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Cómo decir adiós a un hijo que se marcha a estudiar lejos de casa

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Para muchos padres, decir adiós a un hijo que se marcha a una universidad lejos de casa es uno de los momentos más desgarradores de su vida. Sin embargo, existen varias formas de minimizar las lágrimas y vivir con más serenidad esta separación.

Con el inicio del año académico y la buena dosis de cambios que conlleva, algunas familias se ven confrontadas con la marcha de un hijo o hija por motivos de estudios. La dificultad no está tanto en la distancia como en la separación en sí. Sobre todo al pensar que no estaremos ahí como antes para velar por nuestros hijos.

El mundo actual parece un lugar peligroso, lleno de encantos capaces de distraernos. ¿Sabrá ese hijo o hija resistir a tantas tentaciones? Y después, ¿sabrá aplicarse en su trabajo? ¿Y cómo va a alimentarse, y qué tipo de personas frecuentará? ¿Seguirá yendo a misa? ¿Y durante la pandemia, estará seguro?

Plantearse estas preguntas es de lo más normal para unos padres. Es difícil, y a veces doloroso, pensar que amamos y cuidamos tanto de un hijo para que luego nos abandone.

Intelectualmente, sabemos que “nuestros hijos no son nuestros hijos”. Pero cuando llega la hora de la separación, es difícil y nos inquieta. ¿Cómo vivir esta separación con la mayor serenidad posible?

No manipular al joven

Para empezar, hay que aceptar esta partida sin culpabilizar a nuestro hijo o hija (“Podrías haber elegido otra universidad”), sin hacerle chantaje emocional (“Va a ser duro para nosotros económicamente, va a ser un gran esfuerzo”) o incluso retenerlo (“Nos vas a echar de menos…”).

Después, es una cuestión de confianza. Para hacerse adulto, el niño necesita esta separación, enfrentarse al mundo, vivir experiencias. Cuanto más se haya preparado esa autonomía, cuando más se haya experimentado mientras aún vivía en casa, más fructuoso será el distanciamiento.

Tampoco se trata de dejarlos marchar sin hablarles ni advertirles contra ciertos peligros. Cuanto más hayamos preparado este momento educando su conciencia y su espíritu crítico, más responsable se mostrará. El joven experimenta esta autonomía y, aunque se alimente únicamente a base de fideos y pizza, necesita sentir nuestra confianza.

Pero cuidado, esto no quiere decir cerrar los ojos, no ver nada y no saber nada. Los primeros pasos en la independencia requieren un acompañamiento. Entonces, ¿cómo permanecemos próximos al mismo tiempo que les dejamos vivir su vida?

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Crear momentos privilegiados, incluso si el hijo se va lejos de casa

A los 17 o 18 años, es legítimo y normal saber cómo vive nuestro hijo o hija, más si cabe porque dependen económicamente de nosotros. Es normal saber cómo pasan su tiempo, conocer el lugar donde van a residir, visitar –cuando sea posible– la escuela o la facultad donde vaya a estudiar, estar al corriente de sus resultados escolares, etc.

Internet y el móvil permiten también establecer una forma de comunicación que respeta su vida privada sin dejarnos en una ignorancia total. Padres e hijos pueden determinar juntos la frecuencia de las llamadas telefónicas o de las visitas de vuelta a casa, por ejemplo.

También, como padres y abuelos, deberán crear momentos privilegiados visitando al hijo o hija en su nueva residencia.

No olvidemos que también es difícil para nuestros hijos abandonar a sus seres queridos. ¿Cómo podemos ayudarles a dar este paso (a veces, un empujoncito puede ser útil) sin que parezca que los estamos echando?

Al distanciarse del nido familiar, el joven comienza a apilar las piedras del edificio de su vida. Nos invitará a visitar algunas habitaciones de su casa, pero no todas. Así descubriremos una nueva relación compuesta de cercanía a la vez que de distancia.

En este tiempo de separación, recemos todos los días por nuestro hijo, confiándole a su ángel de la guarda y a su santo patrón. Ese también es nuestro papel de padres. Acción discreta, humilde pero indispensable, porque sabemos que Dios es un buen padre que vela fielmente por sus hijos.

Élisabeth Content

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