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¿Tener una devoción significa tener menos fe en Dios?

© Pascal Deloche / GODONG
¿Las devociones ayudan o mas bien sustituyen a la verdadera fe?
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Alguien dice: soy devoto de tal santo. Otro afirma: soy devoto de Nuestra Señora de Fátima… ¿Pero esto que significa?

Conviene centrar en primer lugar la cuestión planteada, condición indispensable para que la respuesta sea clara. No es, desde luego, el significado del término “devoción”. Es más bien la legitimidad del culto y oración hacia personas que no son Dios. Es éste un asunto puesto de relieve por una significativa parte del protestantismo que, escudado en los preceptos del Antiguo Testamento que prohíben las imágenes religiosas, en realidad se basa en el principio de “solo Cristo”: que sólo a Él –por ser Dios- se debe acudir.

Como en otras cuestiones, la respuesta debe dividirse en dos partes: la primera trata de las fuentes, la segunda de las razones.

El motivo de esa división es que existe un concilio ecuménico dedicado al tema: el II de Nicea –séptimo de los concilios.-, que tuvo lugar en el siglo VIII. Se trata pues de uno de los concilios antiguos que la entera cristiandad acepta, tanto la católica como la ortodoxa y, en principio, también la protestante.

El problema debatido no eran exactamente las devociones, sino las imágenes –incluidas las de Jesucristo o las que hacen referencia directa a Él-, pero su respuesta sobre éstas lleva consigo el de las devociones. Declaró la validez del empleo de imágenes, tanto de Cristo como de la Virgen María y los santos. Y, de paso, distinguió el tipo de devoción que cabía prestar en cada caso. Utilizó unos términos griegos que distinguían entre Dios y los santos: doulía en el primer caso; proskínesis en el segundo. Estas palabras se han traducido como “adoración” y “veneración”. Para la Virgen María, se reservaba un trato especial dentro de la veneración: hiperdoulía, que en castellano ha venido en traducirse como “veneración especial”.

La distinción no es solo terminológica. La adoración se reserva únicamente para Dios. Él es el destinatario de nuestro culto y nuestra oración en todo caso, siempre. Mientras que a los santos se recurre como a mediadores, o sea, para que sirvan de intercesores ante Dios. Esto se pone de manifiesto claramente en la liturgia. Un ejemplo cualquiera: la oración colecta del 1 de mayo, dedicado a San José, reza así: “Oh Dios, creador de todas las cosas, que estableciste la ley del trabajo para el género humano, concede propicio que, con el ejemplo y el patrrocinio de San José, hagamos las obras que dispones y consigamos las recompensas que prometes”. Los santos –aquí San José- nos proporcionan un ejemplo de fidelidad a Dios y una intercesión, que tiene como fundamento precisamente que Dios escucha con predilección a un hijo suyo tan ejemplar.

El Evangelio mismo proporciona argumentos a favor del recurso a intercesores, pues hay unos cuantos milagros que son realizados a partir de la intercesión de personas distintas al beneficiado. Por ejemplo, la curación del siervo del centurión. Con más motivo se puede pensar en el poder intercesor de quienes, tras una vida ejemplar, ya están junto a Dios en el cielo.

La intercesión de la Virgen María que consta en el Evangelio, la de las bodas de Caná, tiene algún rasgo peculiar. Es el único caso en que vence lo que parece ser una resistencia por parte de Jesús mismo, por ser solicitado a destiempo. Pero lo hace, Pone de manifiesto su singular posición y su singular eficacia. La razón es clara: es su madre, y es a la vez la hija de Dios más ejemplar. De ahí la singular veneración que tributan los cristianos.

Además, puede comprobarse, pues los principales lugares dedicados a su devoción, como son Lourdes o Fátima, son también lugares de conversión –en muchos casos, difícilmente explicables-, de renovación de la vida cristiana y, en ocasiones, también de milagros visibles. El que se viva esta devoción con diversas advocaciones, imágenes, etc., es algo que pertenece a la piedad popular. Da lugar quiere tener y conservar sus peculiaridades, lo que no presenta reparos con tal de que viva con ello la fe común.

El Catecismo de la Iglesia Católica dedica varios puntos a este tema. Sobre el uso de imágenes en la liturgia tratan los números 1159-1162. También se detiene en las prohibiciones veterotestamentarias que, no lo olvidemos, abarcaban también las imágenes de Dios mismo, en los números 2129-2132. All´se dice que la novedad que fundamenta el cambio de perspectiva es la Encarnación del Hijo de Dios. Jesucristo, puede leerse, “al encarnarse, inauguró una nueva economía de las imágenes” (n. 2131).

La antigua ley buscaba impedir la idolatría, pero, haciéndose hombre, Dios mismo se convirtió en imagen visible y representable, con lo que se aleja ese peligro. Y, al representar su vida en la tierra, entran ya en escena las imágenes de los primeros santos de la nueva ley –y alguno de los antiguos: Moisés y Elías, en la transfiguración-, especialmente su santísima Madre, con lo que se abre la puerta para extender la imaginería a los santos. Las devociones a los mismos, como queda dicho, debe centrarse en lo que nos enseñan con su vida y doctrina, y en su intercesión. Siempre remiten directamente a Dios.

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