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Lunes, 05 De Octubre
Santa María Faustina Kowalska

La mujer a la que Jesús confió el mensaje de la Divina Misericordia

ŚWIĘTA FAUSTYNA
Wikipedia | Domena publiczna
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Nacida en Głogowiec, cerca de la ciudad de Łódź (Polonia) en 1905 y fallecida en Cracovia en 1938, santa Faustina entregó su joven existencia a una intensa vida espiritual, rica de dones místicos.

Muchos creen que tuvo un contacto directo con Cristo. “Fue el mismo Jesús quien le dio la orden de escribir: ‘Secretaria de Mi misterio más profundo, reconoce que estás en confidencia exclusiva conmigo’ ”, escribe en el prólogo del Diario el arzobispo Giuseppe Bart.

También, Bart es el rector del templo que expone una réplica de la imagen pintada por el pintor Kazimirowski y que muestra a Jesús con el corazón abierto y radiante de una gama de colores azul y blanco fulgurante (el agua y la sangre) que se venera, entre otros muchos lugares, en la Iglesia del Santo Espíritu en Sassia, sede del Centro de Espiritualidad de la Divina Misericordia en Roma.

Jesús, en ti confío” es el mensaje divino para dar consuelo proclamado por Sor Faustina, que oscila entre la primera y la segunda guerra mundial.

Los últimos serán los primeros’ es una máxima evangélica que se cumple a cabalidad igualmente en la vida de Sor Faustina. A Sor Faustina, muchos la podrían considerar como una perdedora.

La sencilla aspirante monja fue desde los 14 años sirvienta en casa de personas adineradas para ayudar a sus padres muy pobres, quienes desaprobaron su vocación temprana, apenas a los 12 años.

Los conventos la rechazaban por no tener una buena educación ni una dote de familia, además de por su edad, ya avanzada para la época, 22 años.

“No hizo nada grande, ni siquiera en su congregación. Limpiar, jardinería o panadería, no se trata de cosas grandiosas”, la describe el cardenal Joseph Glemp.

En esta sucesión, los pasos humildes dejados por santa Faustina están allí como un surco para la misericordia.

De una oración del Diario de santa Faustina:

Ayúdame, oh Señor, a que mis ojos sean misericordiosos, para que yo jamás recele o juzgue según las apariencias, sino que busque lo bello en el alma de mi prójimo.

Ayúdame, oh Señor, a que mis oídos sean misericordiosos para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo y no sea indiferente a sus penas y gemidos.

Ayúdame, oh Señor, a que mi lengua sea misericordiosa para que jamás critique a mi prójimo sino que tenga una palabra de consuelo y perdón para todos.

Ayúdame, oh Señor, a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas obras para que sepa hacer sólo el bien a mi prójimo y cargar sobre mí las tareas más difíciles y más penosas.

Ayúdame, oh Señor, a que mis pies sean misericordiosos para que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo, dominando mi propia fatiga y mi cansancio. (…)

Ayúdame, oh Señor, a que mi corazón sea misericordioso para que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo (…) Que Tu misericordia, oh Señor mío, repose dentro de mí” (Diario, 163).

Por Ary Ramos

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Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?".
Jesús le preguntó a su vez: "¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?".
El le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo".
"Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida".
Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: "¿Y quién es mi prójimo?".
Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto.
Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo.
También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino.
Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió.
Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo.
Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: 'Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver'.
¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?".
"El que tuvo compasión de él", le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: "Ve, y procede tú de la misma manera". Lc. 10,25-37

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