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San Herveo

Eremita, ciego de nacimiento, que cantaba los goces del paraíso

Moreau.henri CC

En Bretaña Menor, san Herveo, eremita, que, según la tradición, ciego desde su nacimiento, cantaba con gozo las maravillas del paraíso.

Herveo es uno de los santos más populares en la Bretaña francesa, y figura ampliamente en las trovas y baladas del folklore local. En una época, su fiesta era de precepto en la diócesis de Léon [diócesis bretona].

Su culto, centrado al principio en Lanhouarneau, Le Menez-Bré y Porzay, se extendió mucho en el año 1002, gracias a una distribución de sus reliquias, y llegó a ser general en toda la región de Bretaña.

Con la excepción del nombre de Yves, ningún otro apelativo se impone más que el de Hervé a los niños bretones en la pila bautismal. Los juramentos solemnes se hacían sobre las reliquias del santo hasta el año de 1610, cuando el Parlamento impuso la obligación de que los juramentos en declaraciones legales se hiciesen únicamente sobre los Evangelios.

Desgraciadamente, por falta de informaciones concretas, es imposible reconstruir la verdadera historia de san Hervé. Su leyenda, tal como se relata en un antiguo manuscrito en latín, dice lo siguiente:

Durante los primeros años del reinado de Childeberto, llegó a la corte de París un bardo bretón llamado Hyvarnion, a quien los sajones habían expulsado de su país.

Inmediatamente se conquistó el afecto y el favor de todos, por el encanto de sus trovas y de su música, pero los halagos del mundo no tenían atractivo para él.

Después de pasar dos o tres años en la corte, se retiró a Bretaña, donde se casó con Rivanon, una muchacha del lugar. A su debido tiempo, tuvo un hijo que nació ciego y a quien se le puso el nombre de Hervé.

La criatura, abandonada en su infancia por su padre, fue criada por su madre hasta cumplir los siete años, cuando lo confió al cuidado de un santo varón llamado Arthian.

Este se hizo cargo de Hervé durante algún tiempo y lo dejó más tarde con un tío suyo que había fundado una escuelita monástica en la localidad de Plouvien, donde el chico ayudó a cuidar la granja y a los alumnos.

Cierto día, mientras Hervé trabajaba en los campos, vino un lobo y devoró al asno que tiraba del arado; Hervé se puso inmediatamente en oración para pedir a Dios que remediara aquella desgracia y entonces el lobo, con toda mansedumbre, metió la cabeza bajo el yugo y comenzó a tirar del arado hasta terminar con el trabajo, en vez del asno que había devorado.

Durante aquellos años, la madre de Hervé, la infortunada Rivanon, había vivido en el corazón de un espeso bosque, sin haber visto otro ser humano más que a su sobrina, quien la atendía y la acompañaba. Cuando Rivanon estaba en la agonía, Hervé emprendió la búsqueda de su madre y la encontró precisamente a tiempo para recibir su postrera bendición y cerrarle los ojos.

El tío de Hervé le confió el gobierno de la comunidad de Plouvien y el monasterio floreció extraordinariamente; pero al cabo de tres años, el superior se sintió inspirado a establecerlo en otra parte. Rodeado por sus monjes y novicios emprendió la marcha hacia Léon.

Ahí recibió una cordial acogida por parte del obispo, quien hubiese ordenado sacerdote a Hervé, de no ser por la humildad del santo que le impedía aceptar cualquier ordenación mayor que la de exorcista [tercera de las antiguas «órdenes menores»].

La comitiva prosiguió su marcha desde Léon hacia el oeste, y todavía puede verse, junto al camino a Lesneven, la fuente que san Hervé hizo brotar para apagar la sed de sus compañeros. Todos llegaron por fin al lugar que hoy se conoce como Lanhouarneau, donde el santo fundó un monasterio que fue famoso durante todo el siglo.

Aquella fue su casa durante el resto de su vida, a pesar de que, a veces, se alejaba de ahí para predicar al pueblo y ejercer su oficio de exorcista, en cuya calidad realizó la mayoría de sus maravillosos milagros.

Cuando todos le veneraban por su santidad y sus poderes milagrosos, el abad ciego vivió retirado durante muchos años. A la hora de su muerte, los monjes que rodeaban el lecho oyeron una música celestial y las voces de un coro de ángeles que le daban la bienvenida al cielo.

A san Hervé se le representa, por lo general, junto al lobo y acompañado por Guiharan, un niño que le auxiliaba en las faenas del campo. Se invoca al santo para toda suerte de enfermedades de los ojos; al lobo de san Hervé lo utilizaban las madres bretonas para asustar a los niños traviesos.

Artículo originalmente publicado por evangeliodeldia.org

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