformación de la sociedad según la visión marxista tradicional y la visión culturalista seguida por el Papa. Para el marxismo, el pobre es el gran agente transformador de la sociedad a causa de su posición en las relaciones socioeconómicas del capitalismo. Tanto su conciencia como su papel en el proceso de transformación son determinados por las relaciones materiales en que se encuentra. La posición culturalista considerará que el pobre es el gran agente transformador de la sociedad en la medida en que se mantiene fiel a una visión de mundo y a una práctica social solidaria que nacen de su historia social y cultural, de su educación, de las relaciones interpersonales que establece con los demás.

Su conciencia depende de la formación cultural (no confundir cultura con erudición) que recibe y de su fidelidad los valores que construyen el bien común. Su papel en el proceso de transformación no es el resultado de una determinación material, sino una función de su mentalidad y de cuanto está dispuesto a arriesgar su libertad en defensa del bien común.

En América Latina, la Iglesia Católica fue fundamental para crear una cultura solidaria y de compromiso con el otro que es fundamental para la superación de las injusticias sociales y para la construcción del bien común. Una cultura centrada en el valor de la vida, en la contribución de la familia a la sociedad, en la educación del ser humano como persona. Una cultura que, sin duda, necesita crecer en una conciencia política capaz de enfrentar los problemas de la sociedad latinoamericana, pero que está siendo cada vez más amenazada por una cultura egoísta e individualista, que encierra al individuo en sí mismo, dejando que crezca en la conciencia de la necesidad de luchar por la justicia y solidarizarse con los que sufren.

Pero volvamos a la delicada concreción del Papa Francisco en su discurso en Manguinhos. Él comienza hablando justamente de aquellas relaciones sociales comunes y corrientes, en las cuales las personas van encontrando y reconociendo la importancia de unas para otras, practicando la solidaridad y se reconocen como un pueblo. No está hablando para teóricos y, por lo tanto, su preocupación es que estas personas reconozcan en sus vidas estos lazos de solidaridad, para de ahí recuperar la conciencia de la propia dignidad, de sus derechos y de la necesidad de luchar, solidarios, por la construcción del bien común.

Quien lee los pronunciamientos de mayor carga política del Papa Francisco verá que la denuncia se centraliza, sobretodo, en la cultura individualista y egoísta que domina el mundo globalizado. No por un moralismo piadoso, pero si porque esta cultura del tener destruye la solidaridad del pueblo, dificultando la construcción de un verdadero proceso de cambio social.

Y la conclusión final siempre es una invitación para que las personas asuman el protagonismo de sus vidas, no de forma individualista y egoísta, sino solidaria y comprendida sobretodo con los más pobres y con los que sufren. La mirada capaz de ver el cambio de la sociedad no es la mirada determinada por una posición de clase social , sino la mirada iluminada por el amor de Cristo, que ve la necesidad de la fraternidad y de la dedicación al prójimo.

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