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Santa Catalina de Siena

Esposa mística de Jesús, doctora de la Iglesia y consejera de Papas

© Fr Lawrence Lew CC

Santa Catalina de Siena es una mística dominica que vivió en el siglo XIV. En 1347, el día de Pentecostés, recibió los estigmas. Confió este secreto en 1375 a Raimondo di Capua, su confesor. Nadie vio nunca esas heridas porque eran -parece- invisibles. Habría sido ella quien pidió la gracia de llevarlas escondidas.

Santa Catalina nació en 1347 en Siena, hija de padres virtuosos y piadosos. Ella fue favorecida por Dios con gracias extraordinarias desde una corta edad, y tenía un gran amor hacia la oración y hacia las cosas de Dios.

A los siete años, consagró su virginidad a Dios a través de un voto privado. A los doce años, la madre y la hermana de santa Catalina intentaron persuadirla para llegar al matrimonio, y así comenzaron a alentarla a prestar más atención a su apariencia. Para complacerlos, ella se vestía de gala y se engalanaba con joyas que se estilaban en esa época. Al poco tiempo, Santa Catalina se arrepintió de esta vanidad.

Su familia consideró la soledad inapropiada para la vida matrimonial, y así comenzaron a frustrar sus devociones, privándola de su pequeña cámara o celda en la cual pasaba gran parte de su tiempo en soledad y oración. Ellos le dieron varios trabajos duros para distraerla.

Santa Catalina sobrellevó todo esto con dulzura y paciencia. El Señor le enseñó a lograr otro tipo de soledad en su corazón, donde, entre todas sus ocupaciones, se consideraba siempre a solas con Dios, y donde no podía entrar ninguna tribulación.

Más adelante, su padre aprobó finalmente su devoción y todos sus deseos piadosos. A los quince años de edad, asistía generosamente a los pobres, servía a los enfermos y daba consuelo a los afligidos y prisioneros.

Ella prosiguió el camino de la humildad, la obediencia y la negación de su propia voluntad. En medio de sus sufrimientos, su constante plegaria era que dichos sufrimientos podían servir para la expiación de sus faltas y la purificación de su corazón.

Intimidad y celebraciones esponsales con Jesús

Como una consagración más formal a Dios, a los 18 años, santa Catalina recibió el largo hábito blanco y negro deseado de la tercera orden de Santo Domingo. El hecho de pertenecer a una tercera orden significaba que la persona viviría la espiritualidad Dominica, pero en el mundo secular.

Ella fue la primera mujer soltera en ser admitida. A partir de ese momento su celda llegó a ser su paraíso, y se ofrecía a sí misma en oración y mortificación. Durante tres años vivió como en una ermita, manteniéndose en silencio y sin hablar con nadie excepto Dios y su confesor.

Durante este período, había momentos en que formas repugnantes y figuras tentadoras se presentarían en su imaginación, y las tentaciones más degradantes la asediaban. Posteriormente, el diablo extendió en su alma como una nube y una oscuridad tan grande que fue la prueba más severa jamás imaginable.

Santa Catalina continuó con un espíritu de oración ferviente, de humildad y de confianza en Dios. Mediante ello perseveró victoriosa, y al final fue liberada de dichas pruebas que sólo habían servido para purificar su corazón.

Cuando Jesús la visitó después de este tiempo, ella le pregunto: «¿Dónde estabas Tú, mi divino Esposo, mientras yacía en una condición tan abandonada y aterradora?» Ella escuchó una voz que le decía, «Hija, estaba en tu corazón, fortificándote por la gracia».

En 1366, Santa Catalina experimentó lo que se denominaba un «matrimonio místico» con Jesús. Cuando ella estaba orando en su habitación, se le apareció una visión de Cristo, acompañado por su madre y un cortejo celestial.

Tomando la mano de Santa Catalina, Nuestra Señora la llevó hasta Cristo, quien le colocó un anillo y la desposó consigo, manifestando que en ese momento ella estaba sustentada por una fe que podría superar todas las tentaciones. Para Catalina, el anillo estaba siempre visible, aunque era invisible para los demás.

Su servicio al prójimo

Luego de tres años de vida solitaria en su hogar, santa Catalina sintió que el Señor la estaba llamando en ese momento a llevar una vida más activa. Por lo tanto,

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