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San Abraham

Un destacado profeta, el padre en la fe de millones de creyentes

ABRAHAM AND THE ANGELS

By Aert de Gelder (1645–1727)

La figura de Abraham es de las de gran peso y relevancia para todo creyente, desde el momento en que lleva el elocuente título de «nuestro padre en la fe».

El Martirologio Romano lo apunta como peregrino por llamada directa de Dios que esperó contra toda esperanza, y -a pesar de lo contradictorio de la exigencia- no regateó a Dios su único hijo, Isaac, finalmente librado vicariamente con el sacrificio de un carnero.

Todos estos hechos se encuentran narrados en el «ciclo de Abraham», es decir, en los capítulos 12 a 25 del Génesis.

Sin embargo, si quisiéramos tener un panorama de la figura histórica de Abraham, por ejemplo de en qué años vivió, cómo era la cultura que lo rodeaba, su religiosidad, etc. nos encontraríamos con barreras difícilmente superables.

Es que aunque las anécdotas que narra Génesis parecen muy concretas, porque despliegan detalles que dan la impresión de que el narrador estaba allí, en realidad están todas contadas en función y con la vista puesta en una situación religiosa muy posterior.

Aunque se basen en material tradicional transmitido oralmente, esas narraciones no han visto su forma escrita sino más de 1000 o 1500 años después de la época de Abraham.

El ambiente que se nos describe en torno a los patriarcas corresponde efectivamente al que podían llevar unos pastores nómadas que se movían entre Mesopotamia y Egipto entre el 2000 y el 1700 antes de Cristo; el tipo de culto religioso que practicaban tiene contexto.

Cada detalle del ciclo patriarcal nos evoca un ambiente concreto y real, aunque poco, o casi nada, pueda decirse de los individuos llamados Abraham, Isaac y Jacob, héroes de una saga demasiado pequeña e irrelevante en su propia época histórica como para que haya quedado de ellos otro vestigio que el de la persistente memoria familiar

Es dudoso -en realidad puede considerarse imposible- que Abraham creyera en el único Dios en el sentido bíblico y posterior del término… ¡esa conciencia de la unicidad de Dios la debemos a los profetas, más de 1000 años posteriores!

Posiblemente el «Dios de Abraham» era un Dios tribal, vinculado a la protección y la identidad de un grupo minúsculo (al «Dios de Isaac» se lo llamará con el casi cómico nombre de «Padrino de Isaac», Gn 31,42).

No entraba en la perspectiva de ninguno de estos grupos nómades que su Dios fuera único; suficiente con que cuidara del clan en las peligrosas noches de la trashumancia.

Nosotros, con nuestra teología muy posterior, podemos considerar esos «Dioses», el de Abraham, el de Isaac, el de Jacob, etc. como hizo la teología de la propia bíblica: como expresiones incompletas del mismo Dios verdadero y oculto, revelado recién a partir de Moisés.

Eso no desluce, al contrario, más bien enaltece, que un pequeño punto humano perdido en el desierto, como lo fue Abraham y los suyos, haya levantado la vista a la inmensidad de las estrellas y haya descubierto que, de alguna manera que él ni podía sospechar ni imaginar, todas esas estrellas se remitían a su «Dios portátil», y que su oscura vida iba a ser el inicio de una luz que llegara a iluminar a todos los hombres.

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